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Los relatos de las protagonistas de esta sección pudiesen ser un aliciente para aquellas investigaciones científicas ganadas a la idea de que la intuición femenina existe. Tres mujeres, a las que dentro de poco les tocará la jubilación, no piensan en el retiro a sus casas. Madres consentidoras, amantes del baile y de la música “que haga mover las entrañas”, amplias sonrisas que adornan sus rostros, disciplinadas, de buen trato y férreas consigo mismas son rasgos comunes en Rosa Apiscope, Solange Bolívar y Rosalba Bottomo.
Oscar Fernando Murillo
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 Rosalba Bottomo (de CVG Venalum), Rosa Maritza Apiscope (de CVG Alcasa), y Solange Bolívar (de Ferrominera Orinoco). Sus relatos pudiesen ser un aliciente para aquellas investigaciones científicas ganadas a la idea de que la intuición femenina existe La actual estructura de Ciudad Guayana es el diseño y funcionamiento de una urbe surgida a raíz del aprovechamiento de sus riquezas naturales. Es por ello que no pocos aseguran que el verdadero proceso industrializado del país se concretó en estos espacios de la geografía nacional. Más allá de las innovaciones tecnológicas y de los recursos disponibles para acometer importantes proyectos, se necesitaba de un puñado de hombres y mujeres que en su mayoría no visualizaban sembrar raíces en ese pedazo de Venezuela caracterizado, hace escasos 20 ó 25 años, por la frase “eso tan lejos” que expresaba las reservas ante el traslado a Guayana. Así comenzó una historia, sin duda, fascinante aderezada por cientos de incertidumbres, aciertos y errores, pues el riesgo conllevó al poco tiempo un orgullo: ser constructores de una ciudad. Hoy en día, esa urbe con todos sus elementos produce sin sabores y satisfacciones. Se incrementa el nivel de vida para unos, se reduce para otros. La reflexión está a la orden del día. Pero tomando en consideración el hecho de hacer ciudadanía en un lugar de industrias no era tarea fácil. Quién más idóneo para conferirle a esta sociedad la mano suave y dulce que la mujer, constructora por antonomasia. La mujer y el trabajo, el trabajo y la mujer. Así, agarrados de la mano, este binomio ha sido determinante en todas las civilizaciones, pese a la mezquindad de los textos históricos en reconocerlo. Las líneas que siguen es un reconocerse a sí mismo mediante el relato de tres mujeres que en los centros de trabajo donde se desempeñan marcan la pauta, cada cual siendo fiel a su portentosa personalidad. Rosa Maritza Apiscope (servicio social en CVG Alcasa), Solange Bolívar (Relaciones Institucionales en Ferrominera Orinoco) y la medallista de los Juegos Interempresas, Rosalba Bottomo (servicio de salud), no sólo cuentan cómo ingresaron a sus puestos de trabajo, sino que sus palabras transportan al lector a los inocentes años cuando lanzarse en patineta por la bajada del Centro Cívico era la única distracción de la juventud de aquel entonces. Pisó, vió y se encantó Recuerda con exactitud la entrevista de trabajo en el año 1972 en una oficina de la Corporación Venezolana de Guayana. Con temple asumió este encuentro trascendental en su vida. “Quería desempeñarme en lo que me había preparado”, asevera Rosa Maritza Apiscope. Es imposible recorrer los pasillos y rincones de la primera fundidora de aluminio de Venezuela, CVG Alcasa, sin percatarse que Apiscope se encuentra por allí, tramitando, gestionando, solucionando, promoviendo el trabajo social dentro de la empresa, actividad que la ha acompañado desde que llegó a la tierra bañada por las aguas del Caroní y el Orinoco. “21 años en la reductora de aluminio”, afirma la mujer con zarcillos grandes y largos de color azul. Pese a su contagiante espíritu y su risa inocultable según sus amigos y compañeros trabajadores, en las primeras de cambio enfrentó con cierta timidez la presencia del cuaderno y el lápiz que dejaban constancia de las palabras. Era cuestión de minutos. Aterrizó la mujer que luego confesaría dos secretos: con voz alta, dijo estar atrapada por el calipso de El Callao, con voz baja, “no soy muy buena en la cocina, la que lo hace bien es mi hermana”. Apiscope no sintió desconfianza a su llegada. “Mi primera impresión fue clara y precisa. Me encantó este paisaje, me dije a mí misma que esta era una ciudad hermosa como ninguna que al sol de hoy mantengo”. Sus primeros años de trabajo se desarrollaron en los distintos centros recreacionales de CVG Alcasa (Curagua, Villa Africana y Ventuari) cuenta la oriunda de Maturín (estado Monagas). “Estudié en Maracay y viví en El Limón”, recordó con cariño. La interacción con los trabajadores y familiares de estos le confiere cierto status para referirse al común denominador del alcasiano. “Un trabajador que quiere a su empresa, honesto, muy sencillo”. De sus primeros pasos en la ciudad, sólo tiene claro que el epicentro social estaba enmarcado en las actividades y ambiente del Centro Cívico de Puerto Ordaz. “Hoy me da risa muchas cosas. Sabes, cuando a la gente se les propuso habitar en Los Olivos fue como una falta de respeto, se decía que eso era muy lejos”, expresó quien pobló esta urbanización en sus años fundacionales. En el 2008, le corresponde por los años de servicio jubilarse. Apiscope no piensa esto con precisión, pero si es así deja claro su deseo de continuar vinculada con la empresa. “Estudio gestión social. Quiero terminar y aportar esto a mi empresa”, apuntó una visitante asidua de las playas del oriente venezolano y mujer de carácter determinante. Venas ferromineras Al hablar de industrias, obligatoriamente, se debe referir a su gente, modo de vida, costumbres y relación con la naturaleza. Las palabras hierro y acero se encuentran a la disposición en el léxico común de Solange Bolívar, hija de un pionero de la industria, primero en la extractora del mineral estadounidense, Orinoco Mining Company, y luego en la hoy conocida CVG Ferrominera Orinoco (FMO). El mundo de esta mujer, preciada por sus buenos modales y por esa aura que la cubre y le otorga una especie de don para saberlo todo a la hora de arreglar los inconvenientes cotidianos de la oficina donde trabaja, está fuertemente ligado a Ferrominera. A los seis años sus padres la trajeron al Campo 1 de la empresa, lugar que fungiría de hogar por muchos años. 18 años en la gerencia de Suministro como secretaria y ya dos años en la gerencia de Relaciones Institucionales es como suficiente para darse a conocer y de qué forma. Sus compañeros la piropeaban cuando respondía a las preguntas. Elegantemente vestida permite visualizar a una mujer que se esfuerza por colocar sus cosas en su justo lugar. Madre consentidora. Disfruta acompañar a sus hijas, una de 13 y otra de 14 años, nacida ambas en el Hospital Américo Babó de FMO. “Ellas también quieren a esta empresa como yo”, dijo. Aunque nacida en Ciudad Bolívar, muy poco recuerda de sus primeros años en la Antigua Angostura. Por el contrario, le viene a la memoria cuando se lanzaba, junto a muchos más, en patineta por la bajada del Centro Cívico de Puerto Ordaz. “El Padre de la iglesia que se llamaba José, no recuerdo su apellido, siempre nos regañaba”, señaló. Esta ferrominera cuenta que esta actividad de “muchachos” era la mejor diversión, hasta que llegó la inauguración del Centro Comercial Trébol. “Era lo máximo”. Su ingreso a la estatal del hierro se dio a través del otrora Instituto Nacional de Cooperación Educativa (INCE) y a la edad de 18 años inició su jornada de trabajo que no ha parado desde entonces. Además de su actividad diaria en la empresa, es pieza clase del equipo de bolas criollas, uno de sus pasatiempos favoritos. Su identidad con la compañía no tiene lugar para las dudas. “Siempre ha sido un orgullo pertenecer a FMO, siempre, es la pionera de la ciudad”, puntualizó. La sonriente trabajadora se permitió dar un consejo a sus pares femeninas para siempre verse bien: vivir feliz, disfrutar el paso del tiempo. Sus compañeros de labores destacaron su bondad para “agarrarle el paso” a cualquier bailarín, con una salsa “picante” de fondo. “Valió la pena arriesgar” En las páginas de récord y referencias de los Juegos Interempresas ya tiene un lugar reservado como una de las atletas más destacadas. Con sus 1,80 metros de altura intimida a cualquiera, pero de inmediato suaviza el contacto con las carcajadas propias de un “alma alegre”. Es Rosalba Bottomo, quien a sus 41 años de edad reseñó parte de su peregrinaje por una tierra que ya la hizo suya y por una empresa (CVG Venalum) que la considera su segunda casa “de verdad, verdad”. No es para menos, tiene 18 años de intensa actividad laboral y deportiva, se ha convertido en un símbolo de la reductora de aluminio, pero además su esposo y uno de sus hijos también forman parte de esta industria. En esta oportunidad, no lucía las prendas deportivas sino una blanquísima vestimenta por su labor como enfermera industrial del turno rotatorio. “Nací en Puerto La Cruz, pero de jovencita me fui a estudiar enfermería en Caracas”, contó Bottomo, quien fue miembro de la selección nacional femenina de voleibol, deporte que fue el canal de cruce para mudarse a Ciudad Guayana. Trabajaba en la Maternidad Concepción Palacios donde nació su primer hijo, y sintió miedo cuando le propusieron trabajar en Venalum. “Estaba dejando un trabajo estable por algo que yo no sabía si perduraría”, aseveró la enfermera que cada año en la justa laboral se lleva alrededor de 7 o más medallas. Coordinar ambas actividades y ser madre y esposa al mismo tiempo habla de una mujer disciplinada y programada, quien pese a haber sido intervenida dos veces en su rodilla, manifiesta amor por la actividad física. Continuó sus estudios de enfermería y en el año 2000 obtuvo el título de Técnico Superior Universitario (TSU) en esta rama de la medicina y cursa el noveno semestre de la licenciatura. “Adiós Rosalba”, “épale, negra” son apenas dos maneras de trasmitir el cariño de los trabajadores a esta mujer que come y cocina la lapa como pocas. Con su caminar tumbao, con ese ánimo que exhibe por doquier y saboreando el hecho de haber realizado una retrospectiva de su labor en la empresa y en Guayana, aseguró, tras un suspiro, “valió la pena arriesgar”. |