Sábado, 23 Agosto 2014 00:00

50 años de la tragedia de La Llovizna

 
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Giuseppe Cultrera, trabajador de Sidor, esposo de una de las víctimas y único sobreviviente de la tragedia, recuerda que el peso de más de 50 personas hizo que se rompiera una de las guayas del puente Giuseppe Cultrera, trabajador de Sidor, esposo de una de las víctimas y único sobreviviente de la tragedia, recuerda que el peso de más de 50 personas hizo que se rompiera una de las guayas del puente Foto cortesía Evelio Lucero

El Parque La Llovizna une, como el encuentro del Caroní y del Orinoco, la espectacularidad de la naturaleza y el dolor por una tragedia. Asombrados por las caídas majestuosas del río, ese 23 de agosto de 1964, excedieron el peso que el puente colgante podía resistir. Nunca hubo un parte oficial de los más de 30 maestros y de algunos de sus familiares que cayeron a las aguas.

Los cronistas Homero Hernández, de San Félix, y Américo Fernández, de Ciudad Bolívar y corresponsal de El Nacional para entonces, retratan, de la mano de Evelio Lucero reportero gráfico de los Bomberos de Caracas, esa mañana que enlutó a la naciente urbe guayacitana.

Giuseppe Cultrera recuerda ese día como el cumpleaños de su hija y como la fecha en que perdió a su esposa. “Pensé: Que sea lo que Dios quiera y comencé a nadar, pero enseguida me agarró un remolino. Me llevó hondo y los muertos me chocaban. Me soltó, pude respirar como tres veces y me agarró otro remolino más profundo”.

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“Nunca se me olvidará lo que pasó. Aún lo recuerdo como si fuera ayer… la ruina de mi vida por culpa de la estupidez humana”, lamenta Giuseppe Cultrera. Aunque la entrevista se hace vía telefónica, se aprecia en la voz del hombre, ahora con 78 años, una mezcla de tristeza y rabia por lo ocurrido la mañana de aquel domingo… de aquel 23 de agosto de 1964.

Ese día, hace 50 años, Giuseppe acompañó a su esposa, Ana Cecilia Cultrera Mauri, al Parque La Llovizna. Ella era maestra en el Colegio Nazaret y participaba en calidad de Delegada de Mejoramiento Ministerial en la XIX Convención de Maestros, realizada esa semana en Ciudad Guayana y que finalizaría con la visita al parque.

“Con nosotros iba Irene Fernández, sobrina del (entonces) presidente Raúl Leoni y madrina de mi hijo… ese día mi hija cumplía un año. Paré mi carro cerca del puente y vi al vigilante que Sidor prestó para que dejara pasar a grupos de no más de 10 personas al puente, que era como una hamaca”, agrega.

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Las aguas del río Caroní lucen más tranquilas luego de la edificación de la represa Macagua / Foto William Urdaneta

Les tocó el turno de pasar para ver el Salto La Llovizna, que estaba en su máximo esplendor porque en esa época del año tenía el máximo caudal. Él, su esposa -de apenas 23 años- y su comadre estuvieron unos 20 minutos en el puente. La magnífica vista fue interrumpida por el vigilante que se acercó al grupo para pedir que salieran.

“Avanzamos. Ya faltaban como tres metros para salir, la gente se paró… me puse nervioso porque sabía que era peligroso. Mi esposa e Irene iban agarradas de brazo. Yo era el último del grupo, pero giré y vi que el puente se había llenado de maestros (…) pudieron tener las laureas más grandes del mundo, pero se comportaron como estúpidos”, reprocha Giuseppe.

La tragedia

El entonces jefe de Almacén General de Importaciones de Repuestos de la recién creada Sidor se aferró con su mano derecha a una de las cuatro guayas que sostenía al puente de madera. Lo siguiente que escuchó fue ruido indescriptible. En fracciones de segundos, Giuseppe estaba en el agua. Seguía agarrado del cable y la corriente lo movía de un lado a otro.

“La guaya se reventó por el exceso de peso… ignoraron la advertencia que les habían dado minutos antes y por esa estupidez arruinaron la vida de 43 personas y sus familias”, interrumpe el relato para luego, con molestia, continuar la historia de aquel domingo en el que perdió a su esposa y a la madrina de su hijo mayor.

Aferrado a una de las barras de hierro que sostenía el piso de madera, Giuseppe pensó en el destino que le esperaba si no hacía algo para salvar su vida. El filo metálico que lo salvaba por el momento también estaba dejando expuesto el hueso del dedo meñique derecho. Se soltó… confió en su experiencia como nadador, pidió a Dios y se entregó al Caroní.

“Pensé: Que sea lo que Dios quiera y comencé a nadar, pero enseguida me agarró un remolino. Me llevó hondo y los muertos me chocaban. Me soltó, pude respirar como tres veces y me agarró otro remolino más profundo… los muertos seguían por todos lados… salí en el medio del río, donde se unen los tres saltos y me agarró un tercer remolino”, recuerda.

A la par de su lucha, el joven de 28 años cayó en cuenta que su señora también estaba en el puente y que de haber caído al río no iba a poder aguantar lo que él estaba aguantando. Nadó como nunca lo había hecho, sabía que debía salvar su vida para sacar adelante a sus dos pequeños. Salió a la superficie. No había más remolinos… pero el agua comenzaba a desaparecer.

Sigue la lucha

“Era el salto que está cerca de donde hoy está el Hotel Venetur. Sabía que no sobreviviría si caía por ahí… comencé a nadar como perro porque ya los brazos no me daban para más. Cuando ya estaba cerca de la cascada, me pude agarrar de un árbol que estaba en medio del río… y me comenzaron a morder las pirañas”, cuenta el único que ese día cayó al Caroní y sobrevivió.

El ataque hizo que Giuseppe pensara en cómo llegar a la orilla. Con cuidado, para no ser llevado por la corriente, se puso de espaldas al tronco y con una de sus piernas se impulsó hasta la orilla… a unos tres metros. Logró alcanzar una piedra y allí, ya a salvo, quedó inconsciente por varios minutos. Al despertar descubrió un nuevo desafío.

“Al despertar vi que la única salida era por un barranco de piedra y tierra que tenía como cuatro metros de altura. Fallé dos veces y a la tercera logré subir y caí sobre una laja que estaba al lado de una carretera de tierra. Ahí volví a quedar sin sentido, hasta que dos hombres en una lancha pasaron por ahí, me rescataron y me llevaron al hospital de San Félix”, relata.

Los doctores atendieron al mal herido joven y lo hospitalizaron. Su único pensamiento era el destino de Ana Cecilia. Su familia, para no empeorar su estado, le decía que ella e Irene habían sido localizadas con vida, en una isla cercana y que estaban coordinando el rescate. Sin embargo, él sabía que ella no sabía nadar y sospechó del engaño.

“A la mañana siguiente me escapé con un compadre al Hospital de Ferrominera. Al llegar me hicieron pasar a ver el cadáver de mi señora… el primero que encontraron, a las 6:15 de la mañana del 24 de agosto. Me dijo: Su señora no ha sufrido. Cuando cayó, perdió el sentido al golpear la frente contra una piedra y murió por falta de oxígeno, no tragó agua”, recuerda las palabras de una doctora.

Mismo dolor

Hoy, 50 años después, Giuseppe recuerda con amargura ese 23 de agosto y repite una y otra vez que “la estupidez humana causó la tragedia más grande de mi vida. Tuve que salir adelante con mis dos muchachos, me fui a casa de mi suegra y pasé miles de cosas… hasta que conseguí a una muchacha con la que rehíce mi vida y tuve tres hijas más”.

Ya cercano al fin de la entrevista agrega que a raíz de ese día “La Llovizna está en llanto perenne… La Llovizna aún llora esa desgracia”. Luego revela que los siguientes ocho años estuvo buscando al vigilante que se les acercó para pedirles que salieran del puente… solo quería saber quién le ordenó abandonar su puesto.

“Él se fue de Sidor a los días y luego, ocho años después, me lo encontré como enfermero en el seguro social en Matanzas. No le quería hacer daño… sólo preguntarle quién lo había quitado de su sitio, se puso pálido y me dijo que llevaría algo a un doctor y se me perdió. Hasta hoy esa inquietud me atormenta… aunque tengo mis sospechas”, lamenta Giuseppe.

Al preguntarle sobre qué creía había ocurrido, respondió: “Ahí estaba Prieto Figueroa (entonces presidente del Congreso Nacional) y unos hala bolas que se pusieron a entrevistarlo en la boca del puente, porque él era candidato a la presidencia. Eso, más la estupidez de los que ignoraron la advertencia y abarrotaron el puente causaron el desastre”.
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La Ciudad Guayana de 1964

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En una entrevista publicada el 27 de junio de 2011 en Correo del Caroní, Rafael Mendoza Olavarría, artífice del Parque La Llovizna, recordó que a raíz de la tragedia el parque fue cerrado por dos años y debió pelear “con medio mundo” para que volviera a abrir sus puertas al público

Homero Hernández, quien hoy en día es cronista popular de San Félix, tenía 14 años de edad cuando ocurrió la tragedia de La Llovizna.

“Entre lunes y viernes se realizó en Ciudad Guayana una Convención de Maestros”, rememora Hernández: “Vinieron educadores de todas partes de Venezuela. El Distrito Caroní tenía apenas tres años de creado y el primer Concejo Municipal apenas tenía 8 meses de instalado (…) no había cuerpo de bomberos, ni grupos de rescates, escasos teléfonos”.

Agrega que esa mañana, hace 50 años, los educadores fueron buscados por dos autobuses de Transportes Transervices -que le prestaban servicios a la también recién creada Sidor- en el Hotel Cunucunuma, donde estaba la sede de la CVG y hoy en día conocido como Hotel Dos Ríos. La primera parada fue un desayuno en el Campamento Caroní, lo que hoy es Macagua.

“Luego fueron al Salto La Llovizna y pasó la tragedia. Al grupo lo acompañaba un bombero y un vigilante de Sidor, a quienes ignoraron cuando les dijeron que no podían pasar en grandes grupos al puente de madera. El peso hizo que una guaya se rompiera y cayeron al río, falleciendo 34 educadores”, dice el cronista.

Tal fue la magnitud de lo ocurrido que a Ciudad Guayana debieron trasladarse comisiones de los Bomberos de Caracas, de Ciudad Bolívar y de Maturín, estado Monagas, para prestar apoyo en las labores de rescate. El centro de operaciones fue la recién inaugurada Escuela Técnica de San Félix, donde se apostaron los radioaficionados para divulgar la noticia.

Haciendo una parada en el relato, Homero recuerda que la foto del puente caído, emblemática de la tragedia más grande de Ciudad Guayana, fue tomada por Evelio Lucero, quien vino a la ciudad como fotógrafo del Cuerpo de Bomberos de Caracas. Años después, el bombero regresó como fotógrafo y aún vive en Caroní.

“Fue una tragedia grande para Ciudad Guayana. Fue investigada a nivel del Congreso Nacional y se dictaminó que fue por imprudencia de los maestros, que atraídos por lo bello del parque y lo caudaloso del río Caroní intentaron pasar el puente al mismo tiempo y éste sucumbió por el peso. Nunca hubo un parte oficial”, prosigue el cronista popular.

Un punto en común en las historias del cronista y el sobreviviente es la presencia de Luis Beltrán Prieto Figueroa, presidente del Congreso Nacional, a pocos metros del puente, siendo entrevistado por periodistas nacionales; sin que esto dé por sentado que ese momento causó la desgracia… pero sí mostrando su posible influencia en lo ocurrido.

“Muchos cadáveres fueron rescatados por Los Castillos de Guayana (…) hubo pocas víctimas de Guayana”, precisa para luego revelar que la placa conmemorativa al suceso, colocada por la Federación Venezolana de Maestros al año siguiente, actualmente está en la iglesia de Las Ruinas del Caroní… un sitio sin relación alguna con ese 23 de agosto.

A raíz del evento, el Parque La Llovizna estuvo cerrado por dos años, mientras el Congreso Nacional interpelaba a todos los testigos, sobrevivientes y revisaba los informes presentados por los organismos actuantes. Este período fue un período de luchas incesantes para Rafael Mendoza Olavarría, el creador del principal parque de Ciudad Guayana.

“Las investigaciones hechas por la Policía Técnica Judicial (PTJ) concluyeron que el parque fue responsable de la desgracia y lo que llevó a su cierre por dos años. Para 1966, después de interminables viajes, conversaciones y pelear con medio mundo, logré que reabriera sus puertas al público”, afirmó Rafael en una entrevista publicada por Correo del Caroní el 27 de junio de 2011.

En el texto, el artífice de este espacio natural dentro de una ciudad industrial aseguró que su lucha fue para no dejar que un gran esfuerzo “fuera empañado por un hecho que no fue responsabilidad del parque, sino resultado de lo emocionante del momento de encontrarse con el salto. La solución era hacer cambios para la seguridad del visitante”.

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