Sábado, 06 Agosto 2016 00:00

La apertura de Río 2016, vista desde una favela

 
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A lo lejos se inauguraba los Juegos Olímpicos de Río, mientras que en las favelas todo continuaba igual. A lo lejos se inauguraba los Juegos Olímpicos de Río, mientras que en las favelas todo continuaba igual.

Río de Janeiro.- Sin Thiago habría sido peligroso. Thiago es un hombre realmente grande, fuerte y lleva una camiseta sin mangas. Thiago espera en la estación de metro junto al estadio Maracaná. Tiene 26 años y consigue un mototaxi, un taxi de dos ruedas, un vehículo para subir la montaña y llegar a la favela de Mangueira. Thiago está siempre cerca.

Mangueira está en una colina que se levanta cerca del legendario estadio de Maracaná en Río de Janeiro y es unas de las más de 200 favelas que hay en la ciudad carioca.

En sus estrechas y tortuosas calles sus habitantes se sientan y ven la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos. Ninguno de ellos puede pagarse una entrada para el evento.

Si una persona extranjera, de piel blanca, se adentra sola en una favela brasileña aumentan las posibilidades de que sufra un asalto. Personas como Thiago se preocupan de que el foráneo no elija el camino incorrecto y tenga una visión de ese mundo sin tener que salir de ahí con los bolsillos vacíos. Al mismo tiempo hay más de 70.000 espectadores viendo en directo la ceremonia inaugural de Río y millones de personas la siguen a través de la televisión.

Thiago, su novia, Jaqueline, y un par de amigos están a apenas dos kilómetros en línea recta del estadio. Están sobre el techo de una pequeña casa en la favela y su vista del Maracaná es impresionante. El estadio se levanta entre Mangueira, por un lado, y el Cristo del Corcovado, por el otro.

En el estadio la gente está abucheando al presidente interino de país, Michel Temer, durante su breve discurso. Pero la gente de Mangueira no puede silbar a Temer en directo.

La distancia respecto al Maracaná es muy pequeña, pero la distancia financiera es enorme. Los que viven en la favela no pueden permitirse una entrada para el desfile que da inicio a los Juegos, cuya organización se estima en unos 10.500 millones de euros (unos 11.500 millones de dólares).

"No es un lugar peligroso para los forasteros, Mangueira es muy tranquila y conocida por su espíritu abierto", dice Jaqueline. No hay que tener miedo, señala. Pero advierte: "Un 'gringo' no debería entrar aquí solo". En ese caso sería un poco "perigroso", como se dice en portugués.

Cuando uno está en compañía de Jaqueline, Thiago y sus amigos en el tejado de la pequeña casa, no se siente miedo. Hay risas, hay cerveza, se canta y a veces hay caras de sorpresa, como cuando del Maracaná emergen fuegos artificiales.

"¡¿Es de verdad?!", grita Jaqueline ante la explosión de luces y sonidos. "'Wow', madre mía, increíble". Jaqueline lleva rastas negras, tiene la piel oscura y arma bastante jaleo. Sólo deja de hablar cuando bebe cerveza.

Cuando empieza a arder la llama olímpica y se disparan los últimos fuegos artificiales los amigos se reúnen una vez más en el tejado. El cielo sobre Mangueira se ilumina de rojo, azul y verde durante unos segundos. Después sólo queda humo gris.

El camino de vuelta a la estación parece un poco más delicado porque Thiago no consigue esta vez un mototaxi. El descenso hacia Maracaná tiene que hacerse entonces a pie por las sinuosas calles de la favela. Pero Thiago está ahí. "Tudo bem", dice. Todo bien.

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