Jueves, 01 Septiembre 2016 00:00

Teresa de Calcuta, la revolución de la compasión

 
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La causa de Agnes

El 18 de diciembre, la Santa Sede oficializó que la causa (nombre dado al expediente a cargo de la Congregación para la Causa de los Santos) de la Madre Teresa alcanzó el último paso: el visto bueno para su elevación a los altares.

Este último requerimiento consiste en la aprobación del Vaticano de un milagro: que fue la curación inexplicable de Marcilio Haddad Andrino, un brasileño que sufría de abscesos cerebrales.

En la ceremonia que presidirá el papa Francisco serán canonizados dos latinoamericanos más, los beatos José Sánchez del Río, de México; y el cura Brochero, de Argentina; junto con los también beatos Elizabeth Hesselblad, de Suecia, y Estanislao de Jesús y María, Polonia.

La Madre Teresa de Calcuta, fundadora de la Orden de las Misioneras de la Caridad, fue declarada beata el 20 de octubre de 2003 por el Papa hoy santo Juan Pablo II, quien la definió como una “infatigable benefactora de la humanidad”. 

 

Siendo muy joven tuve un breve pero sustancioso encuentro con Teresa de Calcuta. Fue en Madrid, a donde la santa había acudido a un congreso en contra del aborto, una de sus principales preocupaciones. Además de una estampa firmada por ella, conservo una enorme impresión de su forma de orar, de mirar y de hablar. Su fisonomía angulosa, a la vez que frágil, era reflejo de los fuertes contrastes de su personalidad, que para el común de los mortales hubiesen supuesto estridencia, pero que su espíritu unificó armónicamente. Les propongo un acercamiento a esta personalidad única a través de algunas de sus aparentes contradicciones.

Fidelidad y creatividad 

Siempre vivió en fidelidad absoluta a la comunión jerárquica de la Iglesia, estando muy vinculada a san Juan Pablo II. Y -al tiempo- fue tan audaz como para iniciar una nueva familia religiosa (las Misioneras de la Caridad) en la India, país de mayoría hindú en la que el catolicismo es prácticamente testimonial. Sin dinero ni palanca, sólo con una fe que movía montañas, puso en marcha la revolución de la compasión -padecer con- siguiendo al pobre de Nazaret. Como hábito adoptó el sari de la mujer india y como estilo de vida eligió el de los últimos de la tierra: en sus conventos no hay lavadoras, ni televisión, ni computadoras, ni lavaplatos, ni alfombras, ni bancos en la capilla, ni nada que un pobre no pueda tener en su barraquita. Las Misioneras de la Caridad carecen de cuentas bancarias. Viven de la providencia, amando hasta que duela, como repetía Teresa. Lo pueden comprobar visitando la casa de las misioneras en San Félix, en donde atienden a ancianos rescatados de las calles, a enfermos del VIH y en donde enseñan a leer a varios niños. Este estilo de vida no sólo no aleja a los jóvenes, sino que la orden religiosa por ella fundada ha sido la de más rápido crecimiento en los últimos años de la Iglesia.

Uno de los cientos de descartados que murieron en los brazos de la Madre Teresa reconocía, horas antes de fallecer, que había vivido toda su vida como un perro en las calles de Calcuta y que -por fin- podía morir amado como una persona. Ella fue la única persona no nacida en la India que ha sido enterrada con honores de jefe de Estado y la segunda -después de Gandhi- que no ejerció dicho cargo. Cientos de miles de indios acudieron a despedir a su santa en una de las muestras de cariño más multitudinarias que se recuerdan.

Contemplación y acción 

Teresa fue una mujer de largas horas de oración, lo que le supuso hacer de su vida entera una continua oración. Su contemplación del Señor no la llevó a una actitud pasiva, escapista ni ilusa, sino al verdadero realismo y a una actividad inagotable. Recorrió la India en tren por todos los puntos cardinales, yendo siempre en tercera clase, como los descartados. Viajó por todo el mundo, fundando hospitales, ancianatos, casas de acogida... en aquellos países que se lo permitían. Su autenticidad atraía a personas de todo tipo, también a algunas cercanas al poder. Ante nadie, mucho menos ante los poderosos, dejó de decir la verdad. Se podía cortar el aire en la Real Academia sueca de las Ciencias cuando, al recibir el Premio Nobel de la Paz, centró gran parte de su intervención en la denuncia del aborto, al que calificó como una “de las mayores amenazas contra la paz” y reclamó a los académicos, políticos y líderes de opinión que garantizasen la vida de los bebés indefensos. ¡En la muy relativista Suecia! Ese es el valor de los profetas, como su maestro Jesús: ir contra corriente pero con una sonrisa perpetua y los brazos abiertos para todos.

Cuando un periodista la acusó de asistencialismo, le recordó -sin perder la calma- que “mi tarea es consolar a Cristo en los desheredados de la tierra, la de ustedes -los laicos- es acabar con las causas de estos males”.

Luz en la oscuridad 

Cuando conocí a Teresa de Calcuta irradiaba una profunda luminosidad. Muchos años después, cuando se publicaron algunas de las cartas en las que hablaba de su vida espiritual, pude comprobar con sorpresa que en esas mismas fechas en que me crucé con ella, Madre Teresa estaba pasando por una espantosa noche interior. Entonces entendí que la verdadera alegría y la luz que más ilumina no dependen de las circunstancias externas, como solemos creer, sino del amor, que siempre está crucificado, que siempre duele (si es verdadero).

Párroco de San Martín de Porres

A11 TERESA

Visto 3100 veces Modificado por última vez en Martes, 06 Septiembre 2016 01:31

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