Jueves, 19 Mayo 2016 00:00

Una guardia vecinal resguarda a La Churuata de los ladrones

 
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La inseguridad ha empeorado con el racionamiento eléctrico, sobre todo en las noches La inseguridad ha empeorado con el racionamiento eléctrico, sobre todo en las noches Foto William Urdaneta

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Algunos datos

 El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) anunció que de 70.000 presos en Venezuela, tan sólo el 30% tiene sentencia.

 El 68% de los detenidos el año pasado por homicidio y por robo son reincidentes.

 Por otro lado, según encuestas del OVV, recabadas desde el 2002 y hasta el 2012, solo un tercio de los venezolanos está en contra de los linchamientos.

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25 de marzo de 2014. Un guardia nacional separa cada metro de las carreras Roma y Milán que delimitan al Conjunto Residencial La Churuata. Son cientos los soldados que aterrizaron en los edificios para disuadir las protestas de los vecinos que -durante más de un mes- obstruyeron el tráfico y combatieron a cuanta tanqueta de la Guardia Nacional Bolivariana pasara por el lugar, ganándose la fama de los más aguerridos de La Salida en Ciudad Guayana.

12 de mayo de 2015. Tres hombres por poco son linchados por los vecinos cuando los descubren robando cauchos e intentando huir en un Chevrolet Corsa gris. Una multitud participa en la golpiza de la que solo se salvan por el clamor de unos residentes y la llegada de la Policía del estado Bolívar. Quedaron moribundos y son las cuartas víctimas de los afectados de la delincuencia.

Vivir en La Churuata es sinónimo de angustia, y no de ahora. Las consignas por seguridad y mejores condiciones están tan vivas como hace dos años cuando la protesta estalló en el corazón del conjunto residencial.

¿Qué pasó con los reclamos que desataron disturbios? “Ya me han querido robar el carro como veinte veces”, alerta un vecino que por temor solo se identificó como Jorge. Vive con sus cuatro hijos y para él los días pasan y la sensación de peligro no merma.

Jorge vigila constantemente su vehículo en el estacionamiento. Pero no es lo único que lo mantiene alerta: a sus hijos los han atracado en numerosas ocasiones dentro de la residencia; les despojaron de celulares, dinero en efectivo, entre otras pertenencias, y todos los robos fueron a punta de pistola.

Es un riesgo que incrementa con el racionamiento eléctrico. Cuando toca corte de luz en las horas nocturnas la angustia prevalece, pero también la vigilia. La oscuridad arropa los estacionamientos y da cancha abierta al hampa.

“De 4:00 a 8:00 de la noche y de 12:00 a 4:00 de la mañana, es lo peor”, se queja Jorge. A esas horas, dice, “hay que estar pendiente por si ve carros que no son de acá”.

¿Cuál Policía? 

Abril cerró como el mes más violento en lo que va de año en Ciudad Guayana, con 70 homicidios. Mientras que la fiscal general de Venezuela, Luisa Ortega Díaz, admite que el Estado tiene dificultades para reducir los homicidios, los ciudadanos parecen tener otras alternativas.

A no ser porque el pasado jueves llegó una patrulla, los vecinos planificaban quemar a los presuntos delincuentes. Es lo que el director del Observatorio Venezolano de Violencia, Roberto Briceño León, ha definido como “la pena de muerte, sólo que sin el proceso judicial legal y sin el tercero que la ejecute”.

     
  “Ya no provoca ni salir más nunca”, expresa Richardy Rondón con ira; tiene una niña pequeña.  
     

“Ellos (la Policía) siempre llegan después que agarran al malandro”, se queja Richardy Rondón, que no está de acuerdo con los linchamientos pero asegura que ante la ola de robos conocidos acuden a la violencia como forma de manifestar su enojo.

Varios de los detenidos, luego los ven a los pocos días merodeando. Es un rasgo de la criminalidad en Venezuela. En 2015 se registró un 96% de impunidad; año en el que también Ciudad Guayana subió al puesto número 11 entre las urbes más violentas del mundo, según el informe del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y Justicia Penal (Ccspjp).

Parte del caldo de cultivo, el que el sociólogo Alfredo Santillán ha descrito como “la ausencia-deficiencia del aparato estatal para imponer el orden jurídico-administrativo en zonas y/o poblaciones específicas”, reseñó Prodavinci.

Los residentes definen esta deficiencia como la ausencia de patrullajes por La Churuata y sus alrededores. Tan solo el viernes, un día después del intento de linchamiento, unos sujetos intentaron robarse un auto cerca de uno de los portones. Los maleantes escaparon una vez que los vecinos advirtieron con gritos y pitos desde cada una de las torres.

Todas estas escenas se han traducido en un “toque de queda que los priva de libertad” después de las 5:00 de la tarde cuando comienza el apuro por encerrarse, según palabras de Rondón. Y también hay que andar pilas por los niños. Solo se quedan los más valientes. “Ya no provoca ni salir más nunca”, remata con ira. Tiene una niña pequeña.

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Los ladrones rondan las noches en búsqueda de cauchos y baterías. Los vecinos tratan de hacer una vida normal

Un tormento 

En La Churuata no hay vigilancia desde hace tiempo. Una semana después del último episodio de violencia han reactivado los portones eléctricos que estaban dañados. Algunos señalan a la falta de compromiso de los mismos residentes, otros alegan que los vigilantes tenían tratos con los delincuentes.

     
  “No sé cómo explicarlo, es realmente un tormento vivir así”, dice Pedro Barrientos, cuya mayor preocupación es su familia.  
     

“Esto es algo de todos los días (…) es realmente un tormento vivir así”, describe Pedro Barrientos, propietario de un apartamento de planta baja. Ha corrido con suerte. Jamás lo han atracado en la residencia, pero a su familia sí y numerosas veces. Cuando cortan la luz de 4:00 de la tarde a 8:00 de la noche empieza la vigilia para él. La Churuata, con las luces apagadas, es un “centro de atracción para los delincuentes”.

En cualquier parte se está indefenso: “Hay que vivir encuartelado, como dicen. Y con el problema de la luz ahora estamos peor”.

“No estoy de acuerdo que la gente tome la justicia por sus propias manos, gracias a Dios no los mataron, pero la gente está así”, comenta Desiré Solórzano, afligida ante la situación. Tiene más de veinte años viviendo en La Churuata, y destaca el cansancio de sus vecinos, y de ella misma.

     
 

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Estas situaciones, insiste, no son nuevas. En varias oportunidades han sorprendido a jóvenes robando en los estacionamientos. El botín: cauchos y baterías.

Estrategias de supervivencia

De las 9 torres, algunas han tomado iniciativas. Los afectados intentan ser sus propios guardianes, una especie de guachimanes comunales dotados de pitos y códigos que hacen sonar cuando algo pasa. Cooperan entre ellos para alertar de posibles robos nocturnos, siempre que pueden.

Un vecino de la torre 2 forma parte de los turnos de vigilancia en la azotea de su edificio. Algunos se quedan gran parte de la noche, pendientes para alertar al colectivo.

Marilú Reimber atribuye el inicio de este tipo de vigilias a las protestas del 2014 cuando el desvelo era un estilo de vida. “Son los mismos vecinos los que se resguardan unos a otros”, define.

En las torres 4 y 5 es usual el uso de silbatos para alarmar ante cualquier eventualidad. Los que vigilan desde las ventanas avisan al resto y multiplican la alerta, o notificar a otro vecino de que está siendo cuidado.

Ante las medidas, se expresa resignado un viejo residente: “La gente lo hace porque estamos cansados de la inseguridad”.

18 de mayo de 2016. Cae la noche y comienza el racionamiento eléctrico. Son las 8:00 de la noche y Lucía no sabe si subir los 11 pisos a oscuras o esperar que pase el corte con su hija. De pronto escucha un silbato, es un vecino en la azotea y también la seña de que puede estar tranquila.

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