Domingo, 15 Septiembre 2013 06:00

Sin poesía no hay ciudad

 
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Estamos acostumbrados a ver en las paredes de la ciudad mensajes políticos, de desengaño amoroso, denuncias y hasta ofertas de empleo; ahora parece que la poesía también busca acomodo entre esos ladrillos manchados de aerosol.

Ensayo

A propósito del movimiento Acción Poética

Diego Rojas Ajmad

@diegorojasajmad

UNEG-CIELA

Estamos acostumbrados a ver en las paredes de la ciudad mensajes políticos, de desengaño amoroso, denuncias y hasta ofertas de empleo; ahora parece que la poesía también busca acomodo entre esos ladrillos manchados de aerosol. En algunos puntos de la ciudad han comenzado a aparecer grafitis inusuales, de frases literarias que exaltan el amor y el optimismo, hechos con letra negra sobre fondo blanco, y que nos convierten inesperadamente en lectores de poesía mientras aguardamos a que el semáforo ofrezca su cambio de luz. Descubro que esta iniciativa llamada “Movimiento de Acción Poética”, surgida en México en 1996 y que se ha extendido por toda Latinoamérica con su lema “sin poesía no hay ciudad”, busca hacer del arte un bien público, adornando las paredes de la ciudad con grafitis de contenido literario.

Mucho se ha dicho que en Guayana no es posible que prenda la poesía por ser este un territorio de empresas, comercio y hormigón, pero ello no es excusa pues en la literatura universal existen variados ejemplos de una poesía de la fábrica, de la máquina, del obrero. Bastaría mencionar a Bertolt Brecht, a los futuristas, a Víctor Jara cantándole a Manuel mientras salía para siempre de la fábrica... El auge industrial no es motivo para limitar la actividad poética, sofocada en realidad por otras causas como la escasa educación, la baja oferta cultural y el uso inadecuado del ocio. Por ello, no hay ciudades ideales para el poeta. Indistintamente, cualquier urbe sirve para buscar la belleza escondida entre sus pliegues de asfalto. Hasta en el mismo Infierno pueden existir poetas, y Dante lo sabía pues bajó guiado por uno, el laureado Virgilio. Guayana, Cielo para unos, Infierno para otros, puede albergar poetas, y lo hace. Donde exista un grupo de seres humanos, ahí nunca faltará la poesía.

En nuestra ciudad se han hecho continuas actividades en procura del incentivo por la lectura y la escritura de la poesía. Se han organizado recitales, concursos, pero la idea que siempre queda en el ambiente es que es una actividad de pocos. Para “masificar” la participación quizás deba pensarse en llevar la poesía a nuevos contextos, como los centros comerciales, el mercado, las paradas de autobuses, las perreras, los ambulatorios, las colas para adquirir algún producto, los hospitales, las vallas. Despojar a la poesía de su solemnidad de “salas de arte” y hacerla más cotidiana, más parte de la vida. Convertirla en grafiti, de ser posible. Sí, en grafiti, pues la poesía, desde que nació frente a la fogata del recién formado Homo sapiens, ha recurrido a variados formatos como el chasquido, el trabalenguas, el canto, la danza, la música, el video y las redes sociales para poder transmitir sus sonidos e ideas.

El grafiti, cuyas manifestaciones más longevas proceden de la antigua Grecia y Roma, es hoy instrumento de contracultura que logra satisfacer la necesidad de decir algo a alguien. Quizás lo que nos causa desajustes al ver un “grafiti poema” es el darnos cuenta de que la literatura no es solo práctica de papel y tinta, reservada para pocos, y que en cambio puede aparecer en cualquier vuelta de esquina; o para decirlo en palabras de Jesús Martín-Barbero, tomadas de su libro La educación desde la comunicación, la literatura y el saber en general han sufrido descentramientos y deslocalizaciones que han hecho del mundo un lugar de aprendizajes y encuentros, ya no reservado a la escuela, al museo o a la biblioteca.

La poética de una posible “literatura grafiti” tendría que señalar las características de la brevedad y la mordacidad, propios de la práctica escrituraria del grafiti, y además registrar la sorpresa y el asombro con la relación de temas u objetos contrarios, como querían los simbolistas y surrealistas. La “literatura grafiti” es una práctica literaria influenciada además por la brevedad de las redes sociales, del mensaje de texto, y de la velocidad de consumo a la que está situado el lector contemporáneo.

Sí, en mi opinión estos grafitis pueden ser considerados como literatura y quizás pronto veamos algunas antologías de sus manifestaciones.

El Comelibros

Ángel Gutiérrez

@agape270984

La hoja que no había caído en su otoño

Julio Garmendia

C4ComelibrosContinuamente leo los diarios de nuestra ciudad, elementos importantes para informarnos sobre lo que pasa en ella, y me he percatado de un tema que se mantiene como una preocupación constante por muchos ciudadanos: la Ceiba de Alta Vista. Es un árbol que ha cobijado a muchos habitantes por casi 30 años y que depende desde hace mucho de una decisión ¿Dejarlo vivir? ¿Lanzarlo al olvido? ¿Cuál será el destino escogido por los guayacitanos para este ser vivo? Es un cuento que aún no ha culminado y que me hace desempolvar, a su vez, la historia de otro árbol. “La hoja que no había caído en su otoño” es un cuento del autor venezolano Julio Garmendia sobre la hoja de una ceiba que “había venido a quedar íngrima y sola en lo alto de una rama del gran árbol, cuando ya todas las demás, o habían caído, o habían sido llevadas por el viento, o tumbadas por la lluvia, o desprendidas por el frío”.

Esa pequeña hojita se dedicó a ver pasar el tiempo, lentamente dejó su verdor en el pasado y observó la juventud de las nuevas hojas que nacían entre las ramas; hasta llegó a “creerse una hoja única en lo alto de un gran árbol deshojado, la sola y única de aquella ceiba inmensa y algo ventruda, a la que por nada de este mundo se abandonaba”. Sin embargo, las desventuras de la vejez hicieron que lamentara su situación, quería ser desprendida por el viento para finalmente caer ¿Correría con esa suerte? ¿Qué habrá pasado con ella? ¿Tendrá el mismo destino la ceiba de Alta Vista? De alguna forma, los dos árboles de ceiba parecen acompañarse, uno en la ficción y el otro en nuestro presente cotidiano, pero la ficción y la realidad a veces no conocen diferencias, son la misma cosa dijo una vez el argentino Jorge Luis Borges; tanto así que, en “La hoja que no había caído en su otoño” de Garmendia, hay otro cuento titulado “Los de a locha” donde los personajes esenciales son los autobuses de transporte público, cada uno con características y personalidades definidas; dependiendo de sus condiciones y actitudes el valor del pasaje es distinto ¿Qué relación tiene este cuento con el día a día del transporte de nuestra ciudad? Creo que muy poca.

Mientras tanto, yo me quedo leyendo la historia de la hoja de ceiba de Julio Garmendia escrita hace ya tanto tiempo, y pensando en todas las hojas que esperan su suerte en las alturas de la ceiba de Alta Vista; quizá alguien también escriba de su vida. Y usted, estimado lector, simplemente busque este memorable libro y lea conmigo los 8 cuentos que lo conforman, puede que nos encontremos entre sus páginas.

Realizadores

Jatniel Villarroel (coordinador)

Carmen Rodríguez

Roger Vilain

Carlos Espinoza

Fabiola Mendoza

Ángel Gutiérrez

Diego Rojas Ajmad

Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes de la Universidad Nacional Experimental de Guayana.

Año 1 – Nº 08 Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

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