La lucha por la democracia no es un ejercicio instrumental, autista, procesal, negocial, meramente electoral, en el que las formas se pueden sobreponer según la conveniencia y al fondo de las cosas. Menos en un momento en el que el llamado desencanto con la democracia y con los partidos significa, antes bien, un reclamo a gritos por la calidad de la democracia y por la decencia de quienes asumen ser sus artesanos.

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La referencia bíblica nos viene como anillo al dedo. El mal absoluto instalado en Venezuela -lo confiesan los hermanos Rodríguez- dejó de simular. Tiene rostro de venganza.

El asesinato del concejal Fernando Albán, lanzado desde un décimo piso por sus torturadores de la policía política, y la liberación con pena de ostracismo del emblemático estudiante Lorent Saleh -constitucionalmente proscrita, dictatorialmente impuesta- revela, crudamente, la naturaleza de ese mal, que es absoluto. Banaliza la vida humana. Hace de la muerte algo trivial y relativo. No hay espacio para las certidumbres. En suma, Dios habría muerto, como en Zaratustra.

Lo que se quiso evitar, cediendo, transando, omitiendo -incluso de buena fe y así lo digo, al escribir con espíritu constructivo- se ha hecho realidad. Nos hace enmudecer. Nos sume a todos en el silencio que precede a la tempestad.

Quienes dicen representarnos prefirieron mover la línea roja, cada vez más. Relajaron los límites que separan a la ley del crimen, al bien común del egoísmo, al servicio a la verdad del imperio de la mentira. Para salvar vidas, sosegar al absoluto mal hecho poder total y totalitario, es el argumento.

No nos miramos como nación en las páginas de la historia, por creernos predestinados e invulnerables, ajenos a la misma historia universal.

Leo la prensa nacional y extranjera del 31 de marzo de 2017 y repaso algunos de sus titulares: “Populismo se convierte en dictadura en Venezuela”; “Conmoción regional por autogolpe chavista en Venezuela”; “Fujimorazo en Venezuela”; “El chavismo invalidó al parlamento y consumó autogolpe en Venezuela”; “Maduro anula el Parlamento para consolidar su dictadura”; “Venezuela pide auxilio frente al golpe de Estado de Maduro”, reza, por último, el ABC de Madrid.

No nos bastó este límite, por lo visto. Iván Duque, gobernante neogranadino, no por azar dice bien que lo que nos ocurre es el “drama de una región que dejó crecer a una dictadura”. Nosotros también la hemos dejado.

No fueron suficientes 200.000 homicidios entre 1999 y 2013: un deslave de violencia de Estado sistemática para doblegarnos a los venezolanos. Sobrevino la masacre del Día de la Juventud, y no bastó.

El mismo Sebin que asesina a Albán, a la vista de todos y a manos de un escolta del ministro del interior, el general Rodríguez Torres, le sega la vida al joven Bassil Da Costa, protestatario opositor, en 2014. Y para que no haya queja -usando la puerta giratoria del celestino dictatorial, Zapatero- al paso se carga a un “revolucionario”, Juan Montoya.  

Creyéndose, así, frenar a la diosa de muerte, haciéndosele concesiones a sus cultores dentro del gobierno, la muerte se ha enseñoreado sobre el cuerpo inerme de Venezuela. Aprendamos la lección.

Hace 25 años le preguntaba en Roma a Giulio Andreotti, judicialmente perseguido junto a su colega Bettino Craxi, el uno demócrata cristiano, el otro socialista, ambos ex primeros ministros, ¿qué les pasó? ¿Cómo se destruyeron, junto a ellos, sus tótems partidistas? Su respuesta, sin matizaciones, fue lapidaria. La extrapolo hoy a nuestras circunstancias domésticas.

“Giulio y yo, distraídos, caminábamos sobre los rieles ferroviarios. No nos dimos cuenta de que, tras nosotros, corría el tren de la historia y a toda velocidad”, me dice con voz agotada.

La lucha por la democracia no es un ejercicio instrumental, autista, procesal, negocial, meramente electoral, en el que las formas se pueden sobreponer según la conveniencia y al fondo de las cosas. Menos en un momento en el que el llamado desencanto con la democracia y con los partidos significa, antes bien, un reclamo a gritos por la calidad de la democracia y por la decencia de quienes asumen ser sus artesanos.

Eso lo entienden los hacedores de la República civil a la caída de nuestra penúltima dictadura, en 1958. Aprenden de sus errores y de la soberbia “partidocrática” instalada entre 1945 y 1848, que origina a la ominosa década militar.

En 1959, por ende y como precedente histórico de la actual Carta Democrática Interamericana de 2001, éstos dibujan junto a sus colegas en la OEA, desde Chile, la experiencia democrática sobre la base de principios irrenunciables. Deja de ser ella una modalidad para organizar el poder o asegurar “espacios de poder” a los políticos de profesión. Se vuelve derecho de los pueblos.

En las Sagradas Escrituras consta la frase de esta columna: “Todo se ha cumplido”.

Eso dice Jesús para enseñar que su muerte no es la mera obra de un “error judicial”. Adquiere un sentido, como el asesinato de Albán. Abrir el entendimiento, iluminar los caminos. Fijar una clara división entre quienes interpretan las señales del clima, pero ignoran las señales de los tiempos. Entre quienes viven de la hipocresía, “cuelan el mosquito, y se tragan el camello”.

Soy ajeno a los fundamentalismos. Sostengo sí, que una cosa es éstos, y otra pretender que la lucha por la libertad obligue a los sincretismos de laboratorio.

Veo mirando a los lados a quienes ayer se escandalizan con la elección de Donald Trump y ahora se rasgan las vestiduras con la probable victoria de Jair Bolsonaro, en Brasil. Prefieren tragarse al camello de Maduro. Y no se preguntan lo esencial: ¿Por qué la gente los prefiere a ellos?, no siendo los mejores.

El argumento de la anti política ya no es escapatoria.

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