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Jueves, 26 Junio 2014 00:00

La utopía de una ciudad

 
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Es inevitable: el llanto de un niño le revive la desesperación de la muerte. Tensa los hombros, se le corta la respiración y extiende la mano como quien busca aferrarse a la vida. Y lo consigue. Se aferra a la vida de la mano de su pequeña de año y medio a quien jala, posa entre sus piernas, entre sus brazos.

Solo en ese instante, Andreina Salazar suelta un suspiro casi imperceptible.

El comienzo del mediodía se siente con ferocidad en la reverberación de la tierra. La brisa es escasa, ni el polvo se eleva. En un porche improvisado, donde un único árbol procura algo de sombra, Andreina ha colocado unas sillas de mimbre donde nos sentamos a conversar. Mira indiferente a su alrededor. Sus ojos se empeñan en llorar, pero recobra la serenidad con un giro brusco de la cabeza. No le gusta flaquear.

Después de lo que pasó por un descuido, yo no dejo a la única hija que me queda con nadie.

No exagera: desde hace ocho meses Rudiannys se ha convertido en la más importante de sus extremidades.


II

Aunque lo repasa con detenimiento, Andreina no recuerda cómo llegó su mamá a Ciudad Guayana. Quizás, fue un punto neutro en el que encontró refugio al matrimonio sin futuro que dejó atrás. También pudo haber sido por referencia: el dato de un amigo, amigo de otro amigo y compañero de algún otro… compadre, por supuesto, de aquel vecino quien no le unía vínculo sanguíneo alguno, pero a quien igual debía pedirle la bendición. “¡Quién sabe!”

Lo que sí supone es que las referencias de una urbe industrial en desarrollo, totalmente planificada, tuvo algo que ver con la decisión de probar suerte en estos lados. ¿Qué más daba si era una invasión? No eran los primeros ni serían los últimos: tarde o temprano tendrían cuando menos electricidad y agua potable. Años después tendría la certeza de que en este país las cosas llegan más tarde que temprano.

La primera vez que escuchó aquello de “la ciudad planificada” Andreina no estudiaba. Hacía tres años que había decidido irse a vivir con su mamá a la invasión 19 de Abril de San Félix. Tenía 15 años y el tema salió sin previo aviso en la sala de su casa. Lo recuerda entre lagunas, espacios negros que reconstruye alrededor de la única frase de la cual guarda detalle: “Esta es la única ciudad planificada del mundo”, dijo animosa una vecina. Ella no se metió en la conversación. La escuchó lo más alejada que pudo dentro de la pequeña barraca con bases de palos y paredes de zinc.

La frase no la entendió en el momento –- quizás aún siga sin comprender su significado–-, pero la engavetó en ese rincón escondido de su memoria en el que guardaba todo aquello que le producía curiosidad y no atinaba a identificar con su realidad. En ese mismo espacio encallaron las ganas de ser ingeniera en informática, conocer el entramado mundo de las computadoras y los nuevos parajes informativos de la tecnología. Mantuvo allí ese deseo infantil de tener una profesión, de ser alguien importante, hasta que la vida lo convirtió en un sueño inalcanzable cuando tuvo que dejar los estudios para ayudar en el sustento de su familia.

Había dejado atrás la convivencia con su papá, a las afueras de El Pilar, en el estado Sucre, para encontrarse con su madre, sus cinco hermanos y mejores oportunidades en la “ciudad planificada”. No fue así. Su cara aún reflejaba la inocencia de la niñez. Tenía 12 años de edad y cinco meses de haberse mudado con su mamá cuando las opciones se acabaron.

Carmen, su mamá, no podía mantenerlos a todos. Vivía sola con sus otros cuatro hijos antes de recibir a Andreina. El presupuesto estalló y las decisiones se tomaron. Ya no podía pensar como una niña, sino como una mujer. Andreina y su hermana comenzaron a trabajar en un puesto de cachapas y maíz tierno en la vía que une Ciudad Guayana y El Pao.

No fue más a la escuela, no terminó quinto grado, ni supo nada de aquella camisa blanca. Se quedó con lo necesario: sumar, restar, leer, escribir, pelar maíz, vender maíz, hacer cachapa, vender cachapas… sobrevivir.

En la escuela no alcanzó a conocer quién era Leopoldo Sucre Figarella y el papel que desempeñó aquel 2 de julio de 1961, cuando el para entonces presidente, Rómulo Betancourt, unificó a Puerto Ordaz y San Félix en un solo nombre: Ciudad Guayana.

Se hubiese emocionado al descubrir que el significado de aquella frase que escuchó de la boca de una vecina tenía mucho de cierta: la tan referida urbe había sido planificada minuciosamente por expertos del Instituto Tecnológico de Massachussetts y la Universidad de Harvard. El espacio al que llegó tenía vida propia como “el parque industrial de Venezuela”, y cada calle, avenida y parcela ya estaba rotulada con lo que se tenía que construir allí. Todo en favor de unas condiciones básicas y comodidades de las cuales ella no disfrutaba.

No, no lo supo. Porque la premura del hambre a veces le gana la batalla a la curiosidad intelectual. Porque en aquel despliegue de ingenio arquitectónico que caracteriza a las invasiones solo había tiempo para pensar en trabajar y reforzar el rancho, y esperar a que el gobierno colocara los servicios. Lo demás, resultaba complemento.

De igual forma, ya no pensó en eso. Con el tiempo exorcizó aquellos anhelos mirando de frente la realidad. Las prioridades siguieron siendo las mismas; cambiaron el escenario y los personajes. Ya no fue aquella barraca de su madre con sus cuatro hermanos en la invasión 19 de Abril; ahora era otra barraca con su hijo y primer esposo en Santa Fe, un asentamiento campesino entre Ciudad Guayana y El Pao.

No duró mucho. Después de un par de años resolvió dejarlo todo. El hombre, flaco y testarudo, se entregó al alcohol. Andreina era la única que suministraba recursos para la supervivencia.

En ocasiones, recuerda haber llegado a la casa luego de la faena y encontrarlo sin camisa tendido en una silla bebiendo y comiendo junto a sus amigos, sin ningún remordimiento, el poco alimento de ella y de su hijo. No aguantó.

 

III

La casa a la que llegó Andreina cuando volvió con su madre no era la misma.
La pequeña barraca de láminas de zinc había quedado al límite de la invasión.
Carmen había conseguido un nuevo terreno dos cuadras antes de su antigua parcela. El espacio era más amplio y estaba más poblado. Ahí colocó sus primeras paredes de bloques sobre un piso de cemento. Lentamente, pero segura. Construyó la casa en la que su hija conoció a su segundo esposo.

Rubert Gómez apareció en la vida de Andreina buscando florecer lo ya marchito. El amor no estaba en sus planes. Ni debió estar. Sin empleo y en una situación social precaria, nacieron sus dos niñas. Ya eran tres hijos tensando el hilo económico de la pareja.

Se mudaron solos. Cerca de la parcela a la que llegó de niña,, un amigo había dejado una barraca. Se estaba separando y optó por regalar los recuerdos de la relación. A Andreina y Rubert les cayó como anillo al dedo. Aunque la calle ya tenía nombre, Cristo Rey, continuaba al límite de la invasión, seguida solamente de otra casa, la maleza y luego el horizonte. De nada más.

No era muy grande, apenas dos por dos metros forrada de láminas de zinc. Cuatro palos de base y algunos cartones de refuerzo. Con piso de tierra dura que cada cierto tiempo debían podarle el monte. Y en su interior, una cama, una cuna, dos ventiladores, una cocina, una bombona de gas, un televisor y un tenue bombillo que daba la sensación de claridad en las noches tenebrosas.
Sobre la barraca, un largo cable, como resultado de varios otros empatados con tirro negro, hacía el milagro de la electricidad. Iniciaba en un palo doblado y anclado al límite de la calle de tierra, de donde obtenían la energía a través de un alambre que cruzaba, a poca altura y de casa en casa, sobre otros postes semejantes.

La improvisación en el sistema de electricidad fue iniciativa de la comunidad organizada, pues aunque habían pedido en diversas ocasiones la ayuda de los gobiernos regional y local, la respuesta fue siempre la misma: nada.

En los últimos cuatro meses, antes del 10 de septiembre de 2012, la lucha se intensificó. El consejo comunal local, Teresita, y los vecinos en su papel de luchadores sociales, idearon un proyecto de electrificación. Andreina asistió a algunas reuniones y a otras no, pero estaba informada de lo que pasaba.

Sabía que los postes de electricidad para la calle Cristo Rey, que habitaba desde hacía ya cuatro años, estaban comprados. Sabía que solo necesitaban el apoyo técnico de la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec) para la donación de un transformador que suministraría energía a las 130 familias del sector, y para la colocación de los postes de esa calle. Sabía que desde hace un mes habían enviado cartas, peticiones, mensajes y hecho hasta llamadas personales a los representantes de la empresa para tener respuestas, pero que todo era en vano. Sabía, sin duda, que nada iba a cambiar sin presión.

Lo sabía por el conocimiento que da la experiencia y no porque leyera el periódico con las comunes noticias sobre protestas por servicios públicos. Lo podía afirmar aún sin saber que ellos eran un reducido grupo entre las 24 mil 257 familias que viven en invasiones y que a diario exigen mejoras en sus precarias comunidades.

Lo sabía. No tenía la necesidad de analizar el censo de la Alcaldía de Caroní y el extintito Ministerio de Obras Públicas, levantado en 2010, sobre las ocupaciones irregulares en Ciudad Guayana –el documento oficial más actualizado disponible sobre el tema–, para calcular que formaba parte de la mayoría. De ese 70% de asentamientos irregulares que no han recibido respuesta sobre los servicios básicos, en un universo de 175 invasiones que, por omisión, ya cuentan con el aval del gobierno. Lo sabía en esa ocasión y lo recuerda ahora, ocho meses después de aquel 10 de septiembre de 2012.

 

IV

Ese día nada fue diferente. Se despertó aturdida. Sobre su cara rebotaron algunos rayos de luz que se colaron entre los huecos de las láminas de zinc de la pequeña barraca. Andreina se levantó sin remedio, hizo el desayuno, despidió a su esposo y alimentó a sus hijos.

Antes acostarse con Andrés a ver televisión, limpió la casa. Tomó la previsión para que no le agarrara descuidada la hora del almuerzo. Solía quedarse dormida junto al niño de cinco años cada vez que miraban las comiquitas. Las otras dos bebés se acostaban con tranquilidad después de comer. Rudiannys, de 10 meses, dormía en su regazo, mientras que Rubiannys, su morocha, descansaba en la cuna.

Para sus cinco años, Andrés desbordaba inteligencia. Conocía la calle Cristo Rey de memoria y los vecinos lo conocían a él. De ordinario, en las tardes calurosas que no encontraban alivio dentro de las asfixiantes viviendas, recorría el lugar y terminaba en la casa de Eva Madrid, una señora redonda y pisada en los treinta, que vivía en la parcela conjunta. Allí disfrutaba de ese mundo incomparable de aventuras que sólo un niño conoce.

Antonio y Sanoy eran sus cómplices en la exploración de aquel mundo. Sanoy era el mayor de los dos hermanos. Le llevaba uno más a Antonio, quien tenía la edad de Andrés.

Eran custodiados por Eviannys, la hermana mayor de nueve años. Más que por gusto, por exigencia de su madre, Eva Madrid, quien pocas veces los dejaba solos. Eviannys cumplía bien su rol y hasta en ocasiones, para mejorar su tarea, revivía aquellos mundos de fantasías infantiles junto a los mosqueteros. Ese trío que no volvió a ser el mismo.

Cerrando la tarde, la pandilla se separó. Cada uno regresó a su casa. Andrés comió empanadas de un último paquete de harina que quedaba en la casa, y se quedó dormido viendo televisión.

Andreina se dispuso a preparar una segunda tanda de comida para las niñas. Revisó un pote, un frasco y luego otro: estaban vacíos. La olla en la cocina estaba calentando, pero el ingrediente principal, la crema de arroz, no estaba por ningún lado. Rubert no se encontraba en casa.

En la cama, Andrés dormía sin preocupación a un lado de Rubiannys. La única despierta de los tres era Rudiannys, así que Andreina resolvió salir a comprar el alimento llevándosela en brazos. A Andrés, que conocía de memoria la casa y la calle, lo arrimó cerca de la pared –aquella lámina de zinc– para que no se cayera, y a la otra bebé la pasó para la cuna.

No era la primera vez que Andrés quedaba a cargo de la casa. Debido a las condiciones del hogar, su hermana menor sufría de enfermedades respiratorias. En las noches atareadas por las complicaciones de la niña, se quedaba solo junto a Rubiannys, mientras su mamá iniciaba el peregrinaje hasta el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) más cercano.

Caminaba al menos 30 minutos por las calles de tierra. Entre huecos imperceptibles, charcos de profundidades desconocidas, esquinas solitarias y oscuras. Media hora de camino iluminada por la luna y las débiles luces que se escapaban de las barracas.

–Papi, ya yo vengo, ¿oíste? Voy a conseguirle el remedio a tu hermanita. Quédate un momentico aquí –decía ella dudosa.
–Sí mami, yo te espero aquí ¿Cierro la puerta? –contestaba él, como atajando el dilema de la madre y aliviando su conciencia.
–Sí papi, ya yo vengo. No le vayas a abrir a nadie, ¿oíste?

Y era así. Él mismo cerraba la barraca, en un ejercicio de autosuficiencia, y veía televisión sin hacer mucho alboroto para no despertar a su hermana. Ya era costumbre. Por eso, cuando Andreina salió esa noche a comprar crema de arroz, poco antes de las 8:00 de la noche, solo lo arrimó con cuidado en la cama y le susurró en el oído, sin despertarlo por completo, que ya volvería.

Dejó un bombillo encendido para evitar que Andrés se asustara si llegaba a despertarse y buscara sin problemas el control del televisor, y los dos ventiladores para refrescar a los niños, uno para cada uno. Lo demás lo apagó.

Salió con prisa para regresar rápido. Se vistió agitada sin detenerse a echarle la bendición, pues no había necesidad, solo se tardaría unos 25 minutos si apuraba el paso. Tomó las llaves con descuido y al verlos acostados le atravesó un pensamiento: “¡Qué bellos son mis hijos!”. Cerró la puerta y una extraña sensación le recorrió el cuerpo. “Algo me decía que no los dejara solos”, descifra ahora.

No había completado 15 minutos de camino hasta la bodega cuando escuchó una explosión. El cuerpo se le erizó y tuvo que detener la marcha un instante para no caerse. No entendió su reacción. No asoció aquel sonido con una tragedia en su casa, sino con las comunes quemas de basura que se realizan en la comunidad a falta de aseo urbano. Llegó, compró y regresó.

Estaba a mitad de camino cuando tropezó con un hombre corriendo con un niño en los brazos. A primera vista no lo identificó. Entre la oscuridad del camino, solo se escuchaba su respiración agitada. Al verlo de cerca, reconoció primero el miedo en su rostro y luego su identidad.

–¿Y tus hijos? – preguntó el hombre recuperando el aire.
–Los dejé en la casa, durmiendo.
–No, ve, tu casa se quemó. Todo explotó, vecina. Todo… –contestó atropellando las palabras.
–No vale, vecino, ¿cómo tú vas a decir eso? –cuestionó Andreina sin darle crédito a las palabras de Dannys Amaro, con quien solía bromearse.
–No chama, es verdad. Es verdad que tus hijos se te quemaron.

Andreina corrió a la casa y al llegar vio la humareda de un palo calcinado en el lugar donde estaba su barraca. Entre lo oscuro de la calle, no vio el resto de los escombros. No recuerda más.

 

V


Desde el momento que regresó a su casa, la memoria de Andreina es reconstruida con el testimonio de sus vecinos. Sabe que gritó y lloró y quedó en trance por minutos. Sabe que los bomberos llegaron instantes después de ella, pero ya no había nada que hacer. Un cortocircuito en uno de los postes improvisados de la calle, según le contó su vecina, inició la chispa que generó la explosión. Andrés cruzó las llamas y se aferró a la puerta, gritando y llorando por ayuda, pero los más cercanos tomaban a sus hijos y corrían hacia el cerro asegurando haber oído el chillido de la bombona a punto de explotar.

Andreina conoce por referencia esos detalles que, quizás, preferiría no saber para así lamentar la muerte de sus hijos y no también la cobardía de sus vecinos. “Nadie lo ayudó. Actuaron por sacar a sus hijos y correr hacia el cerro y dejar a los míos. Nadie, nadie, nadie... nadie fue capaz de ayudar. De sacar, enque sea, a uno de mis niños. Pero, no. Yo hubiese estado agradecida, pero nadie hizo nada”.

Después de ese día, solo ha pasado una vez más por aquel lugar. Acompañó a los representantes del Cuerpo de Bomberos a tomar los datos para terminar el expediente, un informe de al menos cuatro páginas en el que se resume, sin drama ni historias, lo ocurrido, según ellos, el 10 de septiembre de 2012 en 19 de Abril: un cortocircuito de uno de los ventiladores prendió el edredón de la cama y llegó hasta la bombona de gas. Dos niños muertos.

Andreina Salazar no tuvo fuerzas para discutir. Lo creyó. Desde el amanecer del día 11 de septiembre su cara de 23 años de edad, atajó otros 10 años. Dejó el caminar despreocupado con que la describían sus vecinos, para adoptar un desplazamiento tenso y ligado, inevitablemente, al movimiento de su única hija, Rudennys.

Se mudó con su mamá a pocas cuadras de su antigua barraca. Cerca de aquella calle en la que días después de su tragedia llegó la ayuda de Corpoelec. Allí, ocho meses después, aún espera por las promesas que los entes gubernamentales le hicieron. Ninguna se ha cumplido. Y sabe que no ocurrirá al menos que pase otra cosa. “Así es, así funciona”, se apresura a decir, con un tanto de desdén.

En su nueva vida, tiene un único propósitos: cuidar a Rudennys. Se dedica a eso, únicamente a eso. La mantiene entre sus piernas mientras habla, le acaricia la cara y, en intervalos de tres, dos y hasta un minuto, repite un movimiento suave de mano hacia el cabello de la niña, el cual sitúa con cuidado detrás de sus orejas, una y otra vez y otra vez… y luego, otra vez.

A quien pregunta le niega de inmediato que el recuerdo de sus otros dos hijos la perturbe, aunque acepta que prefiere no revivir la escena. No pasar por el espacio calcinado –que sigue intacto como altar de la tragedia en la calle Cristo Rey– ni, mucho menos, intentar imaginarlo.

En la suerte de porche que antecede a la casa de su madre, las risas, gritos, lamentos y llantos de la decena de niños que viven en esa calle, se cuelan sin remedio por doquier. El efecto es inmediato: se le nubla la mirada y extiende la mano para resguardar a la niña. Respira profundo. Lo supera y continúa conversando por minutos sobre la explicación que le ha encontrado a la vida.

–Aquí todos vivimos así, como quién dice, por vivir y esperar; pero nadie toma en cuenta nada ni a nadie. Así es.

De repente, el llanto de otro niño se escucha y lo inevitable vuelve a pasar...

Crónica publicada en Desvelos y devociones 2014.

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