Hay un plato que es ya un lugar común: yuca con sardinas. Pero a veces, ni siquiera para eso alcanza. Y a las familias guayanesas les ha tocado, en plena crisis humanitaria, apañárselas con menos dinero y más ingenio para comer. ¿Qué hacen y cómo lo hacen? Las voces de varias de ellas, las opiniones de expertos y las alertas de instituciones y grupos dedicados a enfrentar la hambruna ilustran el panorama para este trabajo, una alianza entre el programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos (Provea) y Correo del Caroní.


“Los entretengo con la televisión para que coman una sola vez”

A esta hora, 10:30 de la mañana, Mary Marcano cocina la última arepa de una tanda que preparó para ocho personas. Una para cada uno: no se vale repetir. Arepa sin huevo. Sin queso. Sin sardina. Sin jamón. Sin mortadela. Sin margarina, siquiera. El menú es arepa con nada.

Al lado de Mary Marcano -una morena que conserva la robustez que alguna vez tuvo y que una alimentación empobrecida no le ha aminorado del todo- hay dos jóvenes embarazadas: son sus hijas menores. Todos están en la casa de la hija mayor, Claumarys Franco, en Fronteras de Guaiparo, San Félix. Hace poco, dice, llegó la caja del CLAP (Comités Locales de Abastecimiento y Producción). Las arepas de esta mañana no son lo mejor que han probado: la harina que trajo el paquete es, como ella misma sentencia, amargosa. 

Es una temporada atípica la que se vive en la casa. Todas las hermanas se juntaron con todos sus hijos para juntar toda la comida. Los hombres están en la calle. Uno vende bollos. Otro está en las minas. Y así: todo lo que sea para engañar el estómago.

Mary Marcano: “No hay proteínas ni para las preñadas. Y a los niños tampoco les dan en la escuela”


Al frente de este panorama, comandando, está Mary. Por fin tiene su arepa, la última de la tanda, que acompaña con agua. “Ahorita estamos comiéndola seca. Para comer bien necesitaríamos una paca de harina, y no la tenemos. Estos muchachos quieren comer hasta cuatro veces al día. Les digo: no, mijo. Les digo que se aguanten. No podemos darnos el lujo”.

Se resignan. Al menos, algo distinto les toca en el paladar: acá, el desayuno habitual es yuca. A veces con margarina. Y casi siempre, con nada. Como las arepas de esta mañana.

La rutina alimentaria en esta casa tiene un método: saltar comidas y dejar dormir a los niños hasta tarde para que no desayunen. Cuando despiertan temprano, hay que ingeniárselas.

“Todos los días compramos un poquito de cada cosa. A veces nos toca hacer una sola comida. En la mañana trato de entretenerlos en el televisor para yo hacer un almuerzo para que coman una sola vez al día”, explica Claumarys.


Dos embarazadas viven con Marcano. La alimentación para ellas es igual que para las demás: con pocos nutrientes


Mary muestra la nevera. Adentro está el tesoro para el mediodía: patas de cachicamo. También algunos filetes de sardina guardados para mañana. Uno por persona. Cinco niños y cinco adultos.

“La mayoría de las veces comemos sardinas. Guardamos un cuartico hoy, otro cuartico mañana. No hay proteínas ni para las preñadas. Y a los niños tampoco les dan en la escuela. Lo que les dan a veces es un espagueti con unas papas blancas. Antes uno veía el Lactovisoy. Ya no”, rememora Mary.

La comida no es la única preocupación acá. Ahora, con esos dos embarazos, hay añadidos: el ácido fólico. Los ecos. Los exámenes. Todo se traduce en un dinero que no tienen. Y que, si tuvieran, no pudieran invertir en la comida. Pues, como dice Claumarys, no pueden pensar en los revendedores en medio de sus frágiles economías.

“Huevo se come una vez al mes. ¿Pollo? Ya no se come pollo. El que come pollo aquí le sale llaga en la boca. ¿Sardina enlatada? Nada de eso se puede”. La resignación aquí también es parte del menú. Es, de hecho, el plato fuerte.

“De vez en cuando comemos pan”

Nadie quiere hablar. Prefieren que lo haga Gladymar Gutiérrez, la abuela de todos. 65 años. Es quien conduce a la familia. Y quien ahora está barajando qué se puede cocinar para el almuerzo.

Viven en la invasión Las Tablitas, en Guaiparo. Pero este rancho no tiene ni una tabla: es de zinc con una pared de bloques. Gladymar es de pocas palabras. Dice que prefiere que pasen a ver lo que hay para comer.

¿Y la nevera? Nada de eso. Acá no hay nevera. Hay un refrigerador que no sirve. O sirve a medias: por un lado tiene un bloque de hielo. Por el otro, nada. Los compartimientos de la tapa, oxidada, sirven como despensa. Tampoco hay mucho para guardar. Hay medio aguacate, medio paquete de caraotas, uno de frijol y uno de arroz.

¿Nada más? Nada más. Es lo último que les queda a todos (cuatro niños y cinco adultos) para comer. Y para comer no solo hoy: eso (el medio aguacate, el medio paquete de caraotas, el paquete de frijoles y el paquete de arroz) es para comer hasta quién sabe cuándo.

“A veces podemos comer sardina con yuca o con casabe. Nada de carne, pollo, ni jamón ni chuleta. ¿Pescado?, ¿qué va a estar comiendo pescado uno? Cuando trabajo como queso o como jamón. Y comemos arepas solo cuando viene el CLAP. De vez en cuando comemos pan”, asevera a regañadientes, sin pararse de la silla en la que reposan sus brazos enflaquecidos, con los colgajos de piel que se baten con cada ademán de rabia: los gestos que terminan con la resignación de los dedos entrecruzados sobre las piernas.

No tiene pensión. Sus hijas no ganan. El esposo de una de ellas es quien trabaja. Para ella, alguien es el culpable: “Maduro es el que tiene esta vaina mal”. Y dice que ya no quiere hablar más. Que así, quizás, se ahorra las energías: las energías que no tiene porque lo que sobra es hambre.

“Comer es un dilema, ¿oyó?”

Vendió unos repuestos. Vendió el decodificador de Directv. Vendió un reproductor de DVD. Y lo ha hecho para que ella y sus dos hijos puedan comer. Aunque eso implique deshacerse de buena parte de lo que le dejó su esposo, quien murió hace un par de años.

Su nombre es Yurmaris Valdiviezo. Tiene 32. Su hijo, 16. Su hija, 14. Viene de la calle con unas ramas de orégano para ponerle a las caraotas que va a cocinar para el almuerzo. Dice que hace lo que sea para que en su casa, en Puerto Libre, Puerto Ordaz, se coma tres veces al día. 

Por ejemplo, en la mañana ralló topocho sobre la harina de maíz. Para rendirla, claro está. El menú básico de los tres es, señala, el de “la mayoría de los venezolanos: la sardinita con la yuquita”.



Sobre una nevera oxidada está la comida para ocho personas: medio aguacate, un paquete de arroz, uno de frijol y medio de caraota


Más que rutina de preparar desayuno, almuerzo y cena, para Yurmaris “comer es un dilema, ¿oyó?, porque todo está exageradamente caro”. Y de hecho, la agenda de sus días relaciona todo con el hecho de comer: cuando no está cocinando y buscando comida más barata, está en el banco buscando dinero en efectivo. Justamente, para comprar esa comida más barata.

“Si vamos a los chinos o a vendedores informales, todo es más caro. Además de sardina y yuca, a veces también cocino la caraota con el arroz. Lo otro es que a veces compro pollo. Prefiero pagar un poquito más y llevarme el muslo. Con las sardinas también trato de prepararlas de otra forma: las meto en la olla de presión para hacerla como la de lata y la guiso. La comemos con espagueti”, explica.

No tiene más alternativa que ese ritmo de vida. Hay una razón de peso: lo que les dan a sus hijos en el Liceo Oscar Luis Perfetti ni siquiera lo llama comida. Denuncia que son sobras recalentadas. “El espagueti una vez se lo dieron medio baboso. Y también a veces se los dan frío de nevera. Y es sin nada: solo el espagueti. Le dije al director que si veía que les daban eso otra vez, iba a ir a la Zona Educativa”.

Yurmaris mira qué hay alrededor. Dice que puede vender esto y que puede vender aquello. Dice que prefiere que no haya cosas en su casa pero que haya tres platos de comida todos los días.

En la cima de la subalimentación

El reducido menú de Mary, Gladymar y Yurmaris, una muestra de la precaria alimentación de los guayaneses, se extiende a millones de venezolanos, agobiados por una crisis económica azuzada por la hiperinflación y la baja producción local de alimentos. En específico, a 11,7% de la población del país que estaba subalimentada al término de 2017, de acuerdo con el informe anual sobre seguridad alimentaria y nutrición, editado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés).

El porcentaje equivale a 3,7 millones de venezolanos que habitan el país con las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo y en el que el salario mínimo de Bs.S 1.800 alcanza para cubrir apenas 8% de la canasta alimentaria familiar estimada por el Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros (Cendas-FVM).

Las cifras del informe de la FAO indican que la prevalencia de la subalimentación en el país para el periodo 2015-2017 es superior a la registrada en el periodo 2004-2006 de 10,5%. Esto coloca a Venezuela como la única nación de América del Sur con tendencia al alza, cuando las cifras de subalimentación de cada país de la región van en sentido contrario.

En la casa de Yurmaris Valdiviezo, aunque poco, procuran comer tres veces al día


Al igual que en el caso de la prevalencia de la subalimentación, la FAO advierte que la inseguridad alimentaria grave ha ido en aumento a nivel mundial, impulsado por las tendencias observadas en África y América Latina. Por falta de datos, no hay registros de Venezuela en este indicador, así como tampoco los vinculados a emaciación (adelgazamiento patológico), retraso en el crecimiento y sobrepeso en niños menores de cinco años y lactancia materna exclusiva entre niños de hasta cinco meses de edad.

La Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela (Encovi) de 2017 advertía que 80% de los hogares venezolanos se encuentran en inseguridad alimentaria y que aproximadamente 8,2 millones de venezolanos ingieren dos o menos comidas al día, “y las comidas que consumen son de mala calidad”.

Aunque los datos de Venezuela no están disponibles, en parte por la política de opacidad informativa del gobierno de Nicolás Maduro, la FAO precisa que el nivel moderado de la inseguridad alimentaria ocurre cuando está en riesgo la calidad y variedad de alimentos, cuando se reduce la cantidad y se saltan comidas.

En este caso, la persona no tiene dinero o recursos suficientes para llevar una dieta saludable, tiene incertidumbre acerca de la capacidad de obtener alimentos y probablemente se saltó una comida o se quedó sin alimentos ocasionalmente. Es el cuadro diario de Mary, Gladymar y Yurmaris.

Venezolanos sometidos a monodieta

La nutrióloga Marusca Bondini, con maestría en Nutrición Clínica de la Universidad Autónoma de Madrid, recuerda que una alimentación balanceada debe estar llena de los tres principales macronutrientes: proteínas, carbohidratos y grasas. La proteína es básica para el ser humano, mientras que los carbohidratos y las grasas son los que aportan la energía. Y una buena nutrición dependerá de la proporción de estos en la dieta, resalta.

De hecho, señala que el bajo o nulo consumo de carne no significa necesariamente una mala nutrición en el ser humano. “Durante siglos, la proteína animal ha sido considerada importante, ya por todos los avances científicos se ha ido quitando ese manto de superioridad porque los contras no son buenos. La proteína se considera buena porque se conforma de 22 aminoácidos: hay 11 aminoácidos que el cuerpo produce y otros 11 que no los produce. Cuando los investigadores en su momento estudiaron la proteína, se dieron cuenta que la carne y la leche tenían 22 aminoácidos, y que las caraotas tenían algunos aminoácidos, pero era pobre en otros; por eso los granos pasaron a segundo lugar”.

Otros estudios, agrega Bondini, demostraron entonces que la leche, el queso y la carne tienen todos los aminoácidos, pero también tienen componentes grasos con efectos negativos que sobrecargan el riñón.

“Los granos y la soya no dañan al riñón como la proteína animal, son ricos en carbohidratos -que no aumentan la glucosa-, por lo que son buenos para diabéticos”.

Muchos venezolanos sustituyen la carne con embutidos, como la mortadela, lo que resulta peor que el no consumir proteína animal. “La gente que antes podía comprar el mejor corte de carne, ahora termina comprando mortadela, que está prohibida por la Organización Mundial de la Salud y es dañina en grasa que es la que te lleva al infarto”, advierte.

Mientras que el aguacate, las semillas y el aceite de oliva, aportan grasas buenas al cuerpo, las saturadas -explica- “son las que se pegan en las arterias que van a formar placas ateromas y hacerte sufrir arteriosclerosis, como enfermedades cardiovasculares. Estas grasas saturadas se encuentran en carnes animales, el coco y la palma”.

   


De allí que se recomiende más el consumo de pescado, por ser rico en grasas poliinsaturadas, que el de la carne. Dentro de todo, el consumo de sardina no es tan malo. En todo caso, añade, “lo que no es justo es que solo tengan esa elección cuando deberían tener una dieta más balanceada, con granos, soya, y mucho mejor si es con verduras, frutas y vegetales”.

La OMS indica que deben consumirse cinco raciones diarias de alimentos. Sin embargo, la mayoría de las familias venezolanas consumen solo una o dos; en el mejor de los casos, tres.

Además de la sardina, la yuca es otro alimento común en la menguada dieta de los habitantes de Ciudad Guayana y el país en general y no se trata de que sea mala en sí, pero su alto consumo, como todo, deja de ser beneficioso. “La yuca aumenta el nivel glicémico, por un lado hace que engordes o que aumentes la predisposición a la diabetes. Para un diabético, la yuca no puede ser su único alimento”.

La auyama es rica en betacaroteno, pero -reitera- no debe ser el único alimento, como ocurre actualmente en el Hospital Uyapar. Carmen Hernández, asistente de Nutrición del Hospital Uyapar, cuenta que en la institución no se entrega desayuno a los pacientes. “Están comiendo el almuerzo a las 10:30 de la mañana y la cena a las 3:00 de la tarde, nada más”, aseveró.

Tampoco se aporta la dieta líquida a los pacientes que, por su condición, la requieren. Los niños, en cambio, solo comen sopa de auyama, lo que ha causado el rechazo de las madres, quienes se niegan a recibirla.

“Lo terrible de la crisis es la poca disponibilidad de alimentos, es la monodieta a la que están obligando al individuo. Claro, es mejor subsistir con mango que no tener alimento”, destaca Bondini.

Para la nutrióloga, ante esta dieta de emergencia, recomienda sacarle provecho a lo que se tiene y tratar de complementar los alimentos de mayor consumo como la yuca, lentejas y sardina, con frutas y vegetales. Recomienda el consumo de soya, que es económica en comparación con la carne, y perfecta sustituta de la proteína animal. “Si tienen granos, utilizarlos al máximo, las frutas son importantes, así sea mango, y tratar de no comer con tanto aceite”.

Desnutrición, muerte y déficit cerebral severo

Más del 90% de las muertes de niños en la emergencia del Hospital Uyapar de Puerto Ordaz son por desnutrición. Esto lo afirma la presidenta del Colegio de Enfermeras del estado Bolívar, Seccional Ciudad Guayana, Maritza Moreno, quien asegura que antes del cierre -el 8 de abril de 2018- del Pediátrico Menca de Leoni, en San Félix, se contabilizaron 30 decesos de menores de edad por esta condición. En 2017 fueron 46, según cifras extraoficiales.

Los niños menores de 5 años son los más vulnerables a las deficiencias de la alimentación y las enfermedades. El informe 2018 de mortalidad infantil, elaborado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, por sus siglas en inglés) precisa que la tasa de mortalidad de niños menores de 5 años en Venezuela subió en 2017 respecto a 1990, de 30 muertes por cada 1.000 nacidos vivos a 31 muertes. El informe precisa que en 2017 murieron en Venezuela 18 mil menores de cinco años, 49 infantes al día.

Sin detallar las causas de la mortalidad infantil en el país, el reporte explica que a nivel mundial tres cuartas partes de los niños y adolescentes de 0 a 14 años de edad mueren a causa de enfermedades transmisibles, perinatales y nutricionales, según las últimas Estimaciones de Salud Mundiales de la Organización Mundial de la Salud.

Pero las consecuencias de la malnutrición no son solo la desnutrición y el peligro de muerte. La nutrióloga Marusca Bondini advierte que puede llevar a un déficit cerebral severo.

   


“Si quitas esos nutrientes, ¿cómo un niño va a la escuela cuando en los primeros 48 minutos del día necesita una buena dosis de proteínas?, ¿cómo puede funcionar? Golpea el rendimiento escolar severamente. ¿Cómo puede pasarse un niño una mañana solo con una arepita o sin desayunar? Es una situación dura que no solo atenta contra la vida, sino contra el rendimiento escolar. Fomenta la deserción”.

Los alimentos de las cajas del CLAP son usados por el Gobierno más para propaganda que como ayuda. Pero, muchos esperan su llegada por no tener nada más. De ahí que la ingesta de sus productos como los únicos de la dieta sea lo verdaderamente perjudicial. A esto debe sumársele, en calidad de agravante, la falacia gubernamental y el atentado contra la salud y la alimentación de los venezolanos descubierto por el medio Armando.info, que reveló que la leche incluida en estas cajas no era leche, sino un derivado lácteo rico en sodio y con un contenido nutricional muy por debajo de lo que indican sus etiquetas.

En contraposición, la nutrióloga explica que el consumo de proteínas debe representar entre 0,8 a 1,2 gramos por kilogramo de peso, es decir, si una persona pesa 60 kilos, debería consumir en promedio unos 60 gramos de proteína al día, bien sea vegetal o de origen animal, o ambas. Un bistec, por ejemplo, aporta 23 gramos de proteína y un vaso de leche, 7 gramos.

“Si el niño pesa 14 kilos. Con dos vasos de leche le aportas la proteína que necesita al día”, indica Bondini.

En el caso de los carbohidratos, para una dieta de 2 mil calorías, se requiere 1 caloría por kilogramo. Entonces, se necesitan de 15% a 20% de esas calorías en proteína, máximo 30% en grasas si son poliinsaturadas o monoinsaturadas (las llamadas grasas buenas: pescados, aceites de girasol, soya, oliva, aguacate y frutos secos), y 50% en carbohidratos que no sean azúcar refinada. 

Acciones contra el hambre

Este mediodía del primer jueves de septiembre, a las puertas del comedor de la Fundación Me Diste de Comer, en la parroquia Unare de Ciudad Guayana, una larga fila de hombres y mujeres aguarda para almorzar. Fogón adentro, en tres enormes ollas, se cuece un palo a pique peculiar, al que han añadido verduras para rendirlo y hacerlo más nutritivo. Esta es una de las iniciativas locales contra el hambre.

Hace 19 años, cuando el comedor abrió sus puertas, atendían a 10 niños de la comunidad. Los beneficiarios pronto aumentaron a 100 y, luego, con la profundización de la crisis económica, el espacio se hizo pequeño, por lo que tuvieron que ampliar ese primer comedor ubicado en una reducida casa construida por el Instituto Nacional de Vivienda (Inavi).

Carlos Corinaldesi, uno de sus fundadores, cuenta que actualmente reciben un promedio de 450 personas por día en dos turnos de servicio de almuerzo en los cuatro comedores, tanto en Puerto Ordaz (Unare) como en San Félix (San José de Chirica, Brisas del Sur y Brisas del Paraíso). La agudización de la crisis económica ha sido caldo de cultivo para emprendimientos sociales que buscan aliviar el hambre. 

Corinaldesi, su esposa Ana Dolores y su equipo de voluntarios han ido mar adentro, como invita la lectura bíblica que antes de comer lee a quienes han acudido a almorzar este mediodía. “No teníamos idea de en qué nos estábamos metiendo”, confiesa, luego de relatar que todo comenzó con un proyecto para tapizar los muebles de la iglesia Sagrada Familia, del cual surgió la idea de ayudar a los niños del Barrio Guayana.

Además de los almuerzos, implementaron hace seis meses un horario para servir desayunos a niños de las comunidades cercanas “que se acostaban sin cenar y a los que se les hacía muy larga la espera para el almuerzo”.

“Creo que todo esto ha sido obra de Dios. Hubo muchos obstáculos al principio y el padre Clíver Mendoza nos pidió no preocuparnos y así fue. Nos fuimos metiendo y enamorando y no es un trabajo”, expresa.

“Además de sardina y yuca, a veces también cocino la caraota con el arroz”


Corinaldesi ha sido testigo en primera fila del aumento del estado de necesidad y el colapso que ha obligado a reestructurar menús por falta de alimentos. “La situación ha empeorado muchísimo porque vemos niños desnutridos, ancianos que no consiguen sus medicinas pero también muchachos jóvenes y gente que viene desde muy lejos por un plato de comida”, resaltó. Desde El Triunfo, en el municipio Casacoima de Delta Amacuro, y comunidades profundas de San Félix llegan personas en busca de bocado.

En los comedores de San Félix, estiman, el 30% de los niños que atienden presentan estado de desnutrición.

“Muchas de las personas que vienen comen una sola vez al día, comen solo el plato que les servimos. Esto es un apostalado”, indica Ana Dolores Corinaldesi, tras picar kilos de verduras en una amplia mesa en el salón principal de la Fundación Me Diste de Comer.

“Esto es una bendición”, dice Carlos Osorio, un hombre de 70 años ya listo para almorzar. “El hambre y el dato de que esto existía me trajo acá hace un año”, agregó.

En San Félix, la organización Meals4Hope brinda soporte a la casa de alimentación del sector José Tadeo Monagas y durante un año -octubre 2016 a septiembre 2017- apoyó al comedor de la Fundación Me Diste de Comer en el barrio Brisas del Sur. Todos los martes ejecutan el programa de Peso y Talla en el que monitorean el estado de 90 niños al mes, a los que brindan fórmulas y suplementos nutricionales, en función de sus edades.

En la actualidad cuentan con 14 voluntarios y el apoyo de la Fundación Alianza Canadiense Venezolana, así como donantes de Estados Unidos y Europa que envían no solo alimentos, sino también medicinas.

“Esta organización nace de la preocupación de un grupo de venezolanos en España e Inglaterra junto a mi amiga Carolina. Empezamos con un crowdfunding de 15 mil euros y conseguimos la meta. Ahora tenemos 20 proyectos en todo el país”, cuenta María Nuria De Cesaris, quien coordina la organización en Ciudad Guayana.

La expansión de Meals4Hope guarda relación con el empeoramiento de la nutrición en el país. “La situación ha ido empeorando y un indicador es que todos los martes nos llegan niños nuevos para ser evaluados. Van saliendo algunos que están en peso, pero los niños son los que están sufriendo más. Se nos han muerto niños a los que no llegamos a tiempo. La situación va agravándose y de alguna manera las familias están más entrampadas en depender del Estado para sobrevivir”, indicó. 

De Cesaris resaltó que en las comunidades en las que tienen presencia la alimentación es deficiente, no se realizan las tres comidas al día y “la caja CLAP a lo mucho les sirve para una semana y no la reciben todas las semanas”.

En el ala principal del comedor, los niños también reciben alimentos. Corinaldesi estima que 30% de los asistentes sufren cuadros de desnutrición


“Algunos niños están muy decaídos, otros mantienen su alegría, pero no ves el ánimo que veías antes, les ves alegrías cuando les entregan el kilo de fororo o cuando les dices que aumentaron 100 gramos. A los que atendemos los acompañamos hasta los 12 años, hasta que alcanzan el peso promedio para su edad”.

Iniciativas individuales también se han transformado por el peso de la realidad. Alba Perdomo, periodista y profesora de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), campus Guayana, transformó su aporte individual a personas en condición de calle en una organización que sus colaboradores decidieron llamar “Dios Provee” y que ya cuenta con cuatro meses de entrega de comidas todos los domingos.

“Todas las semanas compraba granos, los cocinaba, los dividía en porciones y los congelaba; pero cada vez que veía a la gente comer de la basura, les bajaba un potecito de frijol”, cuenta.

Su experiencia, que se repite en todo el país, animó a un par de amistades en el exterior y en Ciudad Guayana a crear lo que ella llama una cadena de favores, con aportes que van desde un par de zanahorias o cubiertos plásticos hasta empaques de alimentos primordiales para la preparación de la comida.

En la última entrega prepararon 80 comidas, 20 de las cuales fueron donadas al ancianato de las Misioneras de la Caridad, en San Félix, a donde también han llevado revistas, camisas, libros. El resto va dirigido a adultos y niños en condición de calle en el centro de Puerto Ordaz y Alta Vista. “Ahora es un ejército de gente apoyando”, comenta.

“Sé que esta es una gota en un océano, pero sé que por los menos el domingo van a tener una buena comida y cualquier ayuda es bienvenida (…) El hambre es desesperante. Es un dolor, es humillante para la gente. Si tuviéramos que decir que algo nos guía es el amor por el prójimo y la idea no es solo darles de comer, sino brindarles algo rico y nutritivo”, puntualizó.

Los esfuerzos por contrarrestar la hambruna en Guayana no dejan de ganar la admiración, el respeto y hasta la inspiración de otros coterráneos. Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos serán suficientes para paliar una crisis alimentaria creada por quien tiene la obligación de solventarla: el Gobierno nacional, cuyas políticas económicas, aplicadas durante más de una década, han devenido en la debacle del aparato productivo nacional, dentro del cual se circunscribe el sector alimentación. La ola de expropiaciones y la persecución sistemática al empresariado al final se han traducido en una mayor amenaza al emprendimiento y el desarrollo productivo, que hoy ven como resultado la carestía de alimentos en mesas y anaqueles.

Es esa la pauperización del derecho humano a la alimentación que padecen los venezolanos. Una afrenta a la Constitución nacional en su artículo 305, donde se consagra la obligación del Estado de garantizar la seguridad alimentaria. Es ese el calvario de Mary, Gladymar, Yurmaris y sus familias, que como otros miles de guayaneses ven en el acto de comer una incertidumbre que atenta contra su vida y su desarrollo.

Esto sucede aquí, en El Dorado venezolano. En la cuna de la alternativa no petrolera, mientras Maduro, a lo lejos, disfruta de un banquete en uno de los restaurantes más costosos del mundo.

 


Si quieres ayudar a alguna de estas organizaciones, te dejamos sus datos a continuación.

Carlos Corinaldesi: Fundación Me Diste de Comer. 0414-8589961.

María Nuria De Cesaris: Meals4Hope. 0412-9286454. https://www.meals4hope.org/

Alba Perdomo: Dios Provee. 0424-9705089.

 

 

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