Viernes, 31 Julio 2015 00:00

Sabores que delatan

 
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Los sabores no solo hablan de la infancia. El repertorio del gusto narra la historia de cada uno, y de los pueblos.

gastrologoLo que le pasa a Ego, el riguroso crítico gastronómico de la película de Pixar Ratatouille cuando prueba un bocado ídem que lo transporta directamente a su infancia, nos pasa a todos. Nos pasa con ciertos sabores e ingredientes que nos masajean la memoria. Y eso es lo que se llama “memoria sensorial”.

Si algo he aprendido en la cocina es que estimula todos los sentidos. Para ilustrarlo pensemos en nuestro café favorito. ¿Cómo se ve? ¿Suena? ¿Cómo huele? ¿Cómo se siente? ¿Cómo sabe? ¿Lo tienes? El mío es marrón claro, con una espuma blanca pero salpicada por el expreso y la canela, huele a gloria. Oigo el vapor estallar en la cafetera. El olor es agradable, fuerte, intenso, pero en perfecto balance con los aromas lácteos. Se siente tibio y cremoso. Sabe a felicidad.

En un país normal puedes leer a la gente por su carrito del supermercado. Digo “normal” porque lo que estamos viviendo en materia de escasez de alimentos ya raya en la parodia. Y eso, tristemente, también modela el paladar.

Los sabores no solo hablan de la infancia. El repertorio del gusto narra la historia de cada uno, y de los pueblos. Así nos pasó a muchos durante el paro petrolero en diciembre del 2002 cuando hubo escasez de refrescos. En plenas fiestas navideñas eso resultó crítico. Nos adaptamos rápido. La mayoría de los jóvenes -y no todos, para no generalizar- a quienes les pregunto qué recuerdan de ese momento, divagan entre las colas para poner gasolina y el ron con Tang.

En estos tiempos de despedidas, los venezolanos luchamos contra el desarraigo. Y no solo en el exterior. Aquí en casa, nuestras mesas empiezan a extrañar, aunque la memoria está registrando nuevos sabores. Ninguna ausencia puede borrarnos las ganas de comer arepas.

Para pensar con el café: Hace semanas, @Neurogastronomo nos invitó a pensar en recuerdo de infancia relacionado con un sabor. Mi momento mágico fue un fin de semana cualquiera. A media tarde, después de una prolija comelona, llegó mi primera cita. Aunque “los niños no toman café”, mi abuela me dio a probar un guayoyito. Dulce, ligero, cálido. Fue amor a primera vista. El café puede escasear y, Dios no lo quiera, desaparecer, pero en mi memoria está intacto. Como ese país que todos probamos alguna vez.  

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