María Ramírez Cabello

“La contracción nos agarra desnudos porque no tenemos ni la tecnología ni los recursos financieros para aumentar los volúmenes de producción”, dijo el economista Douglas Becerra.

La empresa venezolana del sector aluminio reinició operaciones el 25 de abril, pero trabajadores denuncian que no les han cancelado los salarios caídos a los empleados desincorporados ni les ha permitido volver a las áreas.

Con la creación de estas dos compañías, en alianza con Palestina, sube a cinco el número de asociaciones mixtas orientadas a la exploración y explotación del mineral azulado en Bolívar.

Humberto García Larralde, presidente de la Academia Nacional de Economía, sostiene que las consecuencias de la hiperinflación sobre la calidad de vida de la población son tan nefastas, que solo un cambio político podría revertir los fuertes desequilibrios. De lo contrario, apunta, se puede ir más abajo: “Esto va a empeorar. La gente cree que se toca piso y, en realidad, todavía se puede ir más abajo. En la medida que siga este gobierno, se va a destruir más la economía”.

En abril, la variación de precios escaló 80,1%. Ello implica que la inflación acumulada se elevó 897,2%, y la anualizada 13.779%.

La antigua Fesilven, propiedad de la trasnacional española Ferroatlántica de Venezuela, tiene más de un año detenida. Más del 75% de los accionistas minoritarios han presentado ofertas al socio mayoritario.

Los avisos de búsqueda de personal invaden las vitrinas de centros comerciales y empresas. Pocos son los interesados en postular a las vacantes. La hiperinflación agrava la contratación de personal: muchos prefieren, incluso, trabajar en las minas antes que percibir, por ejemplo, los cinco millones que les ofrecen. La realidad los aporrea: con eso no pudieran comprar un par de zapatos en el mismo negocio en el que trabajan. Son, en suma, los embates de una economía insostenible.

Todos los días los precios de los alimentos tocan el cielo, pero al día siguiente hay un más allá. Este jueves, ese techo era de Bs. 2,4 millones para el kilo de carne; Bs. 2,2 millones para el cartón de huevos y Bs. 2 millones para el kilo de queso. “No hallo qué comprar por los precios, porque ni pollo ni carne podemos comprar, lo que más comemos es sardina y nos estamos enfermando”, expresó Ana Estanga, de Francisca Duarte.

El presidente de la Cámara Inmobiliaria de Venezuela, Carlos Alberto González, precisó que los precios han caído 60% en el último año. Solo el sector secundario se mueve; mientras que el contexto latinoamericano está en auge. En Ciudad Guayana, alertó el presidente del gremio estadal, Clemente Tenias, un nuevo actor interviene como método de pago: el oro. Todos estos son, por supuesto, síntomas de la destrucción económica que ha afectado todos los sectores de la vida nacional durante los últimos años.

Salarios que no alcanzan, frente a una inflación desbocada. Retroceso productivo e imposibilidad de garantizar insumos, con el consecuente freno al rendimiento laboral. Ausencia de protección social y diálogo social. Y todo aderezado con un aumento de salario mínimo que traerá como consecuencia más aumento de precios. Ese es el contexto en el que se desenvuelven los trabajadores venezolanos, que han tenido que sobreemplearse para sobrevivir, en este 1 de mayo.

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