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Carlos Luis Rodríguez Foto Antonio García Jr.  A veces es difícil resolver una jugada de apreciación Siete de la mañana es la hora de despertar, busca sus lentes de la mesa de noche, antes de levantarse de la cama comienza a pensar en la jornada de hoy, entre suspiros dice "ojalá no llueva". Sabe que ya no tiene que ir al trabajo a cumplir un horario, pero sí se tiene que desocupar antes de que llegue la tarde, tiene un encuentro con su mayor distracción. Luego de tomar un café y de dar los buenos días se dirige hacia el automóvil, lo enciende, mientras sigue meditando sobre las cosas del día. Al salir de la casa comienza sus diligencias, antes del mediodía ya ha terminado, entonces busca a su nieto, que entre el guante y la pelota toma prácticas de béisbol. Ahora sí ya casi llega la hora, sus implementos los lleva en el carro, con ansia y emoción se acerca a su pasión. Su familia está con él, se aproxima al medio del diamante y llama a los equipos al terreno de juego, ahora tendremos tiempo para conversar, play ball es la hora de jugar. Ramón Figueroa nació en Barrancas del Orinoco en el estado Monagas, sus padres fueron Josefa Figueroa y Candelario Becerra. Desde muy pequeño se trasladó a Ciudad Bolívar, donde tendría sus primeros inicios dentro de la pelota. Como todo niño era muy inquieto y siempre quería estar jugando, pero tuvo que madurar rápidamente, debido a la desaparición física de doña Josefa. Tenía tan sólo cinco años de edad, pero ya sabía lo que en su hogar había pasado. "Fue una pena muy dura, yo ya tenía uso de razón", comentó Figueroa en las gradas del estadio Mapanare antes de arbitrar un juego de softbol. Sus hermanos, junto con su padre, complementaron esa parte materna que tanta falta le puede hacer a un niño. "María, mi hermana mayor, fue la que ocupó el rol de mi madre. Ella se encargó de llevarme a mis primeros entrenamientos de béisbol. También influyó en mí la educación y el aprendizaje de mis otros hermanos, Margarita, Josefina, Petra, Isidro y Alexis". Don Candelario lo enseñó a ser un hombre justo, él como todo padre sabía que en un futuro su hijo podría ser el mediador de una disputa. "Las normas y las reglas del hogar me las inculcó mi padre, también me enseñó lo bueno y lo malo. Era un hombre muy correcto, tan así que me inscribió en la Escuela Naval, pero eso no me gustó y tuve que regresar al hogar". Desde 1970 anda con un peto y una careta para arriba y para abajo, su familia lo acompaña para todos lados, incluso hasta sus hijos también comparten con él en el campo, su misión es impartir la ley. "Debido a la necesidad y a la falta de árbitros que existía en el estado me fui metiendo en esta profesión. Yo me la pasaba en los campos de béisbol menor, dirigía algunos equipos, pero un día nos dimos cuenta de que faltaban árbitros para los juegos y fue cuando junto con Rafael Sosa y Heriberto García fundamos la escuela de árbitros de béisbol menor". En aquella oportunidad junto con los demás colegiados comenzaron a trabajar con los encuentros de la organización Criollitos de Venezuela. Su experiencia detrás del receptor lo llevó a participar en varios campeonatos nacionales e internacionales. "Mis hijos jugaban pelota, esa participación que tenía como representante me motivó aún más para participar, hasta fuimos a Estados Unidos a un campeonato a representar a Venezuela". Entre los logros de este umpire destaca su experiencia en el béisbol profesional en la desaparecida Liga de Verano entre los años 1992 y 1997, cuando laboró en varios cotejos de Tucanes de Guayana en el estadio de Ferrominera. También estuvo presente en los juegos de Liga Profesional de Béisbol que se han realizado en el parque de pelota La Ceiba, mientras que en los Juegos Interempresas, además de trabajar como el juez principal, es el delegado operacional de la disciplina de softbol. Su trabajo no es fácil, sobre todo en las jugadas de apreciación, sin embargo desea que el día que deje de existir lo recuerden como un gran árbitro. "Somos odiados por una parte y queridos por otros, pero quiero que la gente se acuerde de mi trabajo en el campo". A sus 62 años de edad, Figueroa no piensa en el retiro de esta profesión y unos de sus temores es no volver a pisar un terreno de juego. "En el año 98 sufrí un infarto, mi preocupación era no volver más nunca a un partido, pero a los seis meses ya estaba en play con mi indumentaria. Su ídolo ha sido el reconocido ex umpire caraqueño Gualberto Acosta, y su deseo es morir cantando un out, una bola o un strike. |