Viernes, 19 Agosto 2016 00:00

La revancha del 7-1 del Mundial llega a los Olímpicos

 
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Brasil llega con alegría y con deseos de vengar la mayor humillación recibida en un Mundial y nada menos que en casa. Brasil llega con alegría y con deseos de vengar la mayor humillación recibida en un Mundial y nada menos que en casa.

Río de Janeiro.- Sábado 20 de agosto. Estadio Maracaná. 17.30 horas. La agenda de unos Juegos Olímpicos es un gigantesco manojo de fechas, horarios y escenarios, pero para el brasileño de a pie esta era la cita que estaba marcada en rojo desde mucho antes de encenderse la llama de Río 2016. Y el rival será nada menos que Alemania.

Ese día, a esa hora y en ese lugar tenía que estar Brasil jugándose la conquista de la medalla de oro en fútbol, la que le falta para completar su desbordante vitrina. Y ahí estará. El momento por fin ha llegado.

Brasil y Alemania, nada menos que Alemania, se enfrentarán en una final con tanto fútbol como morbo. Tan fresco está en la memoria el histórico 7-1 de hace dos años en la Copa del Mundo que resulta imposible despegar aquello que pasó de lo que vaya a ocurrir ahora, por más intentos en sentido contrario que hagan los protagonistas.

"Es otra competición, son otros futbolistas, es otra cosa lo que está en juego", repiten casi a coro desde el lado local. "Revancha" y "Venganza" claman los hinchas en las tribunas y las calles, así como la prensa deportiva brasileña desde las páginas de los diarios.

Rogério Micale, el entrenador de la selección olímpica "verdeamarela", vivía a muy pocos metros del Mineirao y miró en su casa por televisión el inolvidable 7-1. Pudo "escuchar" el silencio del estadio y confiesa que dejó de mirar después del cuarto gol alemán. Zeca, el lateral derecho que será titular en la final, dice que vio llorar a su abuelo aquella tarde y que le prometió que llegaría alguna vez a la selección para devolver a los alemanes esa goleada indigna. Ya tiene su oportunidad.

Brasil, su fútbol, necesita este oro como agua en el desierto, para comenzar la tarea de resurrección después de una década de frustraciones en continuado. Nada parece funcionar bien en el "deporte del pueblo" y aunque el propio Micale se encargó de decir después de la goleada a Honduras en semifinales que el título tampoco sería la solución a todos los problemas, al menos debería servir como bálsamo.

Nadie en Brasil parece hoy dispuesto a medir los efectos de una nueva decepción. Quizás porque a nadie se le pasa por la cabeza que pueda ocurrir.

La "verdeamarela" alcanza la final en el mejor estado posible: con la confianza por las nubes, la delantera afilada, el arco invicto y un juego bastante aceitado y mucho más respetuoso con la tradición que hizo célebre al "futebol" que con las últimas versiones de los "Felipaos" y "Dungas" de turno.

Juega bien Brasil, y juega para adelante, pensando en el arco de enfrente, con Neymar en estado de gracia, Luan y Gabriel Jesús como acompañantes perfectos y Renato Augusto como espléndido motor en la sala de máquinas. Es candidato, es favorito. Pero claro, también esta una final en el Maracaná, la primera después de aquella de memoria trágica contra Uruguay en 1950. Los fantasmas también juegan. Y esta vez, además, enfrente habrá una selección alemana.

Micale estuvo en el país germano hace unos años, empapándose de cómo trabaja esa federación para lograr que los equipos de cualquier categoría respeten una misma idea de juego. Volvió maravillado. Y por eso se llena la boca de elogios al hablar de esta Alemania sin figuras de renombre que alcanzó la final basada en el funcionamiento más que en ninguna otra cosa.

Tal como les ocurrió a otras selecciones, los clubes negaron a los germanos varios futbolistas que deberían haber viajado a Río de Janeiro. Kimmich (Bayern Munich), Sané (Manchester City) o Emre Can (Liverpool) no pudieron estar en el equipo, pero desde las categorías sub-15 todos conocen la teoría y se amoldan rápido a la idea, al margen de los apellidos.

Horst Hrubesch, aquel delantero gigante y algo torpe del equipo subcampeón del mundo de 1982, es el técnico, y destaca ese conocimiento del juego como máximo valor de los suyos: "Sabemos dónde está nuestra fortaleza y no vamos a cambiar nada porque tenemos una filosofía implantada. Ya sé que enfrente estará Neymar, pero nuestros delanteros han hecho 21 goles en este torneo, ellos también deberían preocuparse".

El veterano goleador tiene solo parte de razón, porque de esos 21 tantos, 10 fueron marcados ante Islas Fiyi, el equipo más débil de los Juegos. Pero en todo caso, nunca hay que descartar a los alemanes. Ginter, los hermanos Bender, Gnabry o Petersen también quieren un oro que no figura en el currículum germano, más allá del título de la República Democrática Alemana en 1976.

Sábado 20 de agosto. Maracaná. 17.30 horas (20:30 GMT). La cita estaba marcada en rojo en la agenda de todos los brasileños. De Neymar y compañía depende teñirla de dorado... o nuevamente de negro.

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