Tener escrúpulos es saludable, tenerlos en exceso es enfermedad. Los escrúpulos tienen que ver con moral y ética. Si tienes escrúpulos puedes ser bueno en el oficio que elijes, pues mantendrás códigos de excelencia y calidad que son determinantes a la hora de cuantificar el tejido complejo en que nos movemos los seres sociables.

Nuestra amada y vapuleada tierra de gracia se encuentra un tanto aturdida ante la pérdida de los escrúpulos, el árbol que da frutos y alimenta el sentido ético y moral de la vida en comunidad, en sociedad.

La necesidad y la urgencia de subsistir, de sobrevivir a esta hecatombe, a esta “guerra económica sideral” que está acabando con la buena nutrición pero también con la decencia, que es hija predilecta de esa palabreja que muchas veces no la ubicamos en el jardín o el conuco de las ideas.

Buena pregunta es si estamos viviendo para vivir con ideas o si le estamos agarrando idea a quienes no tienen culpa del caos que estamos sufriendo. Agarrarle idea u ojeriza a los sostenedores de puestos de trabajo o empresarios (los de verdad) es matar la vaca que te da leche, pero esa ecuación es difícil que lo entienda el poder instituido y solidificado con los ungüentos de la arbitrariedad.

Tener escrúpulos es saludable, tenerlos en exceso es enfermedad. Los escrúpulos tienen que ver con moral y ética. Si tienes escrúpulos puedes ser bueno en el oficio que elijes, pues mantendrás códigos de excelencia y calidad que son determinantes a la hora de cuantificar el tejido complejo en que nos movemos los seres sociables. En palabras menos, la competencia productiva y edificante nace de una saludable dosis de escrúpulos.

Desde hace tres décadas estamos empatados a la cola gelatinosa de la chapucería. De hecho las dos décadas pasadas son producto de la pérdida de escrúpulos y del sentido lógico que destruyó el legado civil y democrático.

Haber superado el militarismo salvaje del siglo XIX y parte del XX para caer en lo mismo con unos componentes extraños que todavía no sabemos con qué se digieren y a quiénes arropa esa colcha de retazos.

Hemos perdido casi todo lo que tiene que ver con la añosa decencia, hemos entrado en el túnel oscuro de la pérdida de los escrúpulos.

Que Dios nos agarre confesados.

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