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Vino de Tumeremo donde había nacido en 1930. Fue político, periodista, historiador, poeta y escritor de amplia vocación. Fue un entrañable asesor y colaborador de Papel Literario y de innumerables proyectos editoriales de El Nacional. Manuel Caballero, su amigo por más de cuatro décadas, le ofrece un homenaje.
Manuel Caballero En un ensayo sobre el idioma de los argentinos, escrito en 1927, Jorge Luis Borges oponía, en su caso, la palabra escrita a la palabra hablada: "Soy, decía, hombre acostumbrado a escribir, nunca a perorar, y esa haragana artillería hacia lo invisible, que es la escritura, no es un aprendizaje eficaz de las persuasiones instantáneas del orador". Estas palabras de Borges se entrecruzaron en mi memoria con el recuerdo del momento en que conocí a Jesús Sanoja. Recién llegados a Caracas y a la vieja universidad de San Francisco, un amigo común nos presentó, a Rafael Cadenas y a mí, a alguien que, sentado en el otro extremo del cafetín, tenía una pinta más provinciana aún que la nuestra: "Mira, ese es Jesús Sanoja" (lo de Hernández lo comenzaría a usar más tarde, para no ser confundido con el músico).
Luego de entrecerrar sus ojos de miope, nos saludó desde lejos con una leve inclinación de cabeza. Terminó de beber su café y antes de salir, se dirigió a nosotros con estas palabras misteriosas: "Bueno, ya sé la cosa". No estoy seguro de haber recordado, pero tampoco de haber olvidado en aquel momento, aquello de "Caló el chapeo / requirió la espada, / fuese / y no hubo nada". Pero no había altanería, ni tampoco timidez en aquella actitud: en adelante, comenzó a tratarnos como si hubiésemos sido amigos de toda la vida. Y lo hemos sido desde entonces, aunque puedo decir que tampoco sean muchas las palabras que le he escuchado. No es mudez ni enfurruñamiento: es parquedad en el hablar que contrasta con la torrencial escritura de uno de los más empecinados grafómanos que hayamos conocido jamás. No he visto muchas veces a Jesús encaramado en una tribuna; pero en cambio, da la impresión de llevar pegadas en sus dedos las teclas de una maquinilla. Voy a arriesgarme en los meandros de lo que, con mucha razón, ustedes pueden calificar de psicologismo barato: esa contradicción que Sanoja muestra en la superficie esconde otra, no menos desgarradora, entre el militante político que se le ha obligado a ser y el escritor que ha intentado no ser. Y explicarlo me dará la ocasión de vengarme : hablar mal de Jesús Sanoja, cosa que, en lo que a mí respecta -y lo que es peor, estando yo presente- es uno de sus deportes favoritos. Empecemos por explicar eso de que "se" le obligó a ser militante político. El impersonal no lo es tanto; tiene nombre, apellido y grado: general Marcos Pérez Jiménez. Hace algunos años, se me pidió una opinión o una reminiscencia de nuestra generación intelectual (la de Sardio y Tabla Redonda); la que en los años cincuenta se opuso a la dictadura militar. Mi respuesta puedo citarla tal cual, pues sigo pensando lo mismo: que fuimos una generación de contemplativos que una pasión moral llevó a la acción. En aquellos años se mezclaron en nosotros todas las pasiones y las inquietudes del momento, y que tan bien retrató Mario Vargas Llosa en sus Conversaciones en la Catedral. El aborrecimiento del militarismo y de la dictadura nos llevó a la cárcel primero, al exilio después (sea dicho entre paréntesis, no nos "exilamos" sino que nos "exilaron": se nos "extrañó" del país como se decía en la jerga policial de la época). El ya lejano recuerdo de la revolución rusa, revitalizado en 1945 con el aplastamiento del fascismo y en 1949 con la revolución china, pruebas para nosotros de una praxis revolucionaria eficaz, llevó a buena parte de nosotros, unos primeros, otros (yo mismo) después, al comunismo. En los próximos 20 años, Jesús y yo formamos una llave inseparable, unos gemelos políticos, unión que se disolvió al dividirse el PCV en el año 70. Pero quiero aquí introducir un elemento que va a marcarnos para toda la vida, a Sanoja, a mí y a un grupo intelectual que, en lo general, ha permanecido bastante cercano en los últimos 50 años, lo que se dice rápido, pero es medio siglo. Se trata de la fundación de la revista Tabla Redonda en 1959. Sanoja pretende que el título de la revista se le dio para complacer mi afrancesamiento, pero en verdad, fue de él la idea. Se fundieron allí dos grupos que había intimado en la incómoda y malruidosa estadía en la cárcel: uno formado por Sanoja, Rafael Cadenas y yo, y otro por Arnaldo Acosta Bello, Darío Lancini, Pepe Fernández-Doris; a los cuales se unieron, ya fuera, también Jesús Enrique Guédez, Jacobo Borges y la única mujer del grupo, Ligia Olivieri. Luego vinieron algunos más jóvenes, como Pepe Barroeta y Ángel Eduardo Acevedo. Publicamos alguna vez un texto de un desconocido joven colombiano, Gabriel García Márquez, y otro de un compañero de generación y militancia, Teodoro Petkoff. En aquel momento, esa revista pretendía luchar en dos frentes: contra las tendencias "realistas-socialistas" que ya habían comenzado a declinar, y contra las tendencias de otro grupo, Sardio, al cual con mucho prejuicio considerábamos "elitista". Viendo las cosas en perspectiva, hay algo que ninguno de nosotros percibió con claridad en aquel momento, y que es lo más importante, la herencia más valiosa de aquel movimiento: que quienes se estaban agrupando allí, por primera vez estaban asumiendo lo que andando el tiempo se haría más evidente: que nuestra preocupación central no era la de tomar el poder, sino la de tomar las palabras. En otros términos, que quieras que no, nuestra aspiración profunda, nuestra razón de vida no era ser militantes políticos sino escritores, artistas; no miembros del Comité Central, sino poetas, narradores, ensayistas, pintores. Quieras que no. Esta frase no me ha venido al azar, sino que con ella quiero entroncar lo que más arriba decía sobre algo que llama tanto la atención en todos los que de una forma u otra se acercan a Sanoja, se interesan por su trabajo. Desde que, en Tabla Redonda publicara dos grandes poemas, el épico y para nuestro gusto de entonces muy hermético "Las batallas del rey Alcor" ("Junto a su pie y desprovisto de la asistencia del cielo, Alcor sugería la forma del corazón") y luego, otro, "Noviembre", el primer y acaso el único poema "urbano" de Sanoja, donde la violencia que lo abrumaba no era la de la selva guayanesa, sino la de la calle caraqueña, y que sin caer en el panfleto, era sin duda un poema político. Ambos confirmaron la calidad del verbo poético sanojiano, y que su aparente hermetismo era profundidad y understatement. Lo que fue ratificado con la publicación, casi a so capa, de un libro que con mucha razón Luis Alberto Crespo ha llamado "el santo Grial" de la poesía venezolana: La mágica enfermedad. ¿Era tan inencontrable, tan oculto, porque nadie se ocupó de que se difundiera con nuevas ediciones? Nada de eso: lo era porque Sanoja se opuso su terca negativa a que se publicara de nuevo. Cuando, casi 30 años después, dejó que saliera una segunda edición, sólo Dios sabe la de trampas que urdí para que dejara hacerlo: le expliqué que ya yo le había comunicado a Rafael Arráiz Lucca, entonces director de Monte Ávila, que el autor me había dado esa autorización, y que no iba a soportarle que me hiciese quedar como un embustero. En verdad, lo fui con Sanoja, pero el libro salió, con algunos poemas nuevos, extraídos casi con pico y pala de aquel cafarnaum de su papelería. No soy muy dado a hacer comentarios sobre poesía, materia en la que suelo considerarme lego. Pero hay algo que me impresiona, ahora más que cuando salió por primera vez, en La mágica enfermedad: es su conexión con el mundo caribe, el de El reino de este mundo y algunos de los textos de García Márquez. Es que casi todo el libro es un viaje que no deja de tener su sustratum en los viajeros de Indias y sobre todo en la odisea de Walter Raleigh. Pero el de Sanoja no es un viaje hacia las fuentes del Orinoco ni hacia El Dorado de los conquistadores: es un viaje hacia su propia infancia, el del niño maravillado que ve caer desde el cielo un diluvio de varios días, y que ve llegar o alejarse al barco ebrio de Rimbaud: Desciendo de mi haré a un enorme hueco Que lanza bocinas hacia el Orinoco. El bote se inclina hacia el agua menos quieta y quedo flotando en la eternidad: hacia aquí, hacia allá, y las yerbas de la parte alta, ya limosas, con una baba de profundidad /que fue raíz duermen a mi costado como una mujer tristemente adherida /en gelatina. Salta el porqué entre las anclas, obstinándome. Yo no creo mucho en ninguna de las razones que da Sanoja para su obstinado silencio poético. No olvido tampoco que es uno de nuestros mejores ensayistas, que se adentró en el primer Picón Salas, el que apenas salía de la infancia, para rematar luego con el análisis del "Regreso de tres mundos" que el propio Picón señaló como de gran inteligencia; o su ensayo magistral sobre Guillermo Sucre, sin hablar del magnífico trabajo que precede a su descubrimiento de la misteriosa poesía de Salustio González Rincones. Fue inútil esta vez mi empeño en que los reuniera para publicar un volumen de ensayos. Aquí no creo que sea correcto hablar de falta de voluntad: de su parte lo que hubo fue un casi deliberado saboteo. Tal vez podamos consolarnos diciendo que a Jesús le sucederá lo que, en su tiempo y su país sucedió al maestro Baldomero Sanín Cano: que si bien nunca se preocupó por armar un libro con sus ensayos, al final sus amigos y admiradores terminaron haciéndolo, y que las generaciones futuras podrán, en también futuros libros, conocer y disfrutar la magnífica prosa ensayística de Jesús Sanoja, como, ojalá también sus escondidos poemas. Hay que confiar en que, en algún momento del futuro, existirá otro Sanoja que no le tema a las alergias y se dedique a remover el pandemonium de su papelería. Pero aquí existe una dificultad, provocada por el propio Sanoja. Voy a referirme a ella sin alegría, y tan sólo para cumplir una promesa que hice al principio: la de vengarme de Sanoja hablando mal de él, y además de un querido vicio al cual yo también soy adicto. El problema no es lo que más arriba llamábamos la grafomanía de Sanoja, sino su destino. Las cuartillas que ha llenado en toda su vida no se pueden manipular con las manos desnudas: serán necesarias grúas y camiones enteros para removerlas, clasificarlas, acaso también transcribirlas. Eso no es lo malo, sino que habría que preguntarse si en este caso, los árboles no nos impedirán ver el bosque. Porque los millones de caracteres que Sanoja imprime a diario, se van por el desaguadero del diarismo. No pretendo con esto descalificar una profesión que es también la mía, no pretendo con esto morder la mano que me nutre. Tampoco es que haya estado nunca de acuerdo con lo que Borges proponía; que el escritor fuese, como Spinoza, tallador de lentes, pero nunca periodista, un oficio tan afín al suyo que pudiese contaminarlo. Y entiendo, por propia experiencia, cuán voluptuosa y conscupicente puede llegar a ser la que León Trotsky llamaba "la musa plebeya" del periodismo. En el caso de Sanoja, la combinación de ambos oficios no tendría por qué ser perniciosa, si no fuera porque me parecería terrible que una cosa pudiese en su torrente ahogar la otra. El periodismo político puede ser una forma de buscar permanecer en ese terreno donde la vida nos lanzó desde muy jóvenes; pero el talento literario es un don que, cuando se posee en la abundosa cantidad que Sanoja ha demostrado poseer, es también un deber poner por encima de todo el cultivarlo. Toda mi vida he admirado al Sanoja periodista, incisivo y memorioso. Pero admiro más al escritor que trata de esconderse detrás de ése. Ludovico sin canciones El Ávila ilumina límites más allá / de la tenebra, y tú acumulas orquídeas a orillas / del latín. Suenas en los bajos fondos del / espíritu, luces el golpe y el temblor, fantástico toro de Marx. Y cada animal se te acerca, te huele / y te penetra, saliendo ebrio de tus vinos y / canciones, sueltos, con orejas abiertas al mundo, / brillantes en la noche, y con oscuras preguntas en la / mañana de torturas. |