Sábado, 05 Octubre 2013 23:25

El otro mago

 
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Roger Vilain
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I

Ya sé que la magia no existe. No como la he entendido desde niño: algo, un no sé qué que te permite sacar conejos de un sombrero, transformar piedras en palomas o lograr que un vaso de agua se convierta en papelillo.

A mi edad créeme que no estoy para cuentos. Uno vive su vida, estudia ingeniería, plomería o se mete a taxista, y lo otro es alimento para demagogos. Los magos quedan para historias fantásticas o novelitas rosa de las que andamos hasta los dientes.

No, es que no estoy para cuentos. De muchacho sí, es decir, a los once o doce años iba a casa de Tomás o Jeremías y en un santiamén todo adquiría tonos pastel. Pero la magia, lo que se dice la magia, dicen que hay que buscarla dentro de uno, en el fondo, y creer en ciertas posibilidades. Para eso están los sesudos que chorrean pavadas a diestra y a siniestra. Pero lo otro, esa urdimbre de malabarismos típicos de feria surge prácticamente de la nada. La felicidad al alcance de la mano. El asunto consiste en pasarla bien.

A veces, al salir tomado de la mano de mi madre y tropezarme en las aceras con gente apurada que iba de aquí para allá sin fijarse en los demás, como incrustada en un tubo que alguien después arrojaba a la vida y a las calles, jugaba a imaginar que una de ellas terminaba con el pie metido en algún hueco que se la tragaba por completo. Jamás pude acertar, en ningún momento se cumplió lo que pudo haber sido mi truco favorito, resultó imposible hacer que las circunstancias obedecieran eso que ordenaba gracias a una varita imaginaria.

Crear mundos, alzarse con todo el poder y coger al toro por los cuernos -el toro de la realidad embrujada desde tus hechizos, quiero decir-, repito, nunca se me dio así como así. Yo soy un descreído sin remedio, asunto que agrava todo el lío de modo que aún en la primera infancia rechacé lo que otros niños aceptan sin mirar atrás. Transformar la realidad, aparecer y desaparecer objetos con un chasquido de los dedos, convertir mi almohada en oso y, en fin, dominar el arte de transformar el plomo en oro, todo, absolutamente todo esto no ha tenido un ápice que ver conmigo.

Mientras Raúl o José Luis volaban como Supermán o hacían de las suyas al más puro estilo de Merlín, mi yo interior andaba seguro de sus limitaciones. No me luciría con poderes extraordinarios y demás hierbas parecidas. La magia era para los magos, y los magos, caballero, vaya a buscarlos en los circos, no en un miércoles cualquiera mientras tomas el taxi para llegar por ejemplo al aeropuerto.

El Comelibros

Ángel Gutiérrez
@agape270984

Ciudades que ya no existen

Fedosy Santaella

Hay una ciudad que nos espera, adentro. En lo profundo de cada uno si la amamos porque sabemos conocerla y reconocerla cuando caminamos entre sus calles, entre sus edificios que apuntan al cielo. Somos transeúntes de esta ciudad que se transforma a cada tanto, cada día las personas hacen y deshacen sueños acobijados por un árbol o en un café de alguna ciudad, ésta por ejemplo, bañada entre ríos. Ciudad Guayana duerme temprano y amanece temprano, guarda un ocaso naranja todos los domingos, uno de matices dorados los miércoles y uno violeta los restantes días. Quizá nadie se percate de este fenómeno, pero yo lo he visto. Esa es la ciudad que nos aguarda dentro de cada uno, si la amamos.

También hay una ciudad que nos espera, afuera. Aguarda en lo más lejano, a leguas de distancias en pensamiento, no me refiero a los kilómetros cuantificables sino a esa lejanía que se forma cuando no amamos la ciudad que habitamos. Nos volvemos unos extraños en sus avenidas, en sus plazas, desconocemos los rostros, los nombres, sus olores y sabores. Es como vivir en una ciudad en la que sólo estamos de paso, siempre con la mirada perdida porque no vemos ocasos, vemos otro paisaje en la memoria. Esa es la ciudad que nos espera, que desea ser descubierta, amada, buscada, nombrada. Hay muchos que habitan, pero no aman. Hay una ciudad afuera, que quiere estar adentro de nuestra mirada.

Sin embargo, para el escritor venezolano Fedosy Santaella, hay “Ciudades que ya no existen”, ciudades que parten del mundo de los sueños, desde la tinta de la imaginación, pero que se parecen un poco a las realidades venezolanas. El autor nos presenta 21 cuentos sobre la cotidianidad que dibujan los paisajes nacionales como Puerto Cabello o Caracas. Este libro es la alegoría del viaje entre región costera y región cosmopolita; el humor negro, el sarcasmo, lo exótico y lo grotesco conforman el hilo que teje estas historias a partir de la conciencia de sus personajes principales, seres que se enfrentan al mundo del peligro, de lo extravagante, del pasado y del presente. La escritura de Fedosy es sencilla, placentera y evocadora; el lector logrará identificarse con las anécdotas que se cuentan, hasta sentirá extrañar las ciudades que se detallan en cada relato, ciudades no vividas, pero tan reales como el día a día.

Estimado lector, encuentre su ciudad (la de adentro o la de afuera) en las “Ciudades que ya no existen” (2010) de Fedosy Santaella de la mano de la editorial Bruguera. Sea un ciudadano más del imaginario de este excelente autor, uno de los más representativos de la narrativa venezolana.

Poema

Amo tus ojos

Rosario Figallo

Amo tu mirada, amo tus ojos…

ojos calmados, ojos serenos…

ojos sin malicia, ojos tan tiernos…

ojos que yo amo con tanto desespero,

ojos rasgados de un mirar eterno…

Te amo todo a cabalidad

pero a tus ojos los amo más

porque en ellos reflejas tu serenidad

tu paz, tu constancia…

tu amor, tu verdad…

Mirada maravillosa

que me hace temblar,

ninguna palabra pudiera lograr

esa sensación, esa ansiedad

que sólo tus ojos en un mirar

pudiera encontrar tan sólo al pasar

En esa mirada profunda como el mar

permíteme perderme para en tu corazón

encontrar el amor que nadie hasta ahora

te ha podido arrebatar.

Y entra en los míos y verás que hallarás

un corazón borboteante lleno de felicidad

de sólo sentir que a su lado estás.

En esos ojos quisiera reflejarme siempre

compartir con ellos lo bueno, lo malo y lo hiriente

sólo tú decidirás

si quieres que mire por ellos

y en los míos tú te reflejarás

porque he aprendido a amarlos

como nunca los de nadie volveré a amar…

Tomado del poemario Los dictados del fuego, Fondo Editorial UNEG, 2012

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