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Un italiano criollísimo que dejó huella en Guayana PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 27 de junio de 2007

La voz de su hija Thamara Giannini guía al lector en los detalles hermosos de una vida dedicada al trabajo, a mimar a su familia, cuidar a sus amigos y luchar por su región adoptiva, Guayana. La historia completa de un italiano que se involucró a fondo con el estado Bolívar.

Alicia Estaba

ImageAl escribir de la historia de Guayana y las personas que contribuyeron a la misma, pero especialmente si hay que recordar una persona querida por esta ciudad, a un conciliador empedernido, a un constructor y gran amante de nuestros ríos, hay que referirse de inmediato a Luigi Giannini, un italiano criollísimo.

 Llegó a este país en el año de 1952 y se quedó aquí para siempre cargado de un amor infinito por esta tierra, su cultura y sus costumbres y a ella le apostó todo.
 
 Giannini venía de Pescara, un pueblo a orilla del mar de Italia, que no fue el sitio que lo vio nacer, pero sí el que lo vio crecer y de donde se despidió para buscar rumbos en América. Tenía apenas 17 años cuando emprendió el viaje, que ya con anterioridad había recorrido su padre. La depresión económica de la Europa de esa época ayudó a que su madre tomara la difícil decisión de separarse de su hijo y enviarlo para acá, al lado de su padre. Fue una "solución" para la madre, si es que puede llamarse solución a una despedida tan sentida, pero aquél joven parrandero (demasiado para el gusto de su mamá), centro de amigos, debía labrarse un futuro y Venezuela ofrecía esa alternativa.

 Así una vez tomada la decisión, el adolescente buen mozo, bonachón, amigo, parrandero y de corazón gigante, llega en primer lugar a Maturín, a vivir con su padre, quien era a su vez, la antitesis del hijo.
 
 Luigui se convirtió en venezolano de una vez, su padre pasó la vida siendo un italiano en Venezuela y Luigi murió criollísimo, despedido por una cantidad tal de amigos, que pocas veces veremos una manifestación de cariño de tal magnitud.

Gandolas, parrandas y amor
 No le costó nada a este italiano, adaptarse al estilo de vida del venezolano y mezcló su parranda con el trabajo, comenzó en Maturín, manejando gandolas, se rodeó de amigos, no sólo de la colonia italiana de la capital monaguense, sino también de venezolanos y allí también siguió siendo el centro de los amigos. En Maturín comenzó todo, su trabajo y su familia, porque allí conoció a quien fuera su esposa, su amor eterno, su compañera inseparable.

 La vida de Giannini nos la relata Thamara, su segunda hija, a quien designaron esta responsabilidad por haber sido la amante de la recopilación de la historia familiar. Conversamos mucho tiempo, rodeadas de fotos familiares, de sonidos de hogar y repiques telefónicos, que para nada la desconcentran del placentero recorrer por los recuerdos y la historia de su papá, de quien jamás se refiere en pasado, siempre habla en presente, porque Giannini sigue vivo y presente en el seno de la familia y en el círculo grandísimo de amigos.

 Nos cuenta Thamara, que Luigi se casó con Liliana, su madre, una italiana que había llegado a Maturín también, pero antes que él; una mujer cuyo carácter es totalmente diferente a Luigi, pero que le robó el corazón de forma tal, que hizo todo por conquistarla, hasta que logró casarse con ella.

 A los ojos de Thamara, el amor de ambos no disminuyó nunca. "Con lo loco que es él, con lo parrandero que era, pero el amor con que miró siempre a mi mamá me llamaba la atención. Llegué a pensar que era yo la única que podía observar esa mirada, pero un día me di cuenta que era tan evidente que mi marido me lo comentó, era amor de verdad el que sintió siempre por mi madre, a pesar de que ella era totalmente diferente a él, ella introvertida, callada, él un parrandero empedernido".

 De las épocas de conquista del corazón de Liliana hay muchas anécdotas que recordar. Thamara nos cuenta varias, una de ellas fue que aún estando en Maturín, un miembro de la colonia italiana se acercó a su madre para pedirle que le bautizara su hijo, niño que ella ni conocía, pero es que el que ella fuera la madrina, fue la condición que puso Giannini para acceder él a ser el padrino.

 "Él era el buen mozo de Maturín (Thamara nos muestra con orgullo las fotos que recogen la imagen de un hombre alto, rubio, de gran porte), era el papacito de Maturín", nos dice su hija en medio de las risas, recordando además sus trajines nocturnos, "no era un tomador, pero si un gran amiguero", nos dice al tiempo que evoca las historias que escucharon de su madre.

 "Llegaba muy tarde algunas veces y cuando ella preocupada se asomaba para ver si estaba llegando, descubría que estaba sentado en la acera, a las puertas de la casa, con los amigos, conversando y riéndose", es que fue siempre el centro de atención del círculo de amistades, así fue en Italia, así siguió en Maturín e igualito murió en Guayana, rodeado de amigos.

 "Esa era su vida y que nadie se la quitara, dice Thamara, eso sí, nunca vimos preocupaciones en casa por mujeres o malos pasos, jamás, papá siempre fue de amigos y conversaciones, bochinchero, líder de grupo".

 A Liliana, a diferencia de Luigi, le costó mucho adaptarse a la informalidad y los juegos entre amigos de los venezolanos, lo que para ella no era gracioso, para él fue su vida.

 Otra anécdota de Luigi conquistando su amor la narra Thamara, "ella regresa a Italia de vacaciones y él llega allá, inesperadamente, con un anillo de compromiso, a pesar de que nunca habían hablado de compromisos, no sólo llegó con el anillo, sino que además se autoinvitó en las vacaciones planificadas por la familia de ella y después de ese momento la fecha de matrimonio se estableció".

Una nueva familia llega a Guayana
 Se casaron en 1961 y el 2 de abril, nace Clara la hermana mayor, allá en Monagas, pero para el segundo embarazo, época en que tenían la gandola y un abasto, deciden cerrar el establecimiento, económicamente no atravesaban el mejor momento. Así decide él venirse adelante, para abrir camino en Guayana, región que conocía por los viajes y el transporte que hacía con su gandola.

 Como anécdota muy especial recuerda Thamara por encargo expreso de su madre, que el primer viaje a esta tierra lo hizo trayendo fertilizante y abono para el doctor Raúl Leoni, a quien conoce personalmente, "me dijo mamá que escribas ahí bien claro, Leoni le pagó completo por el transporte".

Nació Transporte Giannini
 A Luigi lo conquista Guayana y cambia el concepto del transporte, compra así su primera gandola cisterna o sea de combustible y comienza a trabajar para la Creole en 1965.

 Vivieron inicialmente en Villa Brasil, apretaditos económicamente recuerda Thamara, su padre daba los pininos de lo que sería posteriormente Transporte Giannini.

 "El tenía una gandola que personalmente manejaba toda la noche y un chofer manejaba de día", o sea una cisterna de combustible que trabajaba 24 horas corridas. Posteriormente adquiere una segunda gandola de combustible, que manejaba ya sólo de día, así nació la empresa que fue creciendo poco a poco, con las decisiones de Luigi y el trabajo administrativo de Liliana su esposa.

 Ella, dice Thamara, le dio la estabilidad a la compañía, en lo que a manejo administrativo se refiere, pero como ella misma lo reconoce, sin él, jamás hubieran crecido, "él llegó a lo que llegó, por arriesgado".

 Manejó su gandola hasta los años 70 pero a pesar del trabajo intenso de este italiano-venezolano incansable, los recuerdos de Thamara se remontan a los inventos de su padre, en épocas en que aquí no había ni señal de televisión. "Almorzábamos los domingos en el Tiuna, pero cuando había juegos de fútbol importantes, como mundiales, por ejemplo, Giannini agarraba a la familia y nos íbamos a San Mateo, donde se había mudado mi abuelo paterno, íbamos, veíamos un partido y regresábamos".

¿Era tan fanático del fútbol?

 - "No, él era fanático del fútbol italiano, era más un viaje de placer con la familia, que el fútbol mismo".

Enamorado del río
¿Cuándo entra al mundo de la motonáutica?

  "El agua para él fue siempre una pasión, pero la motonáutica la veía de lejos, porque era un hobbie muy costoso. Pero en el año 75 llevó a Liliana para mostrarle cuán lindas eran las lanchas, es lo que hacía cuando ya había adquirido algo, por supuesto ya había comprado su lancha en la que navegó los ríos hasta días antes de morirse". Después de la compra de su lancha, se vincula al Rally Nuestros Ríos son Navegables y a la motonáutica durante el resto de su vida.

 El rally ya había cumplido su segunda edición cuando Giannini empieza a participar y lo hizo de ahí en adelante sin falta. "El nos decía: no se casen, no se enfermen, no se mueran porque no vengo, de hecho yo me casé llegando él de un rally", recuerda Thamara.

Apostó a Guayana
 Cuando Thamara recuerda la vida en familia, nos dice que su padre fue muy moderno en la forma de criarlos, pero era moralista, no tenía apuro de casarnos, era eso sí, un mano floja, un malcriador de sus hijos, afortunadamente siempre estuvo Liliana para dar el equilibrio.

 "Yo pensaba, si mamá se muere se nos acaban los dos, porque él dependía mucho de su estabilidad, de su apoyo, de su cercanía. El era el motor, el empuje, la alegría, nos mantuvo unidos en torno a la mesa, mezclando sus tradiciones italianas con las venezolanas. Los domingos se comían pasta, él era el chef y en los días de semana, se levantaba más tarde que ella, pero hacía las compras, vigilaba la comida".

 Ante la inseguridad que comenzó a apropiarse de Guayana, la familia analizó la posibilidad de irse a otros países como lo hicieron otros. Clara, su hija se fue con su primer nieto, que era su adoración. Ella, su mano derecha en el transporte se despidió y para Giannini fue un duro golpe. Pero aún en las peores situaciones como el paro, jamás pensó en dejar esta tierra.

 "El paro y lo que tuvimos que vivir en la empresa envejeció a papá, pero ni aún así consideró abandonar Guayana". Tomó también la difícil decisión de sacar a su hijo Jean Franco, temporalmente del país, él se limitaba a ir a Italia, pero sólo de vacaciones, para disfrutar de las amistades que mantuvo intactas a pesar de los años transcurridos.

 Dos meses antes de morirse, fue al rally y se había paseado por la posibilidad de vender su empresa, pero nunca pensó en soltar todo porque fue y murió fiel a su decisión de apostarle todo a Guayana.

 Hoy consideran que fue la mejor decisión, aún en su ausencia, porque Liliana sigue el frente del transporte e incluso compró gandolas nuevas, está haciendo lo que él hubiera hecho, seguir creciendo en Guayana. El se fue convencido de que el mejor país del mundo después de éste, es Venezuela sin Chávez, dice Thamara.

Un amigo entrañable
 El era un conciliador, para quien la familia fue lo prioritario y fue el hombre más importante para los amigos, de hecho su familia hoy asegura que a pesar de conocer la gran cantidad de amigos y conocidos de Giannini, ellos mismos estaban impresionados del amor de la gente, por su padre. Fue su simpatía, su tacto, su tolerancia, lo que conquistó el respeto y el afecto. Sus decisiones y capacidad para entenderse con todos, su diplomacia y su capacidad para negociar los extrañan hoy más que nunca en el sector empresarial del transporte.

¿Era italiano o venezolano?

 - Pregunto a Thamara y ella nos dice, "en Italia decía no sentirse italiano ya y aunque algunas tradiciones las guardó, sus costumbres era guayanesas, era un casabero, él inventó el casabe en el microondas con queso, comía lo que fuera".

 Giannini vivió plenamente la vida, tuvo amigos a granel, de todas las edades, uno de ellos tuvo especial espacio en su corazón, Gustavo Blanco, a quien Thamara quiere hacer especial mención, como lo habría hecho su padre. Navegó las aguas de sus amados ríos hasta que Dios se lo llevó y como empresario, siguió confiando y apostándole a Guayana hasta que se despidió de esta tierra. "Siempre pensamos que habría que escribirle: Vivió como quiso", dice Thamara ya al cierre de esta entrevista.

 
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