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En la UD-145, en San Félix, vive una señora que se convirtió en una de las 1.000 mujeres que fueron homenajeadas con el programa Mil mujeres y un Premio Nobel de la Paz. Se trata de Rosa Herrera, una venezolana por adopción que ha hecho del trabajo comunitario su forma de vida.
¿Sabía usted que en Guayana vive unas de las mil mujeres que fueron nominadas a un premio Nobel colectivo por la Paz, por su dedicado trabajo comunitario?... pues sí, se trata de una dama que no se rinde ante las adversidades y que vive modestamente en la UD-145 de San Félix.
Se trata de Rosa Herrera, una de las 6 damas venezolanas que tuvieron el honor de convertirse en parte del grupo de las mujeres honradas con este reconocimiento internacional de carácter colectivo por su desinteresado trabajo a favor de la organización de las comunidades. Rosa es mexicana de nacimiento, pero guayanesa de corazón, aunque México todavía le roba algunas lágrimas. Ella guarda dentro de sí lo mejor de la mujer venezolana y también lo mejor del pueblo azteca, la voluntad, la decisión y el empeño por ser cada vez mejor. Es una mujer sencilla, no apela al maquillaje, conserva el acento mexicano, y se muestra en la intimidad de su casa dedicada en cuerpo y alma al trabajo en las comunidades. Nació en Zacatecas, empezó a trabajar a los 14 años en su pueblo natal vendiendo los boletos para el cine y con apenas 16 años se mudó junto a sus padres y hermanos a Ciudad de México en el año 1962. En la capital mexicana encontró trabajo en un taller de ropa como costurera, "entré como aprendiz y después me quedé durante 8 años trabajando como obrera y en ese lapso conocí una organización que se llama Juventud Obrera Católica y ahí comencé a participar en un grupo de jóvenes y me interesó lo que ahí se hacía porque era una manera de salir de la rutina. Nosotros trabajábamos muchísimo de 9 de la mañana a 7 de la noche de lunes a sábado y el domingo ayudábamos en la casa y de pronto íbamos al cine, pero era muy poco el tiempo para recreación". Rosa se empezó a involucrar tanto, tanto, tanto que al final terminó saliéndose de la fábrica. "Me puse a trabajar con la organización por 10 años consecutivos. En esa organización nosotros reflexionábamos mucho sobre nuestra vida, sobre las inquietudes que teníamos, las aspiraciones, los problemas y a partir de allí organizábamos actividades para todos los jóvenes de las comunidades a las que llegábamos. Eran actividades formativas de toma de conciencia". Herrera pasó luego a convertirse en dirigente nacional del movimiento, y luego formó parte del equipo de integración continental, que tenía su sede en Bogotá. "Participé en algunos encuentros latinoamericanos, estuve en dos que se realizaron en Perú y otros dos en Colombia. Y a partir de allí me incorporé a la coordinación de América Latina". En ese tiempo su esposo, David Hernández, también formaba parte de este movimiento en Venezuela, aunque se conocieron en Bogotá, Colombia, en uno de esos encuentros latinoamericanos... "nos hicimos novios en diciembre del 72 y nos casamos en septiembre del 75 en México". Llegada a Venezuela Rosa Herrera terminó con sus compromisos en la Juventud Obrera Católica y en 1977 se vino con su nueva familia a Venezuela, y deciden establecerse en Ciudad Guayana. "Mi esposo conocía a algunas personas en Guayana a partir de su trabajo con la JOC y nos vinimos porque aquí en el año 77 era muy fácil conseguir empleo, estaba en pleno auge todo el desarrollo de las empresas básicas, estaba la construcción del Plan IV de Sidor... es decir, posibilidades de trabajar había, cosa que no había en Barquisimeto, que es la tierra de mi esposo, y tampoco en Caracas", contó. El primer año que pasó Rosa Herrera en Guayana se dedicó a su hogar y advierte que esos meses fueron difíciles, porque ella estaba habituada a trabajar desde muy joven. Pero luego a través de contactos que tenía en Caracas, se vinculó con dos damas que integraban los círculos femeninos populares, que eran organizaciones sociales que nacieron del Centro Social para la acción Popular. "Yo me empecé a involucrar con ellas, empecé a participar en un grupo que funcionaba en la escuela Fe y Alegría de la UD-146, y cuando mi hija estaba en edad de entrar a la escuela, me convertí entonces en representante de Fe y Alegría, y tenía un campo de trabajo en la comunidad. Cuando uno se acostumbra a participar en grupos donde hay propuestas organizativas y de acción social, pues uno termina involucrándose". Luego de ese primer contacto con personas dedicadas al área educativa, se vinculó con algunos grupos de promoción de salud en la comunidad. "Empezamos una serie de contactos y amistades con grupos que llevaban una experiencia de salud en diversos sectores de San Félix y comenzamos a intercambiar experiencias, y se empezaron a hacer propuestas de crear una organización más amplia, y eso es lo que hoy ha dado origen a Sapagua, que el próximo año cumple 20 años y que es un grupo promotor de Salud para Guayana que actualmente está trabajando en varias comunidades en las áreas de prevención y promoción de la salud". Rosa cuenta que las primeras tareas que desarrolló este grupo de voluntarias fue la formación de grupos de salud. "Nosotros nos marcamos unos objetivos, siempre hemos sido partidarios de la necesidad de participación de la comunidad en todo lo que tiene que ver con su vida, de manera organizada y con unas tareas y un campo de trabajo específico. En ese momento la situación de salud ya era crítica, porque los servicios asistenciales eran deficientes y las condiciones sanitarias en las comunidades eran dramáticas: no había agua... no había nada. Eso nos llevó a hacer un trabajo en el área de la salud, porque salud no es sólo ausencia de enfermedad, sino bienestar completo". Estas voluntarias tomaron como norte desarrollar la actividad formativa e informativa de las comunidades a fin de promover aquellas acciones que pueden tomarse en los casos de enfermedades más frecuentes. Con algunos médicos estas voluntarias organizaron talleres informativos en las comunidades a fin de prevenir las enfermedades y sus posibles complicaciones. ¡A organizarse! Uno de los tropiezos que han enfrentando estas damas y que no les ha permitido tener una amplia participación de las mujeres en las comunidades ha sido precisamente las limitaciones con que la gente vive en los barrios de la ciudad, lo que Rosa considera debería ser el motor para organizarse, para buscar la salida a los problemas. - ¿Usted sigue activa en ese movimiento? - ¡Claaaaro!... ahora es cuando, jajajaja. - ¿Qué es lo más duro de hacer ese trabajo social? - Mira, yo nunca he considerado este trabajo difícil o duro. Todas las cosas que se presentan son normales en un trabajo que tú realizas, si hay alguna cosa un poco más difícil tienes que trabajar para que deje de ser difícil. Yo jamás he tomado las dificultades o los problemas como si fueran una barrera o para decir que no se puede hacer, justamente porque es difícil hay que hacerlo, justamente porque hay crisis y hay problemas hay que hacerlo... eso no puede ser un obstáculo. - ¿Usted es una mujer de retos? - Así es, yo digo que los problemas no se resuelven eludiéndolos, sino poniéndoles la cara, haciéndoles frente. - ¿Cuál ha sido el mayor problema que le ha tocado enfrentar? - Uno de los problemas fuertes que se presentan es que hay comunidades muy cerradas en sí mismas, que no salen de lo que es su caserío, que no salen de sus relaciones y eso hace que la gente esté demasiado pendiente de lo que hace él y de lo que hace el otro; y termina por involucrarse demasiado en la vida de los demás. Y eso hace que como la gente no ve hacia afuera se encierra y le cuesta más salir de esa situación... me ha tocado trabajar en sitios así. - ¿Y qué es lo más satisfactorio de ese trabajo social? - Lo satisfactorio se puede medir por el cambio que va viendo en las mujeres. Tú te encuentras mujeres dedicadas sólo a los muchachos y con conflictos de pareja muy grandes, y a partir de allí se le invita a ver otras cosas, a analizar sus valores y capacidades como personas... y cuando ves que una mujer experimenta ese cambio y evoluciona, tiene que alegrarte. Fortaleza hecha mujer - ¿Cómo le llega esa nominación al programa Mil mujeres y un Premio Nobel de la Paz? - Tengo a unos amigos que organizaron una editorial que se llama Ediciones El Pueblo, y dentro de los libros que publican hay una serie que se llama Los Baqueanos, que son historias de vida, entonces ellos me conocían y me plantearon si yo quería contar mi vida. Son historias de vida de gente de pueblo que se hicieron luchando, enfrentando los problemas y resolviendo los asuntos... siempre superando los problemas, y eso lo convierte en un baqueano. Son pescadores, mujeres luchadoras que quedaron solas y tuvieron una vida difícil, pero tienen en común que ante las dificultades siempre salieron adelante. Inocencia Orellana está vinculada al equipo de publicaciones de Ediciones El Pueblo, y cuando salió el libro lo leyó y ella conocía a las mujeres que estaban vinculadas a la propuesta del proyectos Mil mujeres y un Premio Nobel de la Paz, a ella le preguntaron los nombres de posibles postuladas a ese proyecto, y ella les dio mi nombre. Luego a Rosa le enviaron dos cuestionarios "larguísimos" y luego esperó la preselección, donde quedó entre las 6 finalistas. "Por Venezuela fueron postuladas 11 y se tenían que escoger seis y a finales de mayo me avisaron que había quedado en el listado de las mil mujeres, y de Venezuela sólo somos 6". Las otras cinco venezolanas seleccionadas para integrar la lista de las 1.000 mujeres por el Premio Nobel de la Paz 2005 fueron: Nora Castañeda, presidenta del Banco de Desarrollo de la Mujer; la Hermana María Inmaculada Lacara Cabrerizo, coordinadora del Proyecto "Construir la Paz desde la Solidaridad" del estado Vargas; la parlamentaria wayuu Nohelí Pocaterra; la Hermana María Luisa Navarro Garrido, educadora popular de la Península de Paria y Ana Lucina García Maldonado, luchadora por los derechos de la mujer. - ¿Qué significó para usted estar entre esas mil mujeres de todo el mundo? - Yo creo que todas las postuladas tenían los méritos para ello, hay mujeres de más de 100 países. Yo entré dentro del grupo de mujeres con trabajo de base. Yo he dicho que el mérito que tengo lo puede tener cualquiera de las mujeres con las que he trabajado. Quizás en mi caso el mérito es que son 40 años de trabajo social. Ese premio -aunque aparezca mi nombre- en el fondo es para los millones de mujeres que luchan todos los días por mejorar su vida. Cosas y cosas - ¿Qué cosas le ponen el corazón pequeñito? - A mí... bueno, una de las cosas que me pone el corazón pequeñito es cuando veo situaciones muy, muy difíciles que hasta tú sientes que es difícil que se produzcan cambios. Por ejemplo, una familia que la pobreza haya aplastado de tal manera que a ellos mismos les cueste pensar que hay una salida. Creo que la mayor tragedia es cuando tú mentalmente te convences de que no hay alternativa, eso sí me pega... y por eso tenemos que seguir trabajando y demostrar con cariño y respeto que aún en esas condiciones tienes que entender el valor que tienes como persona. - ¿Qué le pone el corazón inmenso? - Ir a México... jajajaja... yo salí de México porque me casé con un venezolano, y me formé con aquella cosa de que la mujer tiene que seguir al hombre. Yo vengo de una familia muy tradicional en la que el matrimonio es para toda la vida, por encima de lo que sea. Quiero mucho a Venezuela y la he tomado como mi patria, de hecho yo trabajo aquí de la misma manera como lo haría en México, con el mismo respeto, el mismo cariño y la misma esperanza de que las cosas sean cada vez mejores. - ¿Cómo definiría a la mujer venezolana? - Yo creo que es una mujer muy espontánea, con muchísima disposición, con mucha alegría. Yo conozco montones de mujeres y casi todas son echadoras de broma, alegres y muy abiertas. No son difíciles, te tienen confianza, te cuentan su vida, sus problemas... es una mujer muy sincera, abierta, alegre y muy luchadora. - ¿Cuál es su punto débil? - Creo que hay cosas que no he podido asumir y que tienen que ver con el modernismo. Nunca me decidí a aprender a manejar, nunca me he decidido a meterme con esas máquinas para escribir. - ¿Y su mayor fortaleza? - La capacidad de resistencia... yo no me rindo fácilmente, no me rindo. Yo jamás he dejado de hacer las cosas a las que me comprometo, nadie puede decir que la señora Rosa falló. Ivonne M. Rincón Moreno
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Foto Pedro Montes |