Viernes, 26 Septiembre 2014 00:00

Francisco Arévalo desenvaina su “poesía contra la indiferencia”

 
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Los autógrafos y fotógrafos: infaltables Los autógrafos y fotógrafos: infaltables Fotos Clavel Rangel

 

El poeta guayanés presentó, este viernes, sus dos últimos libros: Herida, o la claridad del deseo y Cerodosochoseis, ambos acuñados en la refinada imprenta de Bid & Co. Editores.
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De la vorágine entre amor y odio, del óxido entre hierro y agua, del desencuentro entre el arraigo y el forastero, de la idea de civilidad a la política con mirada monetaria… las ambivalencias son yesca para la poesía de Francisco Arévalo. O, se puede decir como equivalencia, esta ciudad, la Ciudad Guayana de sus desvelos, es yesca para su poesía.

Eso le ha dado para mucho, y anoche en la Sala de Arte Sidor, lo hizo de nuevo. No con un libro, sino con dos, ambos con el sello Bid & Co. Editores: Herida, o la claridad del deseo (2013) y, del horno a las librerías, Cerodosochoseis, de septiembre de este año.

Con la académica Diana Gámez a la izquierda, con su conterráneo y colega Alexis Romero a la derecha, y con un público que apocó las sillas dispuestas para el inicio de la velada en frente, la atención se centró, primero, en Herida…

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Alexis Romero y Diana Gámez presentaron los libros de Arévalo

Gámez, al micrófono, de entrada tildó a Arévalo como un “heredero fervoroso del amor cortés”, una reminiscencia de la Llama Doble de Octavio Paz y de la Europa del siglo XII: amor depurado, civilizado.

“Nuestro poeta cortés-guayanés de este milenio, desnuda para el lector la cronología de una intensa vida amatoria con un buen número de damas, y cada una simboliza la heterogénea complejidad de lo femenino. Su percepción vivencial del instante está en todos sus poemas, y si los leemos con atención es posible desentrañar al hombre en todas las etapas de su vida: desde su temprana juventud arrebatada por los descubrimientos de la carne, hasta el señor que supera las cinco décadas: que se detiene y disfruta con y en el deleite del encuentro con la mujer”, expuso.

En cita, y con palabras más o palabras menos, Alexis Romero justificó el oficio de la escritura en Ciudad Guayana apuntando que “con la poesía no se mejora la economía, pero no existe una sociedad que sin poesía viva civilizadamente”.

Y, de seguidas, para Romero, uno de esos personajes que ha permitido más civilidad como grano de arena es Francisco Arévalo, máxime en la cotidianidad guayanesa.
Porque, para Romero, “aquí somos nombrados. Aquí somos hundidos o aligerados para ser conservados. Su poesía (de Arévalo) es un magnífico y necesario apunte del/ sobre las emociones, sentimientos y afectos de un país, de una ciudad; de sectores, calles, casas, hogares, parejas, hombres y mujeres. La poesía contra la indiferencia”.

¿Y qué dijo Arévalo?
El escritor dijo mucho sobre la ciudad y, prefirió, muy poco sobre su poesía. Porque, la verdad, en esta Ciudad Guayana de sus desvelos “pasa todo y no pasa nada, y una de esas cosas es el arte, que hace más hermosa a una ciudad”. No queda otra: simplemente, leerlo y punto. A él y a esta ciudad.

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