Jueves, 25 Abril 2013 00:00

Adictos con licencia para volar

 
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El cine de catástrofes mueve fibras. Es uno de los más taquilleros y también uno de los que requieren un presupuesto más elevando. Un ejemplo directo es Titanic que, con una recaudación de casi 2 mil millones de dólares, es la segunda más taquillera de la historia del cine.

El caso es que las catástrofes encantan al público, quizás es esa mezcla entre drama y supervivencia final que casi siempre alegra, esa idea de que no importa cuán difícil sea todo, siempre habrá un final esperanzador. Pero la formula no necesariamente debe ser siempre la misma, y el veterano Robert Zemeckis lo sabe.

Tanto en la realidad como en la ficción, los accidentes aéreos ocurren, en su mayoría, por falla humana. Alguna lectura incorrecta, vacíos de información y defectos no detectados a tiempo son algunas de las causas. Y en el filme de Zemeckis, un piloto con problema de adicción a las drogas no iba a ser la excepción.

Durante los primeros 30 minutos de Flight (El Vuelo) vemos al capitán Whip Whitaker, interpretado por Denzel Washington, realizar una gran hazaña heroica a bordo del vuelo 227 con destino a Atlanta.

En medio de la turbulencia severa y con una falla en la cola del avión, el piloto decide voltear la aeronave para evitar que la misma se venga en picada. Sin una pista de aterrizaje cercana, Whitaker logra parar el avión en un campo. Con su hazaña, el capitán logró salvar a 96 de 102 personas. Un héroe, sí. Pero los exámenes toxicológicos pondrían en duda toda la maniobra.

Si algo tiene Zemeckis es experticia para desarrollar situaciones extremas sin descuidar los conflictos profundos del ser humano. El director ha sido responsable de grandes historias como la adaptación cinematográfica de Forrest Gump, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Regreso al futuro y El náufrago, La muerte le sienta bien, por nombrar a algunas.

Lo primero, para sostener el filme, es la interpretación de Denzel Washington, su Whip Whitaker tiene un pasado y un presente que lo obligan a afrontar el día a día con cocaína y alcohol. Para él, la salida más fácil.

El estupendo Denzel Washington debe lidiar con la ebriedad y la sobriedad del personaje, una especie de Doctor Jekyll y Mister Hyde que intentará convencer a quienes lo culpabilizan del siniestro, mientras que enfrenta una terrible recaída en sus adicciones.

Zemeckis imprime un buen ritmo al filme, sobre todo durante la espeluznante maniobra aérea, en donde los nervios y la expectación se apoderan del espectador. Una de las mejores escenas de accidentes aéreos jamás rodadas.

Luego, la misma expectación se alarga al presenciar las crisis de cada personaje, eso sí, el guión está lleno de altos y bajos, pero Zemeckis, ingeniosamente, sale airoso y espera hasta el último momento para solucionar el conflicto, y no queda otra opción que recordar las sabias palabras de Forrest Gump: “La vida es como una caja de bombones”.

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