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Sábado, 04 Agosto 2018 00:00

Rulfo y la dimensión social de la religiosidad

 
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El escritor mexicano Juan Rulfo, un prosista de altos quilates El escritor mexicano Juan Rulfo, un prosista de altos quilates Foto cortesía El País

La superstición es un factor omnipresente en la cultura latinoamericana. Creer en brujos, santos y dioses no es nada nuevo y es lógico pensar que estas creencias y prácticas ligadas a la religión se manifestaron de manera más fuerte en los países con mayor tendencia al catolicismo.

Es un hecho que la religión ha sido el método de control más efectivo. A través del miedo las masas pueden moverse y moldearse a cualquier idea, siempre y cuando quien profese estas ideas cuente con atributos como el poder de persuasión y un buen discurso. Pablo Alarcón Chaires establece en La gestión del miedo como arma de control social que “el miedo inmoviliza y desarticula toda resistencia colectiva, refuerza el orden establecido y el autoritarismo. La mejor manera de manipular con el miedo es creando un enemigo, como el terrorismo o el narcotráfico para recortar las libertades y legitimar el Estado policiaco. Y mientras el miedo siga sembrándose en una sociedad ignorante y poco crítica, las llamadas reformas nos están acercando a un momento de jaque”.

A medida que van pasando los años, y las generaciones avanzan tanto cultural como tecnológicamente, estos pensamientos pasan a un segundo plano, la religión no es el foco principal de cada factor de la vida en sociedad, hay una visión más humanista y a partir de esto es que se empieza a considerar el comportamiento de los seres humanos y las relaciones que mantienen con su entorno como un factor primordial tanto social como científicamente.

Esto es lo que logra comunicar Juan Rulfo, en toda la extensión del breve cuento Anacleto Morones (que forma parte de la recopilación de cuentos El llano en llamas, de 1953).

Obviamente el factor religión está sumamente presente, dada la época y el país en el que se ambientan los hechos. Sin embargo, Rulfo logra dar una visión bastante avanzada del individuo como ser social, ya que su protagonista es un hombre que se rehúsa a caer en los efectos cegadores de la fe y da opiniones muy fuertes acerca de temas poco cuestionados basándose en sus experiencias. Lo que lo hace de una vez más astuto que el resto de las personas con quien se relaciona en la historia.

Luis Carlos Torres explica en La complejidad humana que “el ser humano es complejo. Hay que buscar entender en qué sentido es complejo, y para ello es preciso entender el tejido entre lo objetivo y lo subjetivo, entre la realidad que ve y en la que se encuentra el ser humano. Conviene tener presente que el fenómeno de la complejidad se define por medio de un conjunto de interrelaciones que se construyen entre el sujeto y el objeto de conocimiento. Una realidad compuesta por un gran número de elementos de distinta clase relacionados de múltiples maneras, es ciertamente una realidad complicada”

Grandiosa sencillez

Los personajes envueltos en la historia son simples en casi todas sus dimensiones, pero la manera en la que esta se narra muestra la complejidad de la interacción humana, refiriéndose a que el factor fundamental de la vida en sociedad es la cultura, que envuelve una serie de principios: el arte, la religión, la política, la tecnología, las normas y valores… y cuando se muestran un conjunto de personajes interactuando alrededor de estas, el ser humano toma un sentido más amplio y complicado.

En este hilo de hechos se muestran elementos algo confusos de la misma interacción, pues, se habla de un hombre supuestamente milagroso y se le venera como al propio Dios, pero no se tiene, a ciencia cierta, una prueba de lo que lo hacía tan extraordinario, ¿cómo es posible que sin prueba alguna, las señoras defiendan a capa y espada al famoso Anacleto Morones? ¿Es posible que el autor haya querido hacer una analogía a la fe cristiana al plasmar la devoción de las mujeres hacia Anacleto?

Usando recursos literarios como el símil, la hipérbole y la metáfora, además de redactar el texto en forma de diálogos, Rulfo logra que esta complejidad se vuelva simple, creando intriga en el lector a medida que el cuento va llegando al final la lectura se vuelve amena ya que no está dividida bajo los preceptos tradicionales de la organización narrativa, es decir, capítulos o partes, sino que más bien, todo viene de un solo golpe por lo que la persona que lee reacciona con inmediatez a los hechos narrados. En términos de registro lingüístico, el escritor aplica la modalidad coloquial en el relato de Lucas Lucatero, pues si bien el personaje conoce las reglas del lenguaje utiliza expresiones bajas o vulgares.

Es importantísimo acotar que la moraleja general de la historia va más allá de la religión, y es que siempre habrá más de una versión para la misma historia y que nadie nunca tiene la verdad absoluta.

Andi Mirom manifiesta en el artículo de opinión del diario El País La objetividad no existe que: “La subjetividad del autor va estar siempre presente en cada oración de su discurso escrito. Ni siquiera los trabajos de carácter científico escapan a la subjetividad de sus autores, es decir, desde que elegimos el objeto de estudio que vamos a trabajar, desde ahí se manifiestan los intereses de cada una de las personas […] Todos, absolutamente todos, tenemos un sesgo que determina la forma de analizar y comprender las coordenadas de espacio y tiempo en las que nos ha tocado vivir; cuando emitimos nuestra opinión en relación con un hecho, estamos vertiendo toda nuestra subjetividad en la explicación que hacemos de la realidad concreta que analizamos […] Ahora bien, lo anterior no quiere decir que los seres humanos no tengamos la obligación de elaborar argumentos lógicamente correctos y aportando la prueba pertinente para sustentar nuestros enunciados. No obstante, ello no eliminará ni impedirá que los enunciados explicativos que desarrollemos estén impregnados de nuestras subjetividades”.

Cuando se narran hechos, el enfoque bajo el cual se hace es meramente de quien lo cuenta en ese momento, podría contarse diferente si otro personaje fuese el relator. Con esto reforzamos el planteamiento que establece que, si bien Lucas Lucatero desligaba a Anacleto de una divinidad, no hay ningún factor en la propia historia que apoye objetivamente la teoría de que Anacleto Morones es el personaje usurpador, mentiroso y sádico que fuertemente sostenía nuestro protagonista.

No se sabe con seguridad si el usurpador, mentiroso y sádico haya podido ser el mismo Lucas Lucatero, pues la historia se relata según su punto de vista, y basándonos en la construcción del personaje que realizó Rulfo, Lucatero es un hombre orgulloso, terco y testarudo, por lo que no hubiese expresado jamás que erró o incurrió en acciones deplorables. De este modo es muchísimo más fácil proyectar la culpa en un ser que no puede defenderse, pues está muerto.

Este ensayo es el trabajo final de la Cátedra Literatura y Comunicación, de la Escuela de Comunicación Social de la UCAB Guayana. Su autora es estudiante del segundo semestre

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