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Miércoles, 02 Julio 2014 00:00

El Puerto de Tablas contado por sus protagonistas

 
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El pueblo que según el hermano Nectario de María, investigador de Guyana, fue fundado por la Orden Religiosa de Padres Misioneros Capuchinos Catalanes, entre 1770-1771, era uno de los principales puertos de comercio del país. El pueblo que según el hermano Nectario de María, investigador de Guyana, fue fundado por la Orden Religiosa de Padres Misioneros Capuchinos Catalanes, entre 1770-1771, era uno de los principales puertos de comercio del país.

Sonríe, y en esa simple manifestación de felicidad, deja escapar un suspiro. Cierra los ojos con suavidad y, mientras los parpados caen, la sonrisa se va inclinando paulatinamente al lado derecho de su cara. No lo puede evitar. Al abrir de nuevo los ojos, Elvira Mata, pionera de Ciudad Guayana, ya no está en el 2011: su mente la ha llevado 50 años atrás.

Con los ojos perdidos en la profundidad, divisa memorias que sólo quienes vivieron esa época pueden evocar. Mata da unos cuantos pasos, y el soplido del viento la detiene en los bancos de la iglesia Inmaculada, en San Félix. Ahí su recuerdo es más sobrio. Mira la Plaza Bolívar y la nostalgia la invade.

“¿Orinokia? Jajajajaja ¡Qué va! El centro de reunión aquí era la plaza (Bolívar), pero no era lo que es ahora. Era una placita pequeña, pero había de todo. Retretas los domingos. Los muchachos iban a jugar, patinar y compartir. Tenía matas de las que llaman mamón y había una pereza que tenía años en esas matas. Se la pasaba de arriba abajo. Todos se sentaban y entonces ella bajaba. Todos gritaban: ‘¡Qué bella la pereza. Yo quiero esa pereza, mamá!’ La pereza bajaba y los niños le sobaban la cabeza. Eran tiempos lindos”.

Observa cada esquina que rodea la Plaza Bolívar como si estuviera divisando comercios, casas, locales y carros de hace más de 50 años. De pronto detiene la mirada, sonríe de nuevo y señala el malecón. Ese mismo lugar, en los años 60, era el centro del comercio en la ciudad.

Sobre la misma área, en donde ahora se eleva la Concha Acústica de San Félix, estaban edificados decenas de locales. Detrás de ellos sólo estaba la orilla del río y, en ella, una mata de ceiba en la que se amarraban las pequeñas embarcaciones que cargaban y desembarcaban personas con dirección a las islas Fajardo, Providencia, Teodoro, entre otros islotes adyacentes al puerto.

El pueblo que según el hermano Nectario de María, investigador de Guyana, fue fundado por la Orden Religiosa de Padres Misioneros Capuchinos Catalanes, entre 1770-1771, era uno de los principales puertos de comercio del país.

Por esto, poco a poco fue conocido a nivel nacional como el Puerto de Tablas. Nombre que se oficializa, según Alcides Pereira Laguna, estudioso de los antecedentes guyaneses, en 1841, cuando se eleva a parroquia civil. Sin embargo, para 1888, por presión del clero, la localidad recupera el nombre de San Félix.

El punto de encuentro
Ya sea como Puerto de Tablas o como San Félix, este sector creció y se caracterizó como uno de los principales centros de comercios regionales, nacionales e internacionales. A nivel local, todos los negocios se concentraban allí.

“Esta era una zona comercial, a las 11:00 de la mañana tú podías ver esa gran cantidad de gente. Ahí estaban las líneas de carros y las líneas de curiaras. Si querías ir a (Ciudad) Bolívar tenías que ir para allá, en la calle Orinoco, a tomar el carro. Ahí estaba concentrada toda la ciudad”, destaca, señalando los diversos lugares en sus tantas fotos, Homero Hernández, historiador de la ciudad.

Él era tan solo un chiquillo cuando San Félix estaba en su apogeo. Aún así, conserva intacto cada recuerdo de los espacios emblemáticos de aquel Puerto de Tablas. Su juventud no la consagró en los grandes centros comerciales que ofrece ahora la ciudad; al contrario, nunca conoció mayor diversión que la que le brindaban los espacios abiertos.

“Allí donde es el semáforo de la terminal se encontraban unos balnearios. Eran unas pozas grandísimas y unos manantiales de agua cristalina. Esos eran los balnearios de nosotros los chamos, pues. Nosotros íbamos allá a bañarnos. Esa era una gran diversión; eso, y venirnos de allá caminando mojados, comiendo mango. Toda San Félix estaba llena de grandes mangares”.

Aunque este balneario desaparece en los años 70 cuando construyeron la UD-102, Hernández siente que el recuerdo es de ayer. Sus papilas gustativas casi pueden saborear aquella fruta deleitada en la inocencia de la niñez. De pronto, lo piensa mejor, el sabor que recuerda no es de aquellos mangos, sino de las arepas que, en su adolescencia, degustaba en la tan reconocida arepera Las Cuatro Esquinas.

“En la esquina de la calle Ramírez y Sucre, en ese cruce, de la calle 4 con la carrera 4, se encontraba una gran arepera que la llamaban Las Cuatro Esquinas. Era muy famosa. Ahí tú te comías una arepa que te costaba real y medio o un bolívar. Era más que una arepera; era un sitio de referencia. Al salir decíamos: ‘Nos vemos en La Cuatro Esquinas’. Ahí también estaba otra arepera que se llamaba El Mesón. Una quedaba al frente de la otra. Eran sitios de referencia”.

En aquella época el local se llenaba hasta más no poder. Ahí comenzaba y terminaba la rumba. En esos locales se concentraban los jóvenes para salir a la fiesta de la noche. Luego, al terminar, regresaban para comer una buena arepa antes de retornar a sus casas.

Sólo negocios
Los adultos también tenían su punto de encuentro. Los grandes negociantes y empresarios de la zona se reunían en el reconocido Club Palvert, un establecimiento que se encontraba al lado de lo que actualmente es el Palacio Municipal, que para la época se llamaba Concejo Municipal.

“Ahí no iban muchachos. Se reunían sólo los mayores a hacer negocios. Gente de alta categoría como hoy se ve en el (centro comercial) Babilonia. Como quien dice, la chusma íbamos para Las Cuatro Esquinas o si no, nos íbamos los domingos o los sábados en la noche al Club Taití en donde había bingo bailable. La gente iba, jugaba su bingo y bailaba”.

La celebración de la Inmaculada
La Plaza Bolívar era una simple redoma adornada con la extensa vegetación que se alzaba entre sus esquinas. En su interior se encontraba la iglesia, una sencilla construcción de bajareque, pero en ella se concentraron los mejores momentos de la población, principalmente la mañana de los domingos que comenzaban con la asistencia en familia a la misa, que oficiaba monseñor Francisco Javier Zabaleta.

Luego, la tarde transcurría en la búsqueda de los patines de cuatro ruedas de hierro, característicos de la época, que jóvenes y adultos solían utilizar en las noches de paseo por la plaza. De éstos, Rogelio Arriaza se acuerda muy bien. Para ese tiempo no tenía más de 12 años, y con dificultad recuerda aquellos momentos.

“En aquella época la inocencia todavía se podía ver en los niños. Me acuerdo, claro, del 8 de diciembre. Ese día celebrábamos el día de la Inmaculada Concepción. En la iglesia se hacían bautizos, comuniones y todo eso, todo el día. Nosotros nunca entrábamos, pero siempre esperábamos afuera. Al salir siempre lanzaban monedas. Una vieja costumbre de lanzar la mariquita. Eso era dinero en sencillo que lanzaban los padrinos al salir de la iglesia. Qué tiempos. En la plaza se colocaban juegos tradicionales. Todos pasábamos el día en la plaza jugando y esperando a que lanzaran la mariquita”.

Si los juegos tradicionales no los divertían, los más grandes tenían su propia recreación. Entre éstos, sin duda, destaca el volteo. Un juego de osados que se desarrollaba colocando monedas en el piso y tratando de voltearlas con una piedra. El que cumplía el cometido no solo se quedaba con el botín girado, sino que se le concedía otro turno para intentarlo con otra moneda.

La mayoría de las niñas y los más pequeños observaban con entusiasmo la dinámica mientras comían helados o patinaban en la plaza. María Antonieta Granadillo era una de esas niñas. Sus 8 de diciembre familiares comenzaban con la misa de monseñor Zabaleta. Acto seguido, sin perder tiempo, realizaba junto con su padre una visita indiscutida a la heladería Barbera, uno de los locales más recodados por los infantes de la época.

Después de las golosinas, participaba en la competencia de los juegos tradicionales que se realizaban en la Plaza Bolívar: trompo, metras, palo engrasado, competencia de sacos. Todos apoyados y efectuados por los miembros de la comunidad.

Esta época, sin duda, evoca recuerdos en los verdaderos personajes de San Félix. Estos no son otros que los niños, jóvenes y adultos que hicieron del Puerto de Tablas, la memoria histórica de Ciudad Guayan. Los mismos que hoy, al pasar por las esquinas de la urbe en donde se añejan sus recuerdos, ven con nostalgia el rumbo de la ciudad que los vio desarrollarse. San Félix fue, es y será, según sus protagonistas, sonrisa, vida y alegría.

Publicado en la edición aniversaria de Correo del Caroní del 27 dejunio de 2011.

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