Lunes, 07 Julio 2014 00:00

Upata sigue con el rumbo extraviado

 
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@pedrojsuarez

Alfred Hitchcock tenía por costumbre provocar fugaces apariciones de su persona en las películas que dirigía, de sus 53 filmaciones en 39 se deja ver cruzando una esquina, en la foto de un cartel, asomado a una ventana, subiendo a un autobús, confundido entre la multitud; de esos cameos, como se conoce este tipo de guiño que se hace el director en la creación de su obra y que en Hitchcock se convierten en su firma personal, no se ha podido certificar el de la película “El agente secreto”, quizá en homenaje o analogía al título de la obra.

Era tal la expectativa por las apariciones de Hitchcock que el director inglés hubo de reducirlas a los primeros rollos de la película para evitar que el espectador se distrajera de la historia que intentaba contar. Comprendió, el genio creador del cine de suspense, que no era aconsejable fijar la mirada en lo accesorio, y él lo era como argumento. Traigo este episodio del ingente anecdotario de Alfred para imaginar la lectura a una ciudad, en este caso Upata, donde escogemos un ángulo que nos coloca alejado del foco pero al que cada cierto tiempo nos asomamos como para comprobar que las ideas que levantamos en torno a ella se parecen a las historias que construye esa ciudad sobre sí misma.

Pero deseos, parafraseando, no hacen montaña ni preñan. Upata es ya una adusta dama de 252 años, y se toma su tiempo. Puede decirse de ella que nada la ruboriza, que las groserías pueden ir y venir en su presencia, que conoce de historia y que nadie le puede venir con cuentos.

Upata ha visto pasar los días, que contabilizan dos siglos y medio, y puede confiar el testimonio que como ciudad la única vez que fue testigo y protagonista de un dibujo coherente que le diera forma y sentido urbano fue aquel lejano 7 de julio de 1762 cuando sus primeros habitantes y fundadores la imaginaron a la manera de la clásica cuadrícula con la que los españoles construyeron sus Macondos a este lado del Atlántico. En adelante todo ha sido improvisación y el también clásico y postmoderno como vaya viniendo vamos viendo. La honrosa excepción a tan escéptica visión es la que adelantó el ingeniero Francisco Sucre Figarella quien al frente de la CVG impulsó, a mediados de la década de los años 80 del siglo pasado, un Plan Rector de Desarrollo que, no obstante algunas deficiencias en su concepción, es lo más cercano al sentido común y lo más alejado a la colcha de retazos que es la Upata de hoy. La tragedia de ese Plan Rector es que no se ejecutó, apenas dos o tres obras que, sin embargo, impactaron de forma positiva a la ciudad. Nombro una, la autopista San Félix-Upata. Otra más, la canalización de una parte del río Yocoima. El resto del Plan Rector se lo tragó la burocracia y de él solo queda el recuerdo. Más, se puede decir que es una leyenda urbana.

Ver la ciudad desde las esquinas puede ser divertido y de poco riesgo. Esto no acusa indiferencia, al contrario, descontamina la mirada y la extiende a un plano más crítico que amoroso. Así, advierte uno, la Upata descoyuntada que es hoy para nada es un accidente, obedece más bien a un premeditado desdén que en ocasiones se mezcla con ineptitud y, aquí sí, con una contumaz indiferencia disfrazada de ideología. En Upata nada es para mañana y el presente se resuelve en micrófonos de emisoras al compás de redundantes cotilleos que abruman por el ripio que desprenden.

No se discute la ciudad que aspiramos ni la que merecemos. La ciudad se diluye en la desesperanza. Pensarla como un organismo vivo que se dibuja el traje con el que puede mostrar su rostro más bonito es un asunto de ingenuos, de gente sin oficio. Vale más la peleita, el déjame ver si le pongo la mano a esta vaina. Lo otro son las urgencias del día a día, nada relevante. No hay altura de miras, mucho menos una idea que intente transformar. El concepto de ciudadano se trastocó, trágicamente, por el de votante. Los cálculos políticos abonan en la alcahuetería, y dejan a la ciudad como una pista de aterrizaje. Decepción.

Finalmente, pueden tomarlo como una excusa, pese a que uno observa a su ciudad como de pasadita, pese a que llega a sospechar que la palabra ciudad es como muy grande para someterse al escrutinio de un deseo, no puede más que suscribir las palabras de ese sabio del espacio que fue el escultor español Eduardo Chillida quien llegó a confesar que él era de los que pensaban que los hombres debían ser de algún sitio, que, “Lo ideal es que seamos de un lugar, que tengamos las raíces en un lugar, pero que nuestros brazos lleguen a todo el mundo”.

Yo soy, entonces, de Upata. Así, a secas, de Upata pero no puedo soslayar el hecho de que me gusta verla desde lejos e imaginar que donde crece el estropicio urbano y el desdén por su destino queda una autopista libre para soñarla más amable.

Escritor
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