Domingo, 26 Junio 2016 00:00

El ciudadano Rómulo Gallegos

 
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El ciudadano Rómulo Gallegos Foto www.andina.com.pe

El escritor y presidente venezolano veía en la oposición “el mejor colaborador” de su gobierno, pues le iba a hacer ver los errores y podía rectificar.

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n su discurso de toma de posesión a la primera magistratura nacional el 15 de febrero de 1948, luego de haber sido electo mayoritariamente en los comicios de 1947, don Rómulo Gallegos dijo: “No me han movido hacia estas alturas ni personales apetencias de mando, ni codicia de bienes materiales, sino la convicción de que tanto se pertenece uno a sí mismo cuanto más tenga su pensamiento y su voluntad al servicio del ideal colectivo y este es el espíritu que me anima cuando me dispongo a asumir la gran responsabilidad que sobre mí ha recaído”.

Durante esa misma alocución, una cátedra de convivencia civilista, Gallegos habló de la inclusión política en los planes de su gobierno: “Se me verá siempre solicitar la cooperación de cuantos venezolanos sean cifras auténticas y de honestidad para el eficaz y recto desempeño de las funciones públicas”.

  Profesor
Diego Márquez Castro es periodista egresado de la Universidad Católica Andrés Bello y acumula una experiencia como docente de más de 35 años en la Universidad Nacional Experimental de Guayana y en la UDO y 18 años en la UCAB Guayana. La filosofía es otra de sus pasiones. Desde el análisis del discurso desmenuza lo que los políticos, de antes y de ahora, dicen y también lo que quieren ocultar. Tiene posgrados en Recursos Humanos, en Psicología y en Administración Pública. Además de la formación en la universidad, entre sus inquietudes está fomentar una cultura civilista.
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Como el auténtico demócrata que fue, don Rómulo Gallegos reconoció la importancia de tener opositores: “Considero que la oposición, ojo despierto y lengua suelta para que ninguno de mis errores escapen y ninguna de mis contradicciones sean encubiertas, será el mejor colaborador de mi gobierno, pues así podré advertir a buen tiempo el yerro en que esté incurriendo y sin tardanzas ratificar mi empeño de gobernar a Venezuela para el efectivo bien de ella”.

Públicamente se comprometió como un hombre elegido por sus conciudadanos a administrar con pulcritud y decencia la república: “Así nace la virtud republicana y de ejemplar ejercicio de derecho, el gobierno que he de presidir. Yo comprometo mi honor. Que no es solamente el de mediano pasar que pueden haberme dado los actos de mi conducta privada y pública, sino el grande, el magnífico honor a que me ha conducido la suerte amiga: la confianza de mi pueblo puesta en mí. ¿En qué lugar de la patria habría para mí refugio donde no pudiese sino hundir la frente entre las manos, si falto al honor de esa confianza? Yo sabré sucumbir antes que traicionarla”.

Supo realmente hacer honor a su palabra y en tal sentido don Rómulo Gallegos contrajo un acuerdo moral con los ciudadanos de este país: “Compromiso conmigo mismo en correspondencia a cuantos a los demás reclame en el ejercicio de mi responsabilidad, seré exigente hasta los extremos del imperativo de esta convicción que abrazo ante Venezuela, enfáticamente: en vida consagrada a cumplir mi deber para con el pueblo a que se pertenece, nada es nunca perderla, todo será siempre sobrevivir”.

Y haciendo uso de un castellano hermosamente castizo, cerró su alocución con estas palabras para la historia: “Os saluda cordialmente quien ya no se pertenece porque no es sino el instrumento que vosotros mismos habéis escogido para labraros la propia felicidad”.

En 1960, como presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos advirtió sobre los gobiernos antidemocráticos que “se implantan e imponen con alarmante facilidad, con el apoyo que les prestan los intereses acomodados a las prácticas violatorias de la libertad, la tranquilidad y la dignidad humanas”.

  ComillasAMARILLASSe me verá siempre solicitar la cooperación de cuantos venezolanos sean cifras auténticas y de honestidad para el eficaz y recto desempeño de las funciones públicas”. Rómulo Gallegos  

En ese mismo discurso, planteó lo que sigue: “En nuestros pueblos las cosas pasan, bajo el parámetro de las instituciones jurídicas y políticas, como si en todos ellos la persona humana tuviese suficientemente garantizadas su libertad y su tranquilidad, su dignidad -su felicidad, en suma-, pero no es cierto que así ocurra siempre y en todas partes”.

Para don Rómulo Gallegos ayer como hoy el acatamiento a los derechos humanos entra en el marco de “las altas esferas del espíritu, donde se mueve el pensamiento conductor de la experiencia humana hacia las realizaciones de la fraternidad universal, por encima de las aspiraciones mezquinas, de los egoísmos intransigentes y más aún de las apetencias del zarpazo y la dentellada que todavía puedan estar permitiendo que el hombre sea lobo para el hombre”.

Por eso abogó por la vigencia de las instituciones democráticas como garantes de “un régimen de libertad y justicia social fundado en el respeto a los derechos del hombre”. Un eterno legado que la barbarie no podrá destruir porque Gallegos vive en el corazón de Venezuela.         

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