Sábado, 06 Mayo 2017 00:00

200 años de la degollina de los frailes capuchinos en Caruachi

 
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El primero de los misioneros en caer fue el padre Marino de Parafita, fundador de la Misión de Nuestra Señora de Tumeremo El primero de los misioneros en caer fue el padre Marino de Parafita, fundador de la Misión de Nuestra Señora de Tumeremo Fotos Archivo

Este acto, considerado uno de los más atroces e innecesario dentro del proceso de emancipación, aún carece de causas esclarecidas, sin dejar a un lado las leyendas que se entretejen alrededor de las Misiones del Caroní.

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Veinte frailes capuchinos y dos legos presos en el templo de San Ramón de Caruachi, al poniente de Upata, fueron degollados sobre una laja, quemados y lanzados al río Caroní. Con este hecho tan sanguinario como innecesario, quedaron liquidadas en Guayana las Misiones del Caroní durante más de una centuria y se propagó la leyenda del tesoro fraileño.

A partir de 1817 que entró en Guayana el ejército patriota para restablecer la República, todos los pueblos misioneros tomados por las armas quedaron sin sus frailes protectores porque unos, la mayoría, resultaron presos y el resto se alejó de la persecución. Los presos fueron veinte religiosos y dos legos, todos trasladados y encerrados en el templo de San Ramón de Caruachi, por considerar los patriotas que siempre estuvieron al lado de los realistas, eran sus principales proveedores y ejercían gran influencia sobre los puntos poblados más importantes del territorio.

 

ToPICOS2Las misiones de los frailes capuchinos se dispusieron en la margen sur del río Caroní, cerca de su unión con el Orinoco

 

Pero cuando se creía que los misioneros no pasarían de ser meros presos políticos a los que finalmente se castigarían poniéndolos de vuelta a España, aparecen degollados en masa sobre una laja cercana al pueblo de la Misión de San Ramón de Caruachi.

La degollina ocurrida el 7 de mayo de 1817, justamente al mes de los sucesos de la Casa Fuerte de Barcelona (7 de abril de 1817), ha sido considerada como venganza por lo que los realistas hicieron allí asesinando a ancianos, mujeres, niños y enfermos que en ese lugar se refugiaban. Venganza o por lo que fuere, lo cierto es que ha sido siempre condenado por la conciencia pública como un hecho tan sanguinario como innecesario, indigno de la causa republicana.

Relatan las crónicas que el primero de los misioneros en caer con la cabeza cercenada fue el padre Marino de Parafita, fundador de la Misión de Nuestra Señora de Tumeremo, seguido de José Antonio de Barcelona, encargado de la misión de Santa Clara de Yavaragana; Diego de Palúa, de la iglesia Purísima Concepción de Caroní; Matías de Tibias, San Félix; Jerónimo de Badalona, Santa María de Yacuario; Luis de Cardedén, San Isidro de Barceloneta o La Paragua; Josef de Valls, San Francisco de Altagracia; Celso de Reus, Nuestra Señora de los Dolores de Puedpa; Ramón de Villanueva, Divina Pastora del Yuruary; Miguel del Getru, Santa Elulalia de Merecuri; Ildefonso de Matero, San José de Leonisa de Ayma; Fidel de Hospitales, Nuestra Señora del Rosario de Guasipati; Joaquín de San Vicente de Llavanera, Barceloneta; Esteben de Sabadell, San Ramón de Caruachi; Angel de Barcelona, San Antonio de Upata; Valentín de Tortosa, Upata, y Honorio de Barcelona, Santa Magdalenena de Currucay, más los enfermeros Antonio de Say y Marian de Triana. Uno a uno dice que a la luz del día cayeron decapitados sobre la piedra caliente de Caruachi, incinerados luego y lanzados finalmente al río.

¿Cómo se llegó hasta este hecho realmente monstruoso? ¿Por orden de quién se ejecutó y hasta dónde la responsabilidad del padre José Félix Blanco, administrador de las misiones, y del coronel Jacinto Lara, quien un día antes del funesto suceso había sustituido al oficial piarista, capitán Juan Camero, del mando militar de las misiones? 

¿Y todavía viven esos Cartujos?

El historiador Bartolomé Tavera Acosta, en sus Anales de Guayana, dice que Bolívar, llamado por Piar, había llegado a Guayana el 2 de mayo de 1817 y que Piar lo hizo reconocer por sus tropas como jefe supremo del Ejército. Al siguiente día marcharon juntos al Caroní y el día 5, el presbítero José Félix Blanco, nombrado por Piar comisario general de las misiones desde febrero, sugirió la conveniencia de internar a los frailes que se hallaban detenidos en Caruachi en poblaciones situadas más al sur.

 

Cuando del cuartel general ordenaron al comandante Jacinto Lara que “pasaran a los misioneros para el otro lado (del Caroní)”, el oficial entendió que era para el otro lado, el de la muerte.barra ama650

 

Ese mismo día, al saber Bolívar que estaban detenidos desde hacía tres meses, exclamó: “¿Y todavía viven esos Cartujos?”. El día 6 Bolívar dispuso, por órgano del estado mayor, marchasen el teniente coronel Jacinto Lara y el capitán Juan de Dios Monzón a hacerse cargo de la Compañía del Ejército de Piar que había en el pueblo de Caruachi y de los frailes detenidos allí desde febrero. El capitán Juan Camero, jefe de la guarnición, resignó el mando, entregó los religiosos y se dirigió a incorporarse al cuartel general. El 7 fueron conducidos los frailes a la orilla del Caroní y allí se les fusiló. Al llegar a Upata la noticia de este acto, Piar lo censuró sin ambages.  

¿Obra de unos locos de la tropa?

Que la hecatombe de Caruachi fue la obra de unos locos de la tropa, es lo que se desprende de este diálogo que, según, el padre José Félix Blanco sostuvo con el Libertador una hora antes de enterarse del cruento episodio:

- Bolívar: Y bien, amigo mío, ¿qué hacemos con esos padres que el general Piar ha recogido en Caruachi para cuidados y tormentos? Yo deseo mantenerlos en un lugar seguro, en donde ni ellos influyan mal en los indios, ni estén expuestos a insultos y vejaciones de tantos locos que hay en nuestras tropas: que permanezcan allí hasta que ocupado el Orinoco por nosotros, como lo será pronto por el almirante Brión, podemos echarlos fuera y que se vayan con Dios. ¿Tiene usted dónde ponerlos entretanto? 

- Padre Blanco: Sí, señor: los haré conducir a las misiones de Tupuquén y Tumeremo, que son las últimas del Distrito del Este, y en ellos estarán vigilados hasta nueva orden de usted. 

- Bolívar: Pues bien, de usted las órdenes competentes para que todo se haga.

Contó después el padre Blanco que una hora después de ese diálogo, precisamente cuando hacía los arreglos para marcharse con los frailes, se le presentó un edecán llamándolo con urgencia para que se presentara ante el Libertador y al hacerlo, este exclamó: “¿No se lo decía yo a usted hace rato, que temía de los locos del Ejército? Acabo de saber que han asesinado a los frailes de Caruachi, a la luz del día”.

Secuela del turbión de la guerra 

En su libro Orinoco, río de libertad, el escritor colombiano Rafael Gómez Picón, al referirse al hecho, expresa que lamentablemente fue parte del turbión de la guerra. No estaba la época ni para conservar prisioneros de tan evidente peligrosidad ni para entrar a discutir con la calma debida la suerte que debieran correr. Además que estaba muy fresca la feroz degollina de patriotas en la Casa Fuerte de Barcelona, ocurrida pocos días antes, en la que no sólo perecieron sus 700 defensores sino más de un millar de personas que se habían refugiado allí, sin excluir mujeres, niños y ancianos.

Por otra parte, la tenebrosa presencia de Morillo y la fama de que tan justamente estaba rodeado, como verdugo insaciable de los patriotas de la Nueva Granada, acrecentaron la exacerbación.        

Incidente aborrecible 

En el primer volumen de su libro Upata, el escritor y diplomático Carlos Rodríguez Jiménez califica la acción de armas contra los indefensos misioneros, como “acción lamentable, de una innecesaria crueldad de las muchas cometidas antes y después de ese día por patriotas y realistas. El caso de los misioneros capuchinos concentrados en Caruachi es uno de los tantos incidentes que hacen aborrecibles las guerras y claman por el reinado de la justicia y la concordia”.

Jacinto Lara, virtual responsable 

Al historiador Manuel Alfredo Rodríguez no le cabe duda de que los misioneros capuchinos recluidos por los patriotas en el templo de Caruachi, recibieron una muerte cruel y que la responsabilidad del degüello colectivo recae en el teniente coronel Jacinto Lara y el capitán Juan de Dios Monzón, quienes por disposición del cuartel general reemplazaron el 6 de mayo al oficial piarista Capitán Juan Camero en el mando militar y político de Caruachi.

En su libro Bolívar en Guayana, Rodríguez señala que los religiosos  fueron ejecutados a orillas del Caroní por la guarnición de indios armada para el caso con sables y lanzas. Posteriormente se incineraron los cadáveres y los restos calcinados fueron echados al río.

El tesoro de los frailes 

 

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A partir de este suceso cruento no esclarecido objetivamente por los historiadores, las Misiones del Caroní quedaron liquidadas durante más de una centuria y a lo largo de ese tiempo y todavía se hacen en torno de ellas las más variadas especulaciones. Una de ellas se refiere al tesoro de los frailes que Rómulo Gallegos menciona  en su novela Canaima.

José Tiburcio Rivas, patrón costanero del Caroní, fondeado en Cuaruachi desde el año 39, conocía versiones de la leyenda escapada de la historia y esto fue lo que él me dijo cuando en compañía del doctor Eduardo Jhan, lo indagué al respecto:

- Lo que yo he oído repetidas veces de mis ascendientes transmitidos de boca en boca desde el siglo diecinueve es que en torno a la muerte de los frailes hubo una confusión de términos. Cuando del cuartel general ordenaron al comandante Jacinto Lara que “pasaran a los misioneros para el otro lado (del Caroní)”, el oficial entendió que era para el “otro lado”, el de la muerte.

En cuanto al tesoro tengo entendido que era de 21 millones de pesos en lingotes de oroy el cual estaba oculto en un sitio que hasta ahora sigue siendo un secreto que guardan muy bien en su tumba el río los capuchinos degollados.

El punto de referencia al parecer es la iglesia, pero tengo entendido que el documento estuvo en poder de Tomás Funes, el terror de Río Negro, quien lo dejó antes de ser pasado por las armas en Río Negro, en manos de Antonio Levanti, un corso chalanero con el cual tuvo sus mejores negocios.

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Hasta ahora no existe alguna justificación histórica sobre este hecho de barbarie de la época independentista

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