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Correo del Caroní arrow Edición Aniversaria arrow Engy Doggy: "Una ingeniería de los perros"

Engy Doggy: "Una ingeniería de los perros" PDF Imprimir E-Mail
martes, 03 de julio de 2007

El Colegio de Ingenieros no aplaudió el ingenio de uno de sus colegas egresado de la ciudad de Maracaibo. De hecho, muchos fueron partícipes de su primer problema como buhonero en los alrededores del gremio. Hoy, 20 años después, algunos de los adeptos se sientan a compartir la mesa con "perros calientes" y algo más.

Kristy Spitschka

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 "El pago diario no alcanza". Esta fue la primera premisa que el "cabimero" Liasily Wardini notó después de recibir su salario como ingeniero civil una vez graduado de la Universidad del Zulia. Más tarde, las palabras de su padre libanés "el que sabe cuánto va a ganar mensualmente nunca va a hacer fortuna" ratificaron la necesidad de "hacer un negocio".

 Fanático de la tierra del calor y los perros calientes del "Indio Mara", Elías -como cariñosamente lo conocen- decidió hacer ingeniería de perros en tierras guayanesas luego de que reconociera que los 4.225 bolívares que percibía de Inavi en 1987 no eran suficientes para vivir. Más tarde, el pago de 9 mil bolívares en la empresa Elemanca tampoco bastaba para este recién graduado, quien al mismo tiempo decide montar su propio negocio: un puesto de perro calientes.
 
 "Trabajaba en la empresa hasta las 4:00 de la tarde, después de allí me iba a la calle donde estaba el Colegio de Ingenieros, donde tenía el puesto en un principio. Duré una semana laborando en las dos cosas (empresa y venta de perros), porque me di cuenta que mi puesto como buhonero definitivamente me rendía mucho más", comenta Elías.

 Inició en una empresa donde trabajaban 4 mujeres desde las 8:00 de la mañana hasta las cuatro de la tarde, que lavaban y picaban repollo, lechuga y tomates. Cortaban panes para perros calientes y hamburguesas, sancochaban huevos, preparaban carne, deshuesaban pollos, hacían arepas y mil cosas más. Tenía siete personas atendiendo el carrito, un chofer y una cajera quien por cierto era su hermana.

 La "bomba" de la venta de perros calientes definitivamente hizo despertar a una población guayanesa donde se colaban los ingenieros que en varias oportunidades negaron un saludo y hasta cooperación porque pensaban que se "estaba denigrando la carrera... no es fácil para un ingeniero tener un colega perro calentero".

 Lo cierto es que la "salsa Doggy", la buena atención y los precios económicos fueron y aún permanecen como los no tan secretos de este negocio familiar que por 20 años se ha mantenido en el tiempo y que aún sigue siendo diferente a cualquier perro caliente de Guayana.

 Llegó a vender más de 10 mil productos entre perros calientes, hamburguesas, arepas, pepitos, patacones y la infaltable "pepiarepa" que es una alteración de una parrilla acompañada de arepa, jamón y huevo.

 Sin embargo, la prueba de fuego del nuevo comerciante apareció en la escena disfrazada de una carta del Colegio de Ingenieros que expresaba que debía desalojar el lugar donde permanecía con la venta de perros, porque "se había incrementado los robos de vehículos", situación que el nuevo comerciante rechazó y hasta la fecha asegura que fue falso.

 Elías lo califica como "envidia", pues a cualquier ingeniero le tocaría su orgullo salir del gremio donde tuvo que luchar 5 años de carrera y toparse -justo afuera- con un colega que doblada su sueldo sin ejercerlo y que además le invitaba a comer un perro caliente con refresco.

 Desde allí, los viajes como nómadas no se hicieron esperar. Del Colegio de Ingenieros se mudó al Centro Comercial Zulia, luego a Don Regalón, muchos estacionamientos hasta que por fin la Corporación Venezolana de Guayana le aprobó la venta de un terreno donde nació "el reino de Engy Doggy", nombre que por cierto Elías explica: "Doggy es una palabra americanizada... Engy sale de la misma forma, sometí a la palabra ingeniero en inglés a la misma situación engineer: engy... de allí salió Engy-Doggy".

 Desde entonces, los empleados pasaron a ser más de 30, el negocio creció más de lo normal. Hasta los mismos mandatarios de turno se paseaban por el comercio para comerse su antojo del día, y si no que lo diga Andrés Velásquez, Leopoldo Sucre Figarella, entre otros quienes en unas cuantas tardes no descartaron comerse su arepita o perrito por el puesto del ingeniero.

 Por si fuera poco, hasta su madre quien originalmente "casi lo mata" cuando llevó la propuesta a casa de  montar un puesto de perro caliente -después de haberse graduado de ingeniero- se encontraba cortando repollo y alistando todo para uno de los negocios de su retoño.

 Los momentos más difíciles para este comerciante fue el hecho de conseguir una patente que permitiera desligarse de los problemas con la Alcaldía (Clemente Scotto) y la Gobernación, en especial, cuando "parecía que la regla era ser pobre, vivir en un rancho con 12 niños sucios y piojentos además con venta de comida mala para calificar o ser recomendado por el Banco Mundial y por supuesto, no superarse".

 Nunca nada de eso lo detuvo. Con los ahorros de venta de todos sus productos, logró que la CVG se desprendiera de un pequeño terreno al lado de Santo Tomé para posicionarse "como Dios manda" en el mercado. Sin embargo, cuando se vuelve franquicia, la cosa cambia, los males son más grandes, las luchas más fuertes... por lo que Elías insiste en que lamentablemente los mejores tratos de cualquier instancia los recibe quien es buhonero... se vende la misma mercancía, con menos problemas "cuando eres comerciante grande tienes más enemigos que cuando eres un simple buhonero".

 Para muestra un botón. El "turco" puso a funcionar un puesto de venta de empanadas justo al lado del establecimiento y este negocio improvisado percibía más que el comercio grande. Ironías de una política de gobierno. Lo cierto es que hoy Enggy Doggy cuenta con dos grandes puestos de comida (Ferrominera del Orinoco y Puerto Ordaz) que los sigue caracterizando el sabor y la atención de haber trabajado en familia, por años y contra estereotipos.

 Engy Doggy seguirá invirtiendo en tierras guayanesas hasta que el cuerpo aguante. Por lo menos son las esperanzas de un ingeniero que hoy decide apostarse a las constructoras después de haber saciado la carestía de una familia típica en Venezuela, gracias al trabajo tesonero que comenzó con un carrito de perro calientes.

 
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