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En mayo la crítico de arte Beatriz Sogbe invitaba a los caraqueños a la más reciente exposición de Alirio Rodríguez. Siéntase usted también invitado a conocer más de este insigne callaoense. Con orgullo, Correo del Caroní, en su trigésimo aniversario, registra la presencia de un maestro del arte, hijo de Guayana con proyección universal, cuya última exposición ha sido un acontecimiento en el país.
Beatriz Sogbe
Visitar la reciente exposición de Alirio Rodríguez (El Callao, 1934) puede ser una grata sorpresa. Acostumbrados a una impronta del maestro no esperábamos novedades. Con su trayectoria, poca necesidad tenía de cambios, ni de nuevas búsquedas. Al lego le pudiera parecer que hay pocas variantes. Se trata de la figura humana, pero con otra lectura. Rodríguez no se conformó con sus justas mieles y se fue por otros derroteros, pero con la coherencia de siempre. Ya no se trata de hombres torturados. O jalados por los avatares de la vida. Es el hombre que ya está devuelta a todo. Como el artista. Se soltó las amarras. No sucumbió al vacío. Regresó, como el hombre de Dumas, a cobrar por lo perdido. ¿Y cómo regresa? Pues con una gran sabiduría. Es el artista en cuyo camino no le aguardan las sorpresas. Aquel que el oficio no le guarda secretos. Que lo maneja como quiere. Pero no es sólo el manejo del oficio lo que hace al artista. Sino la consecución de logros. Estas piezas están plenas de sabiduría. El maestro no pierde carácter con el tiempo, sino que gana. Pocos artistas han tenido esa fortuna. Y él lo sabe. Bajo su sonrisa bonachona, se esconde la picardía de quien está de vuelta a todo. Los hombres de Alirio no amenazan, sino que son sesudos. Los que pensaron que venían a cobrar se equivocaron. Vienen a enseñar. En estas piezas, incluso, hay piezas en las que se regodea con señales más vanguardistas. No se trata de imitar, sino de decir que también lo puede hacer. Y lo hace. A su manera. En estas piezas el artista se revitaliza. Hoy más que nunca tiene mucho que dar. A veces si el crítico trata de decodificar las piezas siente que se pierde la poesía. Y eso nos pasa en esta oportunidad. No se lo contamos. Vayan a verlo. Y nosotros felices por contemplarlo. Alirio Rodríguez nació en El Callao, Estado Bolívar, el 4 de abril de 1934. Hizo estudios en la Escuela de Artes Plásticas y Aplicadas de Caracas, entre 1947 y 1950. En Roma cursó técnicas de vitralismo en el Instituto de Arte. Se inició con una pintura descarnada, alusiva al hombre o que expresaba la ambición infinita de éste; masacres, ghettos, inmolaciones evocan en sus temas las impresiones que dejó en Rodríguez su experiencia europea, como recuerdo de la II Guerra Mundial. Su pintura ha girado sobre el tema de la situación original del hombre en el mundo: exploración humana del espacio, el grito, el vértigo incesante, el autoconocimiento, expresado en la elíptica o en los espacios demenciales del pánico, donde el individuo continúa siendo una criatura. Alirio Rodríguez, durante su estadía en Hiroshima, hizo suyo el sacrificio sufrido por los habitantes de esa ciudad japonesa. Sintió la necesidad de fijar su emoción y pensamiento en las cuarenta láminas que conforman el libro “Cuaderno de Hiroshima”. En las láminas de Rodríguez con el texto del eminente escritor y poeta José Ramón Medina, hay un mensaje claro para los que titubean, para los que han sucumbido, para los que han llegado hasta dudar de la justicia de Dios. Este mensaje, que no es nuevo, confirma el esperanzador dicho “después de la tempestad viene la calma”.
Alirio Rodríguez Nicomedes Febres Los verdaderos creadores tienen desarrollado un sentido especial de su trascendencia histórica. Les preocupa el destino final de su obra y como será vista en el porvenir. Comprenden que el éxito, la moda, el mercado, los reconocimientos, son tan solo vanas pretensiones si su obra carece del aura de la permanencia y que su discurso, porque en esencia la pintura y las artes en general son lenguajes, no logra expresar todo lo que su pensamiento elabora y que no será visto y reinterpretado una y otra vez por las futuras generaciones; lo que es el testimonio inmanente e indispensable de la inmortalidad. La conciencia trascendente del artista no es una moneda de curso ordinario, pero sin ella la pintura deja de ser un arte para ser un oficio, el cuadro deja de ser un objeto del espíritu para ser una simple mercancía, la fama pasa a ser un valor transitorio y relativo, la moda es más obstáculo o accidente condicionante de la vida, si no se tiene esa apremiante conciencia trascendente que mueve al verdadero creador. Hay una pasión por el hacer y nada angustia o complace más a un artista que el acto cotidiano de crear. Pararse frente al lienzo o el papel y tratar de transmutar la idea en obra, muchas veces va acompañado de actos casi rituales cuyo respeto es indispensable para llevar a buen fin el afán de cada día. Los exorcismos son infinitos, la invocación a los hados son personales y los resultados son tan variables como cada obra que sale del taller. Ahora bien, este proceso de substanciación de la idea en obra, además de pinceles, carboncillos o lienzos; de conocimientos técnicos, de ensayos y errores previos, requiere por encima de todo, de un ideal y unos valores que ubiquen al creador en el tiempo y el espacio de su compromiso humano. Es una suerte de camino vital que se transita con mayor o menor dificultad, pero que siempre es arduo por lo solitario, porque el desanimo cunde; con harta frecuencia las necesidades cotidianas apremian y solo pocos, los mejores o los más tenaces sobreviven. Sin embargo, el éxito se hace existencialmente efímero si el artista pretende mantenerse en la cresta de la fama basándose en la reiteración incesante de su propia obra. Por eso es que el verdadero creador necesita, a pesar de todo, reinventarse cada día y recomenzar el arduo y solitario tránsito de su obra artística. El acto de renuncia a la iteración y al éxito aparente, constituye el punto de inflexión en donde la obra de arte se transforma en un testimonio moral, en una “cosificación” de la ética. Este punto dilemático se presenta usualmente luego de un importante trecho andado. Allí es donde los inmortales simplemente se distancian de los buenos. Pero quién decide y asigna cada lugar es la historia y se sustenta en el devenir del tiempo transcurrido. En ese orden de ideas podemos acercarnos a la vida y obra de Alirio Rodríguez. Alirio desde su juventud ha colocado al hombre como centro de su investigación plástica, no al venezolano de su tiempo, sino al hombre que como ser universal construye su propio destino y por ende cumple con el designio divino que crea al ser humano a imagen y semejanza de Dios. En cada nueva indagación el maestro aborda el tema antropocéntrico desde un nuevo enfoque: el movimiento como gesto de la energía vital, el espacio como entorno que lo rodea, la historia como discurrir del tiempo. Es una investigación visual a partir de las eternas dudas existenciales que acechaban a los viejos filósofos griegos, o a los pensadores renacentistas Pico de la Mirandola o Marcilio Ficino. Es la indagación que lo vincula con Kierkegaard, Sartre o su querido Taylhard de Chardin; solo que en vez de la palabra, utiliza un dibujo exquisito en donde cada trazo, por gestual o espontáneo que sea, posee un cúmulo de reflexiones y vivencias que reflejan el compromiso del artista con la conciencia del devenir de su propia obra. El color se enriquece en los contrastes, desde el fondo pictórico como expresión del espacio que se modifica, hasta el personaje que lo cambia con sus gestos, tal como las acciones de los hombres cambian la historia. Esos personajes han sido indistintamente arcángeles, papas, jueces, condotieros o descarnados seres que expresan con un grito su angustia existencial. A veces asexuados a pesar del desnudo, en otras revestidos por el adorno litúrgico que le impone su autoridad en donde un gesto, un acompañante o su ubicación en la obra los delata espiritualmente y lo sacro se puede permutar más que en profano, en mascarada. Pero así como el taller de un artista relata su laboriosidad, su conducta condiciona también su obra. Es cuando arte y vida se funden en un testimonio unívoco. Alirio Rodríguez es un creador sin dobleces, su pintura esta al margen de la moda, porque a fin de cuentas, la moda es lo que pasa de moda. Observador perspicaz, lector insaciable, trabajador riguroso y cotidiano, vive en función del desarrollo de toda su capacidad creadora. Así como su obra está al margen de la moda, también su persona está al margen del atajo de la lisonja y del pacto infame cocinado a media voz ante el poder, cualquiera que este sea. Su obra más esa vivencia recia, sin esguinces, es la que le granjeado, el respeto de los más admirables conciudadanos de su tiempo. Lo que resta es el discurrir de la historia. |